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lunes, 11 de agosto de 2014

A propósito de “La urna rota”

Funcionarios de partido y partido de funcionarios

Es un libro para leer conjuntamente con ¿Hay Derecho? y el de Garicano, “La urna rota” es un intento de un grupo de politólogos por proporcionarnos una guía para pensar sobre la situación de España y las mejores vías para reformar la política. Dadas las querencias y formación del grupo de autores, el libro se ocupa, sobre todo, de los aspectos políticos.
En pocas palabras, el libro explica que el problema para que España alcance los niveles de riqueza, eficacia y funcionamiento democrático de sus instituciones propios de los países más avanzados se encuentra, en buena medida, en su sistema político. Los partidos políticos seleccionan mal a las élites políticas y éstas tienen incentivos para corromperse, ocupar todos los puestos públicos y poner en marcha políticas públicas ineficaces.

En comparación con los otros dos libros, debo decir que, dada mi formación, he aprendido más con La urna rota que con los otros dos. En cierto sentido, es un libro con un objetivo diferente ya que los ensayos que lo forman tienen un punto más académico y docente y menos polémico.
Los tres primeros capítulos se dedican a describir los problemas de la democracia española y, la segunda parte, a explorar qué reformas se han propuesto para resolverlos y a valorar tales propuestas. La primera parte tiene gran interés porque están expuestos con claridad, brevedad y agudeza los mayores problemas del sistema de partidos español, sus efectos sobre las políticas públicas y el sistema institucional. De la segunda parte, yo destacaría el análisis de las posibles reformas del sistema electoral. Me ha parecido un poco prolijo el análisis de las primarias y me he quedado con ganas de más respecto del diseño y evaluación de las políticas públicas. El último capítulo versa sobre los límites y los señuelos de la democracia directa, que merecen ser recordados en estos tiempos de Podemos.
Lo que más me ha gustado es el análisis de por qué los partidos políticos seleccionan élites mediocres (y su escepticismo respecto a la utilidad de una reforma del sistema electoral). Sufrimos un sistema de partidos – dicen los autores – cartelizado, donde el ganador – el líder – de elecciones se lo lleva todo y donde, o bien tenemos al mando de la política a funcionarios de partido o a partidos de funcionarios.
Como no hay vida en el partido más allá de la de acabar ocupando un cargo público y los cargos públicos que los partidos pueden repartir son muchos, los incentivos de cualquiera que quiere ocupar un cargo público le conducen a militar en un partido. La autoselección, digamos, es fortísima. Estas personas tienen, lógicamente, un coste de oportunidad muy bajo. Micaela Serrano no perdía nada por dedicarse a la política. Ni Susana Díaz, ni Pedro Sánchez, ni Zapatero. Ninguno de ellos sacrificaba carrera profesional o social alguna por dedicarse a la política. Zapatero, ni siquiera acabó la tesis doctoral a pesar de que le habían enchufado en la Universidad de León como profesor asociado y estuvo catorce años intentándolo. ¿Cabe esperar una alta calidad intelectual y personal de estos funcionarios de partido? Pero, aún más, ¿queremos que los jóvenes más interesados en la política empiecen a participar en la vida del partido y en sus órganos a los 18 años? ¿No debería ser esa actividad una actividad “a tiempo parcial” como la de pertenecer a una ONG o a un club deportivo? Profesionalizar la política y la dedicación a la política en gente que todavía no ha planificado su vida adulta no me parece una buena idea.
En la derecha, tenemos un partido de funcionarios. Como dicen los de Politikon, los funcionarios son los que sacrifican menos por dedicarse a la política. Siempre pueden volver a su puesto y, aún más, los políticos se han ocupado de que volver al puesto administrativo sea cómodo, fácil y seguro para los funcionarios que dan el salto a la política. Recuerden el complemento de destino nivel 33 que permite a los funcionarios que han sido nombrados altos cargos mantener el complemento de destino propio del alto cargo aunque su puesto en la Administración tenga asignado uno más bajo. Hay reserva de puesto de trabajo. El resultado es que los jóvenes a los que les gusta la política y son de derechas hacen una oposición, trabajan unos cuantos años en su puesto administrativo y dan un salto a la política con red. La calidad de la administración de la Comunidad Autónoma de Madrid dio un salto significativo cuando el PP perdió las elecciones en 2004 y hubo que recolocar a un montón de abogados del Estado a los que no les apetecía volver a su puesto en la Administración.
Yo creo que es mejor para la calidad del Gobierno un partido de funcionarios que un Gobierno de funcionarios de partido.
La justificación de esta afirmación se encuentra en que el Gobierno  de “funcionarios de partido” acaba en la sima más profunda de la incompetencia, la estulticia y la ignorancia. Me explico. La calidad de los funcionarios de partido es necesariamente decreciente por las dinámicas que los de Politikon explican muy bien. La forma de ascender en el partido es mostrándose leal al jefe y convenciéndole de que no somos un rival que deba preocuparle, de manera que, al contrario del dicho jesuita, los líderes tienen incentivos para rodearse, no de gente “más lista” que ellos, sino de gente superobediente y más tonta que ellos. Si los líderes no son Einstein, el resultado, un par de generaciones y elecciones perdidas después, es un partido lleno de mediocres. Seguro que los lectores han visualizado al PSOE en este análisis. Lean el artículo de Luena o escuchen la entrevista a Micaela Serrano y tendrán que estar de acuerdo en que la “pendiente deslizante” que se abrió en la última etapa de Felipe González no ha hecho sino volverse más pronunciada y resbaladiza hacia el imperio de los mediocres. Lo mismo ocurre en Izquierda Unida, pero ahí da igual porque nunca gobiernan. Hemos visto, no obstante, la “calidad” de los consejeros andaluces aportados por Izquierda Unida y hemos visto, también, lo que les ha ocurrido en las encuestas cuando unos que son un poco más listos se organizan para disputarles el espacio electoral.
¿Por qué el PSOE pudo disponer de cargos públicos de cierta calidad hasta Zapatero? Porque el PSOE de Felipe González hacía lo que en los despachos de abogados se llama lateral hiring. Es decir, designaba para los puestos públicos (ministerios, agencias independientes etc) a personas próximas al partido pero que no eran funcionarios del partido à la Aido, Susana Díaz o Pepiño Blanco. Y el yacimiento del PSOE para hacer esas “contrataciones laterales” estaba en la Universidad. La Universidad de los años ochenta en España estaba llena de socialistas o filosocialistas, de manera que la cúpula del PSOE tenía donde elegir. Con la llegada de Zapatero, la cúpula, que había sido “alzada” gracias a los funcionarios del partido, miró hacia abajo, hacia los que le habían servido bien que diría Serrat, y llenó las Administraciones Públicas de funcionarios del partido. Probablemente, la Universidad se había hecho menos socialista o, simplemente, el coste de oportunidad de los universitarios de dedicarse a la política aumentó con la bonanza económica.
En la derecha tenemos un partido de funcionarios. Básicamente, abogados del Estado, registradores de la propiedad e inspectores de Hacienda. Luego, está el PP de toda la vida con su cupo de funcionarios de partido (Soria, Arenas, y muchos barones regionales). Pero el presidente, la secretaria general, la vicepresidenta y algunos de los del núcleo duro de estos tres son funcionarios del grupo A de la Administración. Los de Politikon dicen que son, además, juristas y que esto los hace especialmente reglamentistas y más partidarios de la regulación ex-ante y menos de experimentar, evaluar y corregir las políticas puestas en marcha. Es cierto. Tienen una confianza extrema en la capacidad del BOE para cambiar la realidad (y pagar favores a grupos económicos cercanos) y una despreocupación bastante explicable por examinar qué funciona y qué no funciona (el capítulo correspondiente del libro está muy bien). Esta selección mejora la calidad media de los que ocupan los cargos públicos en comparación con el PSOE. Con dos graves pegas: que tienen que seguir mimando al ala del partido formada por funcionarios del partido y que se vuelven muy sectarios y muy partidarios de “el fin justifica los medios”. A los míos, con razón y sin ella.
Que el PP sea (vale, Cospe, haya sido) un partido tan corrupto y que la corrupción no haya alcanzado personalmente a la cúpula de los funcionarios que ahora lo gobiernan se explica así. No se han metido personalmente en el fango de la corrupción pero sabían que “alguien tenía que hacer el trabajo sucio”, que alguien tenía que conseguir el dinero necesario para mantener las estructuras clientelares en los pueblos y ciudades, alguien tenía que mantener al partido mientras estaba en la oposición y los que hacían el trabajo sucio tenían que contar con la protección del partido. Que personajes como Fabra, Matas, el alcalde de Torrevieja, la alcaldesa de Alicante, el presidente de la diputación de Alicante, Baltar, Hormaechea, Camps, Zaplana etc llegaran a la cumbre en su ámbito y que personajes como Crespo, Bárcenas etc estuvieran al mando de las finanzas del partido o que – como dicen los de Politikon – Paco el Pocero acusara al alcalde de Seseña de ser el único alcalde honrado de España y que todos estos fueran sostenidos por Rajoy hasta el último minuto sólo se explica porque los del partido que son funcionarios se apoyaron en ellos para alcanzar el control y aprendieron que los favores y las ayudas hay que devolverlos. Es lo que tiene ser funcionario del grupo A: que uno cree que si es listo y trabajador, los demás se lo reconocerán. Y la gente es muy mala y no lo hace, y van, y votan a Zapatero. ¿Se acuerdan de quién salvó a Rajoy cuando perdió las elecciones de 2008 y Esperanza Aguirre se lanzó a su cuello utilizando a Elorriaga? ¿Se acuerdan de que Rajoy estuvo a punto de perder el control del partido incluso en Galicia? Fue Camps el que paró los pies a Esperanza Aguirre, efectivamente.
¿Cómo se arregla esto? Malamente. Sólo hay una posibilidad que es común a ambos PP y PSOE. Que los mediocres funcionarios del partido que gobiernan el PSOE desde hace una década y los funcionarios públicos que gobiernan el PP desde 2011 sean patriotas. Es decir, aunque sean mediocres o aunque deban favores a los funcionarios de su partido, la única salvación de la política bipartidista en España pasa porque, como las Cortes franquistas, se hagan el harakiri en interés de la Patria.
Este harakiri consiste en hacer algo parecido a lo que hizo el PNV. Separar el gobierno del partido y mantener a los “funcionarios del partido” con sueldos razonables en el partido. Los de Politikon lo explican bien. El drama de la democracia española (el origen histórico y la relevancia del sistema electoral está muy bien explicado en el libro) es la unificación – monopolización – en la cúpula de los partidos de todos los poderes: los del Gobierno, cuando ganan las elecciones, los del Parlamento – nuestros parlamentarios son ovejas – y los del partido. Si ganan las elecciones, no tienen competencia y ésta sólo llega desde fuera del partido. Los dos grandes han creado grandes barreras de entrada a nuevos partidos a través del sistema electoral entre otras vías, de modo que la presión extrapartido es la de las manifestaciones y huelgas de grupos específicos y la de la aparición de nuevos partidos como UPyD o Podemos.
Para que este harakiri sea creíble, las cúpulas deberían pactar cosas como las que hemos dicho en este blog y explican en ¿Hay Derecho?: atarse las manos respecto a la designación de cargos públicos. Por un lado, despolitizando la Administración (elevando, sobre todo en los Ayuntamientos y en las regiones, los puestos administrativos seleccionados por concurso hasta el Gobierno local o regional) y, por otro, cediendo la competencia al mercado para la designación de todos los puestos que requieran de experiencia y conocimientos técnicos (“reconocida competencia”) incluidos los de todos los organismos y empresas sobre las que el sector público tiene influencia (cajas de ahorro, universidades etc).
Si lo hicieran, la inteligencia, habilidades personales y formación de nuestros políticos importarían menos. Siempre podrían “alquilar el talento” y dispondrían de un pool de talento mucho más profundo en el que pescar asesores que el formado por los funcionarios del partido. Algunos de los grandes políticos del siglo XX no eran especialmente inteligentes ni cultivados. Piensen en Helmut Kohl o en Reagan (¿no creerán que se escribía sus discursos?). Además, el lateral hiring sería mucho más sencillo y el coste de oportunidad de personas formadas, inteligentes y patriotas para dedicarse a lo público se reduciría.
Tenemos que aumentar las subvenciones a los partidos para que puedan mantener un nutrido cuerpo de funcionarios de partido y que no haya que colocarlos en puestos públicos. Para que el partido fiscalice lo que hace su gobierno. Ni siquiera Rajoy puede creerse que Bonilla será un gran presidente de Andalucía.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Creo que la lo he comentado en este blog alguna vez: es leer la palabra "democracia" y se me viene a la mente Hitler ganando las elecciones. Entonces dejo de leer.

Un saludo

Julio

Epicureo dijo...

Pues Anónimo, qué pena que no dejes también de hacer comentarios tontos.

Anónimo dijo...

Leído el libro, y proviniendo del mismo ramo que los autores, me parece que hay partes buenas y partes mucho más débiles. Se trata de un libro muy recomendable. Tiene el mérito de no ser tan sectario y parcial como otros libros que hacen ostentación de una varita mágica (estilo Garicano), y utiliza datos y aportaciones académicas para tratar de explicar más que pontificar. Y por ello contribuye al debate.

La debilidad del libro viene justamente cuando los autores dejan de explicar (o quizá entran a explicar lo que conocen menos, y por ello especulan, más que analizan).

Los problemas del sistema electoral están bien presentados (escritos por alguien que sabe de ello).

Pero la tesis de que tenemos un problema de elites me pareció confusa:
a) asume que tenemos malos políticos 'en general';
b) no queda claro por qué son malos nuestros políticos: unos por ser funcionarios de alto nivel, otros por no tener profesión: no definen qué entienden por elites de poca calidad;
c) mirando otros países comparables, no veo por qué políticos no muy distintos dan lugar a resultados diferentes en otros países. O cuando se diferencian, parecen sufrir los mismo problemas que vemos en la política española.

¿Dónde está la responsabilidad de los ciudadanos?
¿Por qué los ciudadanos premian candidatos corruptos?
¿Qué valor tiene la experiencia política desarrollada en un partido?
¿Por qué España sigue siendo una historia de éxito político comparado con Grecia, Portugal o incluso Italia?
¿La selección es mala ahora, lo era ya antes?

Me parece que el libro, cuando intenta dar lecturas generales de la crisis, peca de lo mismo que muchos analistas de nuestros días: tendencia a ver lo natural como negativo, y a lanzar juicios que ponen en cuestión el conjunto del sistema político de estas décadas, más que a identificar puntos débiles que realmente se puedan 'operar'.

Como ejemplo, no veo que Zapatero tuviera gobiernos de peor calidad que los de Suárez o Aznar, o muchos de González. Creo que es más relevante, y esto los autores no lo analizan, por qué Zapatero difícilmente podría haber tomado políticas distintas de las que tomó a pesar de que sabía cuál era el riesgo.

Quizá en España, el problema no es tener elites política de poca calidad, sino elites irrelevantes, que influyen poco en el funcionamiento del sistema. Pero debería argumentar mejor y con más espacio.

Una gran laguna del libro: los efectos de la descentralización en la selección de los políticos y en el funcionamiento del sistema en general. para bien y para mal.

Gracias por el 'post', muy interesante.

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