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viernes, 15 de marzo de 2013

Los intercambios

Los mercados están presentes en casi cualquier parte. Allí donde pueden obtenerse ganancias intercambiando, se entrecruzarán oferta y demanda y se formarán precios lo que, a su vez, permitirá a los que intercambian especializarse en producir determinados bienes abasteciéndose de los restantes que necesitan en el mercado. Los intercambios son beneficiosos para ambas partes porque su carácter voluntario nos permite suponer que cada uno valora más lo que recibe que lo que entrega a cambio ya que, en caso contrario, las partes, simplemente, no realizarían el intercambio.
Los contratos son, en principio, Pareto eficientes en el sentido de que no pueden ser modificados y mejorar el bienestar o la utilidad esperada de una de las partes sin empeorar la de la otra. La razón se encuentra en que si un contrato puede ser alterado de forma que se eleve la utilidad esperada de cada una de las partes, las partes habrían realizado la alteración. Shavell pone el ejemplo del contrato entre el fotógrafo y los novios de una boda en el que se establece que el fotógrafo llegará a la iglesia a las 10 de la mañana. Supongamos que ambas partes prefiriesen un contrato alternativo por el cual el fotógrafo llegaría a las nueve de la mañana y recibiría 100 € más. Si no hay costes de transacción que impidan el pacto, lo razonable es pensar que las partes establecerían estos términos en su acuerdo y no los primigenios.
Los mercados que surgen espontáneamente son aquellos en los que se desarrollan intercambios de celebración y ejecución simultánea, es decir, donde el comprador, por ejemplo, recibe la cosa y paga el precio al vendedor en un solo acto. No hay, pues, problemas de incumplimiento. Sin embargo, para poder aprovechar muchas ganancias posibles derivadas de intercambiar es necesario poder celebrar - y estar seguro de que se cumplirán – contratos obligatorios (es decir, contratos de los que surgen obligaciones que las partes habrán de cumplir en el futuro) y contratos de duración (es decir, contratos cuya ejecución se prolonga en el tiempo y las partes se intercambian prestaciones sucesivamente). La existencia de contratos de este tipo es un signo de desarrollo económico de una sociedad porque indica que funciona el crédito, que hay gente dispuesta a ser acreedor, esto es, a esperar que llegue el momento en el que su deudor ha prometido cumplir en la confianza de que cumplirá y, si no lo hace, hay disponible un sistema de ejecución forzosa del contrato a cuyo frente están jueces independientes, es decir, terceros no “vendidos” a mi deudor. Hay sectores enteros sin los cuales una Economía desarrollada es impensable tales como la banca, los seguros o los mercados de capitales que no podrían existir sin la confianza de los individuos en que se cumplirán los contratos a largo plazo.
En un estudio de hace algunos años de las prácticas comerciales de los mercaderes de cereales en Madagascar, donde el sistema jurídico tiene una eficacia muy limitada, parece demostrar que hay pocos incumplimientos de contrato y poco robo pero que esta baja incidencia de eventos desagradables se debe, no a que el sistema funcione muy bien, sino a que se pierden muchas oportunidades de realizar negocios porque los comerciantes renuncian a ellas ante el temor de sufrir pérdidas. Así, lo que hacen es, simplemente, no exponerse al riesgo de incumplimiento de sus contratos o de sufrir un robo. Por ejemplo, no almacenan los bienes que habrán de ser vendidos y los protegen frente al robo durmiendo junto a ellos. Viajan en caravanas o pagan seguridad para evitar los asaltos y no contratan todos los empleados que desearían por temor a que éstos les roben. No hay apenas aplazamiento en los pagos. Las compras se hacen al contado y no se utilizan medios de pago distintos del dinero y la calidad del producto se comprueba personalmente por el comerciante en el momento de celebrar el contrato. La garantía del cumplimiento de los contratos se encuentra en las relaciones de confianza establecidas por la repetición. Las consecuencias son precios muy altos para los consumidores con márgenes muy elevados para los comerciantes respecto del precio que se paga a los agricultores que puedan compensar los elevados costes de transacción. Por el contrario, en la Europa Medieval, los productores de lana ingleses celebraban contratos de compraventa de lana con comerciantes italianos y de Flandes que adelantaban el precio de unas entregas que debían hacerse ¡en los veinte años siguientes!
Piénsese en el ejemplo del contrato (de obra) por el que el contratista se compromete a construir una máquina adaptada a las especiales necesidades del principal que la ha encargado. Si el principal se niega a pagar el precio una vez que la máquina está construida o pretende una reducción del precio alegando que no reúne las características prometidas, el contratista no podrá recuperar lo invertido en la construcción vendiéndole la máquina a un tercero, sencillamente porque no habrá un tercero que valore la máquina tanto como el que la encargó (recuérdese que se fabricó para satisfacer sus necesidades específicas).



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