El muy pesecista Jordi Evole nos invita a tomar este antibiótico contra la catalanofobia. Esta se refleja, al parecer, en que los españoles que no simultanemos esta condición con la de nacionalista catalán - o vasco - creemos que cuando un señor habla en catalán lo hace para fastidiarnos, no porque esa sea su lengua de expresión 'natural'. Naturalmente, este Marc Giró es un vendedor de crecepelos, condición que comparte con Jordi Évole.
Yo odio el catalán. He pasado de aprenderme en mi juventud de memoria una decena de canciones de Lluis Llach (a quien Dios ha confundido, como a Cat Stevens, convirtiéndolo a esa religión falsa que es el nacionalismo catalán) a odiar cómo suena el catalán. Ahora me parece feo. También me parecen muy feos el vascuence y el neerlandés y casi todos los idiomas nórdicos.
Gustos musicales aparte, el catalán se me ha tornado antipático por el empeño de los nacionalistas catalanes - incluido el PSC - en homogeneizar Cataluña en torno a la lengua. Las más piradas de las nacionalistas (siempre pagadas con dinero de nuestros impuestos) consideran que "los inmigrantes, sean de Albacete o del Senegal, tienen derechos en Cataluña, pero también deberes y el principal, el de aprender la lengua del país" (se lo he traducido para no incrementar su catalanofobia). Es una frase que podría suscribir alguna limpiadora - forofa de las deposiciones de Mussolini o algún esbirro de Stalin o Mao. Se ve que si has nacido en Cataluña, aunque tus padres sean de Albacete o Senegal, quedas eximido de la obligación de aprender catalán, de forma que si no lo aprendes, eres, simplemente, un traidor a la patria al que, para desgracia de los nacionalistas catalanes, no se puede expulsar.
Los fascistas nacionalistas catalanes creen que el catalán es de mejor condición que el castellano en Cataluña y que hay un deber de conocer y de hablar esa lengua. Creen que pueden gastar todo el dinero público que haga falta en asegurar el cumplimiento de esas obligaciones por parte de los ciudadanos. Tengan estos el catalán - la minoría - o el castellano - la mayoría - como lengua materna. Su desprecio por la lengua materna de la mayoría de los catalanes es olímpico.
Esto ha dado lugar a una situación en Cataluña absolutamente excepcional en el panorama de los estados de derecho. Los que quieren 'vivir sólo en catalán' están mimados por la Administración Pública y los que querrían 'vivir sólo en español' en Cataluña están discriminados sistemáticamente, especialmente, en la prestación del servicio público de la educación y en el acceso a la función pública autonómica y local y, si son comerciantes o empresarios, no solo discriminados, sino perseguidos. Todo, so capa de proteger los 'derechos lingüísticos' de los que deciden 'vivir sólo en catalán'.
Los más repugnantes son esos nacionalistas de la lengua que se dirigen a un dependiente o a un camarero en catalán y cuando éste les responde en castellano, intentando asegurarse de que ha comprendido la demanda, la reiteran con otras palabras como si el camarero fuera subnormal, no como si el camarero fuera castellanohablante. Estos nacionalistas son los que más han contribuido a que yo odie el catalán.
Estos son casos anecdóticos. La convivencia en Cataluña es fluida y no hay conflictos personales en la vida diaria a causa de la lengua. Pero que dos tercios de los maestros sean nacionalistas de izquierda no es anecdótico. Que toda la enseñanza pública sea en catalán y el castellano sea residual no es anecdótico. Que se haya expulsado a 10.000 maestros en los años ochenta no es anecdótico. Que los interinos no puedan obtener una plaza de funcionario si no prueban un elevadísimo nivel de catalán no es anecdótico.
Mi antipatía hacia el catalán ha alcanzado su punto álgido con la decisión del Congreso de los Diputados de permitir que los diputados que saben catalán, vascuence o gallego se expresen en esa lengua y no en español. Digo diputados "que saben" y no diputados cuya lengua materna sea el catalán. Esa regla me parece inconstitucional (los diputados no tienen derechos, tienen facultades que se les otorga para mejor cumplir con sus deberes fiduciarios, deberes que tienen frente a la sociedad española, no frente a la tribu catalana, gallega o vasca. Establecer un sistema de traducción es una malversación de fondos públicos evidente). Lo peor no es la inconstitucionalidad. Lo peor es que consagra la descortesía como la nueva cortesía parlamentaria. Es de muy mala educación dirigirte a otros en una lengua que sabes que ellos no entienden cuando puedes expresarte en la lengua común.
Así que, cada vez que sale esa energúmena (pongan ustedes aquí el nombre de cualquiera de las diputadas o diputados que se expresan en catalán en el Congreso) y con toda la mala educación del mundo empieza a hablar a los demás diputados en una lengua que estos no entienden, en mi cerebro se refuerza la idea de que los nacionalistas catalanes, cuando hablan en catalán, lo hacen para fastidiarnos. Porque yo sólo escucho catalán en entornos en los que debería escuchar castellano. Y eso me irrita profundamente.
Los nacionalistas catalanes - incluido, repito el PSC - han logrado su 'meta volante' hacia la independencia: separar a los catalanes del resto de los españoles (los vascos han pasado esa meta hace tiempo). Y lo han logrado cum laude. El resto de los españoles no sólo sentimos, por su culpa, a los catalanes cada vez como más ajenos, sino que hemos aprendido a odiar cómo hablan. Cualquier día dejaremos de comer butifarra y calçots. ¡Eso sí que sería una desgracia!