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domingo, 7 de mayo de 2017

El reparto igualitario es intuitivo

 

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Museo de Historia Natural, Londres

Si nuestro sentido de la equidad evolucionó para ayudarnos a evitar ser explotados o ser excluidos en los mercados de la cooperación, (en las relaciones cooperativas, es decir, en las relaciones que consisten en juegos de suma positiva porque la cooperación aumenta el tamaño de la “tarta”), debemos juzgar intuitivamente que una división del pastel, para ser justa, debe suponer que todos los agentes reciben una parte que refleja con precisión su poder de negociación relativo. Esta parece ser la predicción cualitativa básica del enfoque de Baumard. Sin embargo, como DeScioli (2013) ha señalado, a menudo, no parece no ser el caso. El poder de negociación es sensible a la oferta y a la demanda, mientras que nuestros juicios morales parecen mucho menos sensibles a la oferta y la demanda.

 

Por ejemplo, supongamos que cinco cazadores se dividen el trabajo de cazar un ciervo: Cuatro hacen el trabajo de perseguir a la presa durante horas hasta que se agota, y el quinto hace el trabajo de matar al animal agotado arrojándole una lanza. Supongamos que, aunque correr es más duro y trabajoso que lancear la presa, casi cualquiera tiene las habilidades para correr. Correr es una habilidad que muchas personas tienen, mientras que lancear con puntería es una habilidad escasa y, por tanto, altamente valorada. Así las cosas, cabe suponer que un lanzador con buena puntería tiene muchas más opciones externas que los que hacen la tarea de perseguir al animal hasta agotarlo y, en consecuencia, el lanzador tendría un mucho mayor poder de negociación (para conseguir formar una partida de caza y “enrolar” corredores). En consecuencia, el lanzador debería recibir una porción mucho mayor de la carne del animal cazado. La teoría de Baumard parece predecir que debemos juzgar intuitivamente que esta división es justa. Sin embargo, Intuitivamente, los corredores merecen una parte del animal que refleje la cantidad de trabajo que ponen, es decir, moralmente hablando no merecen menos que el lanzador simplemente porque hay más oferta disponible de sus habilidades. Y, simétricamente, el que arroja la lanza no merece más comida, moralmente hablando, simplemente porque haya una oferta menor de sus habilidades. A primera vista, parece que la explicación evolutiva de Baumard no resulta convincente: no explicar por qué los juicios intuitivos de imparcialidad moral no se corresponden,a menudo, con la diferencia en el poder de negociación entre los individuos de un grupo y por qué estos juicios intuitivos no se ven afectados por la oferta y la demanda de la misma manera en la que se ve afectado el poder de negociación.

Baumard ha contestado a esta objeción diciendo que es el largo plazo lo que cuenta y que en el largo plazo los mercados equilibran la oferta y la demanda. Por ejemplo, un vendedor de palas no debería subir los precios de las palas aprovechando que ha caído una enorme nevada de forma inesperada porque, si lo hace, estaría poniendo en peligro las relaciones a largo plazo con sus clientes que juzgarían severamente la conducta del vendedor y reducirían o suprimirían sus relaciones futuras con él (reputación).

Sin embargo, aún así, parecería que la justicia es, para Baumard, nada más que una traducción a las normas morales del promedio a largo plazo del poder de negociación relativo de los individuos, y esta es una predicción que es difícil de cuadrar con nuestra Intuiciones reales sobre la equidad. ¿De verdad juzgamos que es injusto dar una gran parte de la carne al lanzador porque esperamos implícitamente que su ventaja en poder de negociación a corto plazo se extinga a largo plazo? Nada de eso está implícito en el ejemplo. Puede ser que este equipo particular de personas nunca vuelva a interactuar. También puede ser que debido a una escasez a largo plazo de materias primas, habilidades innatas, o conocimientos especializados, los buenos lanzadores sean escasos en el largo plazo en relación con los corredores.

Es por esto que, como hemos explicado en otra entrada, es probable que la aversión a la desigualdad y la preeminencia del reparto igualitario de lo producido en común sea la intuición moral más básica, no la que prescribe el reparto meritocrático (a cada uno según su contribución). El reparto igualitario de lo producido en común es intuitivo moralmente y ha de ser favorecido por la evolución porque es la regla que maximiza la supervivencia individual (en un entorno de subsistencia).

Pero, sobre todo, porque los mercados de cooperación (selección del partner con el que se va a cazar o a realizar cualquier actividad que genere una ganancia para todos los que participan en la actividad en comparación con la realización individual de esa actividad) son mercados absolutamente transparentes. Es decir, los que van a ser “corredores” saben que el lanzador no puede tener éxito en la caza sin los corredores y, en tal situación, no pueden ser explotados por un lanzador que les ofrezca una porción de la caza inferior a la que deriva del reparto igualitario. Sencillamente, en un grupo no grande y transparente, la cooperación solo llega a tener lugar si el reparto se hace al cincuenta por ciento – en el caso de dos – o en porciones igualitarias en el caso de un grupo. Todos los “corredores” son conscientes de que sólo si se coordinan – implícitamente – y rechazan las ofertas desiguales por parte de los “lanzadores” pueden evitar la explotación por parte de los “lanzadores” y éstos no pueden prescindir de los primeros para conseguir la pieza.

Es por esta razón que utilizar la lógica de los mercados para explicar las relaciones de cooperación en la producción en común en grupos donde las interacciónes se producen “cara a cara” no es adecuado. El ejemplo de los autores es el de cazar un ciervo que es un ejemplo de escuela de contrato de sociedad: varias personas se agrupan para perseguir en común un fin común.

Las relaciones de mercado son relaciones de intercambio, no relaciones de producción en común. Las relaciones de cooperación en el seno de un grupo humano primitivo no son relaciones de intercambio. Son relaciones de producción en común. Y en estas, el reparto igualitario es la regla conforme con las intuiciones morales. Porque el criterio es el de que la aportación de cada uno sea necesaria para la obtención del resultado común. No es probable que se generen “precios” para la contribución de cada uno que permitan un reparto meritocrático de lo producido. Cualquier negociación previa a la producción en común conducirá a acordar el reparto igualitario de lo obtenido. Como dice Scioli, “los humanos no parecen equiparar la justicia con el precio de mercado”. Más bien, el precio de mercado sólo es un precio “justo” cuando se forma en un mercado, esto es, como producto de innumerables intercambios entre sujetos anónimos entre los cuales no existe más relación que la del intercambio. De ahí que cuando el intercambio tiene lugar en situaciones extraordinarias – como la de la nevada inesperada en el ejemplo del vendedor de palas – el precio de mercado – que ha de ser superior como consecuencia del aumento de la demanda de palas – deje de ser considerado “justo” por comparación con el precio “ordinario”, esto es, el precio inmediatamente precedente que es el que reflejaba la situación “normal”. Los mercados competitivos – continúa Scioli – se aceptan porque maximizan la riqueza de todos, no porque se correspondan con nuestras intuiciones morales.

 

Jonathan Birch & Joeri Witteveen, Dividing the Pleistocene Pie. The Origins of Fairness: How Evolution Explains Our Moral Nature. Nicolas Baumard. Oxford University Press, 2016, 272pp

 

Peter DeScioli, Does market competition explain fairness?

 

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1 comentario:

Anónimo dijo...

Teniendo en cuenta que en este planeta todavía hay sociedades muy primitivas a las que apenas ha llegado la civilización, en Äfrica o en el Amazonas, por ejemplo, pregunto si alguien ha estudiado si en esas sociedades o grupos se aplican los principios de valoración igualitaria de habilidades.

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