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sábado, 16 de abril de 2016

Aguantar en tiempos de desolación

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"En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación".

Ignacio de Loyola

Fuente

Los efectos de una crisis económica prolongada van mucho más allá del empobrecimiento de la población de los países que la sufren. Si es grave, las consecuencias sociales y políticas son, si cabe, de más largo alcance que las puramente económicas. Por ejemplo, los jóvenes que lo han sido en una época de crisis tienden a ser menos meritocráticos y responsables. La atención de los ciudadanos hacia los asuntos públicos aumenta y la legitimidad de la democracia representativa disminuye. Los gobiernos pierden las elecciones y aumenta el atractivo de los partidos populistas y extremistas en general, es decir, de aquellos que presentan soluciones completas y simples para todos los problemas. La desconfianza hacia las instituciones aumenta. Los conflictos apaciguados por las épocas de bonanza reaparecen con más fuerza y, río revuelto, los sentimientos tribales (nacionalistas) se refuerzan al identificarse al grupo grande como el enemigo exterior que unifica a la tribu permitiendo atribuir todos los males que se sufren a la opresión externa. Los lazos que unen a todos los miembros del grupo grande se debilitan. “Ahora nos toca a nosotros” es el lema. La política se convierte en un escenario donde los mejor dotados para el teatro concentran la atención de la ciudadanía. Y las actrices frustradas logran buenos resultados electorales.

Si la Sociedad no es capaz de mantenerse unida en los valores fundamentales durante la crisis y, sobre todo, en el período posterior de recuperación, los daños pueden ser de muy largo plazo. Los mayores deben convencer a los jóvenes de que la gran empresa de seguros que es un país de cierto tamaño respecto de sus habitantes cubrirá los daños y permitirá participar a los jóvenes de los beneficios de la recuperación. Los jóvenes deben tener paciencia y, sobre todo, no dejarse engañar por la idea de que la política puede resolverles la vida. Tejer una red de protección de los más pobres – pero sólo de los más pobres – es imprescindible para que todos acepten que viven en una sociedad mínimamente justa. Los que se esfuerzan y tienen talento deben encontrar recompensa al esfuerzo y al talento. Y los que no se esfuerzan y no tienen talento deben asumir que no pueden exigir el reparto igualitario de lo producido por todos.

La situación es todavía peor cuando la crisis económica viene acompañada del descubrimiento de que las instituciones políticas han permitido la corrupción generalizada en el seno de los partidos políticos y de las administraciones regionales y locales; la gestión clientelar del presupuesto (en el caso de la izquierda) y la captura del gobierno por intereses económicos estrechos (en el caso de la derecha).

Lo peor que puede hacer una Sociedad que acaba de pasar por esto es poner todo patas arriba.

Ninguno de los cambios radicales que se proponen es necesario ni conveniente. Ni hay que convertirse en República ahora, ni hay que modificar sustancialmente el Estado de las Autonomías ahora, ni hay que reformar sustancialmente la Constitución ahora. Y, por supuesto, tampoco el sistema electoral o el bipartidismo imperfecto que ha dado estabilidad al gobierno en España en los últimos cuarenta años. La Constitución española vigente es “sostenible”. No impide ninguna política sensata en lo económico o en lo territorial. Porque no tiene un programa, solo límites a lo que pueden hacer los poderes públicos.

Pero es que la reforma de la Constitución tampoco es necesaria para atajar los males desvelados por la crisis. La intensa percepción de la corrupción y la intensa persecución de ésta por parte de policía, guardia civil y jueces; la menor tolerancia frente a los comportamientos indecentes de los políticos; la reducción de la discrecionalidad en el gasto a los ayuntamientos y los cambios de gobierno en las Comunidades Autónomas son suficientes para asegurar que no se reproducirá el despilfarro y la corrupción en el gasto que hemos vivido en los años en que éramos más ricos que los italianos y casi tanto como los franceses.

Lo que necesitamos es un gobierno que “aguante” el temporal de populismo y ansias de cambiarlo todo. Hoy, más que nunca, hay que ser conservadores y dotarnos de un gobierno limpio que inicie, sin prisa pero sin pausa, mejoras concretas y bien pensadas en el funcionamiento de todo el sector público. Desde la selección de los que dirigen los puertos hasta el sistema informático que utiliza la administración de justicia. Desde las guarderías a la gestión de la investigación científica. Desde el Registro Mercantil hasta la construcción de infraestructuras. Pero sobre todo, un Gobierno que convenza a los jóvenes que, contra la maldición histórica, España puede generar puestos de trabajo de alta productividad y, en consecuencia, bien pagados.

Esa promesa, cumplida durante una década o dos, será suficiente para que, entonces, recordemos estos últimos años como los años en que España vivió peligrosamente porque estuvo a punto de tirar por la borda los mejores resultados políticos, sociales y económicos de toda su historia.

Ignacio de Loyola es, probablemente, el emprendedor social más importante de la Historia de España, en la época en que España era el país más innovador de Occidente. Y comprendió que hacer cambios duraderos en un entorno de gran incertidumbre y excepcionalidad y, sobre todo, de desolación, es apostar por la ruina. ¿Qué parte de esa frase no entienden los líderes del PP y del PSOE?

1 comentario:

Pablo Muñoz dijo...

Pues oiga aquí estamos de acuerdo:

"Ninguno de los cambios radicales que se proponen es necesario ni conveniente. Ni hay que convertirse en República ahora, ni hay que modificar sustancialmente el Estado de las Autonomías ahora, ni hay que reformar sustancialmente la Constitución ahora."

El proceso al republicanismo político no debe partir de la urgencia, pero tampoco debe mantener un, digamos, consenso liberal-conservador si no ir, digamos, ensanchando el marco de lo posible. En la actual situación, parece conveniente pensar no tanto en límites si no en lo posible como principio - no como una finalidad.

Pensaremos sobre Loyola, pensaremos.

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