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lunes, 11 de agosto de 2014

Nacidos para conectar y una coda sobre cómo mejorar las clases



El libro Social. Why Our Brains Are Wired to Connect, (2013) de Matthew D. Liebermann resume, en apenas 300 páginas (le sobran sólo las referidas a como mejorar las relaciones laborales que parecen más propias de un libro de management) los estudios sobre el cerebro realizados en los últimos veinte años gracias a la utilización de resonancias magnéticas cerebrales, esto es, examinando qué grupos de neuronas se activan más cuando realizamos unas actividades u otras.

Es un libro de divulgación científica de los buenos


En dos sentidos. De los buenos porque divulga (“compartir con otros lo que he aprendido”) avances científicos importantes. Es decir, no se trata de un libro escrito a partir de una idea que a su autor le ha parecido original aunque carezca de relevancia. Saber más acerca de cómo funciona el cerebro parece suficiente justificación para escribirlo y para leerlo. Y de los buenos porque, aunque el autor ha hecho un gran esfuerzo para que se entienda lo que explica, no trata a los lectores como infantes. Les introduce en cuestiones complejas y respecto de las que no disponemos de resultados definitivos.

Hay muchas ideas importantes que me han resultado novedosas o que he comprendido mejor tras la lectura. Por ejemplo, la investigación sobre las llamadas neuronas espejo y su función (no tanto la de permitirnos leer la mente de otros –¿por qué los demás actúan como actúan? -  como entender lo que hacen otros – ¿qué hace alguien  cuando alza la mano para alcanzar un libro que está en la repisa superior de la estantería? -y, por tanto, imitarlos) o la investigación sobre el autismo y la concepción de éste como un problema de exceso de excitación neuronal por los estímulos exteriores lo que lleva a los autistas a tratar de reducir el dolor y la angustia limitando su exposición a dichos estímulos y, en particular, a los más importantes: la relación con los demás humanos. La parte dedicada a la oxitocina tiene también mucho interés. Otras ideas más elementales pero igualmente importantes como la similitud fisiológica del dolor físico y de la pena o la angustia y el origen de éstas últimas en muchas ocasiones en el rechazo por parte de los demás con los que aspiramos y suspiramos por relacionarnos y porque nos quieran.

Las dos ideas del libro que me han resultado más relevantes son las siguientes.

Una, que explica por qué los seres humanos somos seres tan sociales. Otra, que estamos centrando la inteligencia que nos hace florecer como individuos en un sistema cerebral – la memoria operativa – cuando, parece, hay otro sistemas, – mentalizing system en inglés – que tienen mucho que ver. Y otra idea menor pero más práctica sobre cómo mejorar el aprendizaje aprovechando este último sistema y no sólo el primero, que requiere mayores dosis de autocontrol del que posee la mayoría de los individuos. Aunque el autocontrol sea un músculo que puede hacerse más fuerte si se ejercita, no tenemos bastante musculatura de autocontrol como para controlar a voluntad las pasiones y el deseo de obtener recompensas inmediatas que pagamos muy caras en el largo plazo.
“Típicamente, el cerebro de un bebé humano es sólo la cuarta parte de su tamaño cuando el niño llega a la edad adulta. Esto significa que la mayor parte del desarrollo del cerebro tiene lugar después del nacimiento. Madura todo lo que puede en el seno materno, pero la parte del león de su desarrollo se produce fuera de él. Esto tiene una ventaja y es que nuestros cerebros se “terminan” inmersos en la cultura en la que se desarrolla el niño, con lo que nuestros cerebros se pueden ajustar al entorno en el que desarrollamos nuestra vida. El inconveniente es que los bebés humanos están muy mal preparados para sobrevivir autónomamente… nacen completamente indefensos y siguen así durante años… y el cortex prefrontal no termina de desarrollarse hasta bien pasados los veinte años de edad”
Así las cosas, la única forma de garantizar la supervivencia y, para los genes de los padres, pasar a los hijos es que los hijos lleguen a la edad adulta y puedan reproducirse a su vez, por lo tanto, la evolución habrá promovido en los bebés todas las estructuras mentales que aseguren la conexión más estrecha con el que ha de encargarse de que pasemos del paritorio al matrimonio, es decir, nuestras madres. Y, a nuestras madres, o la evolución les ha inducido a preocuparse por nosotros y cuidarnos, o sus genes no pasarán a la siguiente generación porque unos seres tan desvalidos como los bebés humanos no pueden lograrlo sin alguien que les cuide intensamente durante la primera década de vida, al menos. Lo imprescindible de la conexión madre-hijo para la reproducción de la especie explica sencillamente por qué nuestra primera necesidad como seres vivos es la de tener alguien que nos cuide. Y, a la vez, por qué está profundamente impreso en nuestros genes cuidar de los demás cuando somos adultos. Es lógico que nuestro cerebro se haya configurado para premiar las conductas que favorecen la reproducción, o sea, justamente, las conductas que hacen que los más próximos nos quieran (y cuiden de nosotros cuando es crítico para la supervivencia) y para querer a los más próximos (porque, sin el amor de las madres, los hijos no llegan a la edad adulta). Como dice un amigo mío, sacar a un niño de un orfanato es un bien absoluto. Lástima que, a menudo, sea muy tarde para impedir un desarrollo cerebral normal, ese que se produce después del nacimiento y que alcanza hasta los 20 años.

La estructura de nuestro cerebro y nuestro desarrollo completo fuera del vientre materno y durante años requiere que nos “quieran”. El autor recuerda las palabras que dijo  Sally Field, ya saben, la actriz bajita que siempre hace papeles tremendos de madre apurada por sacar de la miseria a su familia o recuperar a su hija, cuando le dieron el Oscar. “Sé que me queréis”. Y Lola Flores, ya se sabe, dijo algo parecido en la boda de su hija. Pues bien, si la evolución ha tenido que favorecer que nos quieran y que nos cuiden, a la vez, ha tenido que favorecer que nos guste cuidar a los demás (que obtengamos recompensas químicas en nuestro cerebro por hacerlo). Con estas premisas, es fácil deducir que estos estudios contribuyen a la creciente sustitución del homo oeconomicus por el homo sapiens, un homo mucho más social y menos individualista que el primero. Es cierto que los biólogos llevan décadas explicando que el altruismo es racional si se comparten genes con el beneficiado por los actos altruistas, pero también es plausible que, una vez que se crean los sistemas biológicos que nos inducen a solicitar los cuidados de otro (el bebé) o a cuidar de los demás (las madres), será muy raro que – socialmente, no necesariamente genéticamente – los individuos de esa especie no se comporten, en general, altruistamente, cooperativamente, generosamente de forma mucho más generalizada que lo que el modelo del homo oeconomicus predice. Del mismo modo que queremos que nuestra madre nos cuide cuando somos bebés porque nos va la vida en ello, queremos que los que nos rodean nos acepten y nos consideren cuando somos adultos, porque nos va la felicidad en ello.

El libro dedica una buena parte de sus páginas a explicar lo que es el mentalizing system. Son partes del cerebro donde reside la capacidad para situarnos en la “cabeza” de otro ser humano, es decir, adivinar sus intenciones y ponernos en su lugar (mind reading). ¿Recuerdan el experimento de Sally y Ann?

Los niños menores de 3 años y los autistas no son capaces de ponerse en la cabeza de Sally. A partir de los 3-5 años, cualquier niño puede explicar que Sally buscará la bola negra allí donde la puso aunque el observador – nosotros – sepamos que allí no está la bola porque la malvada Ann la cambió de lugar.

El libro explica que este mentalizing system coincide en el cerebro con la “memoria operativa social” y que es el sistema activado “por defecto”, es decir, cuando no estamos usando la memoria analítica para, por ejemplo, resolver un problema matemático. No es raro que leyéramos en otro lugar que nuestra capacidad de razonar está al servicio de la sociabilidad y no de la resolución de problemas analíticos.


El último capítulo del libro desarrolla algunas aplicaciones de estos avances científicos a la educación. Viene a decir que, probablemente, nuestro sistema educativo obligue a los estudiantes a realizar tareas que requieren la utilización, no del mentalizing system sino de la memoria operativa, que activa otras partes del cerebro cuando la utilizamos. Y el uso de la memoria operativa es muy costoso en términos de autocontrol, lo que explica que, en general, tengan éxito en los estudios los alumnos con mayor capacidad de autocontrol pero no necesariamente los más inteligentes o los que pueden aprender más.


Si se aprende también a través del mentalizing system, ¿cómo podríamos utilizarlo en la escuela? 


Lieberman da varias ideas. Por ejemplo, que el niño se sienta integrado en el grupo (que lo quieran) mejora su rendimiento. Además, aprender en grupo – haciendo usar la memoria operativa social – es una buena idea porque estaremos utilizando el mentalizing system. También parece que aprendemos más – retenemos mejor la información – cuando se nos explica el por qué en lugar del “qué” de algo. Y, en fin, si aprendemos algo para enseñarlo a otros, lo aprendemos mejor.

Dos aplicaciones prácticas de estas ideas serían la siguientes. la primera es plantear los temas en torno a una historia “social”. Por ejemplo, en una lección sobre el contrato de seguro, en términos de si debería permitirse que alguien contratara un seguro sobre la vida del Papa o en relación con el rechazo de una compañía aseguradora a asegurar a un enfermo de SIDA. (comparen con la voz de la wikipedia).  Es decir, plantear la cuestión sobre la que se debe aprender en forma de una historia dramática en la que hay personajes que tienen ideas, sentimientos o creencias con las que el estudiante puede confrontarse. Los estudios narrados por Lieberman indican que cuando se les dice a la gente que retengan toda la información posible de una escena logran retener menos que cuando, simplemente, se les dice que se formen una impresión de la escena que están viendo. O sea que el mentalizing system es un “sistema poderoso para memorizar” y no habría que tenerlo “apagado” cuando estamos aprendiendo.

La segunda idea que propone Lieberman es la de aprender para enseñar. Parece que cuando los estudiantes aprenden algo para enseñárselo a alguien (recuerden, compartir lo que he aprendido), lo aprenden mejor. De ahí que algunos “modernos” digan que es mejor lanzar a los alumnos un problema y dejar que traten de solucionarlo en grupos (¿recuerdan la niña mejicana de 12 años q fue bautizada como la próxima Steve Jobs? aquí la versión en español). Como nos encanta enseñar a los demás, al enseñar aprendemos mejor lo que enseñamos. Esta es la verdadera lección – creo – que se extrae del ejemplo de Don Miguel que Filardi cuenta en esta entrada. Los niños de su clase tenían que ganarse el aplauso de sus compañeros de clase con sus redacciones, aplauso que sólo procedía si los demás alumnos habían sacado algo de la historia narrada por el compañero. Trasladado a un aula universitaria, la cosa podría hacerse como sigue. Encargar la realización de un paper al principio del semestre a cada uno de los grupos en los que se divida la clase y obligar a hacer una presentación del trabajo delante de toda la clase. Los alumnos deberán, además, elaborar un test de verificación que realizarán todos los alumnos de la clase. El test incluiría preguntas para comprobar que los demás compañeros han comprendido las ideas fundamentales del paper presentado por sus colegas. La nota de los “enseñantes” vendría determinada por las notas que sacasen los compañeros en el test (caveat, el profesor debería asegurarse de que las preguntas de este test no sean del tipo ¿la “p” con la “a”?

2 comentarios:

Anónimo dijo...

"Con estas premisas, es fácil deducir que estos estudios contribuyen a la creciente sustitución del homo oeconomicus por el homo sapiens, un homo mucho más social y menos individualista que el primero." No considero que el ser humano se mueva por el interés económico en sí mismo. En mi opinión, la persecución de fines materiales/económicos es en el fondo un medio (más o menos consciente) del ser humano para lograr mayor afecto y reconocimiento de los demás.

Anónimo dijo...

Bien, primero te cuento una historia real y luego te hago el análisis en profundidad.

Un profesor de constitucional de la UAM, mandó una vez um trabajo a sus alumnos que consistía en responder unas sencillas preguntas. Toda la clase sacó estupendas calificaciones en el trabajo.

En el examen final, pensó en ayudar a sus alumnos, y puso como una de las preguntas la misma que habian resuelto en el trabajo.

Para su asombro, NI UNO SOLO de los alumnos fue capaz de contestarla correctamente.

Para no suspender a toda la clase, el catedrático decidió arrancar la hoja del trabajo, y graparla a los exámenes.

¿Que fue lo que falló? Muy sencillo: SIN MEMORIZACIÓN NO HAY APRENDIZAJE. Esto es así: sí sabes montar en bici, es porque has memorizado como se hace. Ningún médico puede demostrarte lo contrario.

Cuando un alumno, hace un trabajo el proceso es básicamente: Buscar en libros, copiar lo que pone en un folio y después entregarlo/exponerlo, como no tienen que memorizarlo no están aprendiendo nada. Si por lo menos tuvieran que exponerlo sin leerlo del papel... Ya no digamos cuando las siguientes clases lo único que tienes que hacer es escuchar a tus compañeros mientras juegas con el móvil... Lo que es peor, los alumnos están presentando como suyos trabajos hechos por compañeros del año pasado (y los profesores hacen la vista gorda), no les culpo, hacer un seminario sin copiar, cuando no entiendes la teoría es una tortura china.
Mi profesora de historia de bachillerato nos decía que hicieramos los trabajos a mano, que ya que lo ibamos a copiar de wikipedia, por lo menos lo leyeramos una vez.

Es cierto que el método del concurso de cuentos, funcionaba, claro; porque no se trataba de aprenderse los cuentos (ni entenderlos); Se trataba de prácticar grámatica, ortografía y redacción; Normas que ya se habían memorizado con ANTERIORIDAD al concurso de cuentos.

Como comprenderás no puedes aprender japonés si te mandan escribir un cuento en ese idioma, sin explicar nada, o con una sola magistral de explicación.

Yo a veces en seminarios me he sentido como si me mandaran hacer 10 divisiones, sin haberme enseñado a dividir.

Hay una forma sencilla de mejorar la docencia (no costaría un duro): En vez de un seminario por semana, dividir los tres meses en un mes y medio de magistrales seguido (si pudiera ser después de un examen), por un mes y medio de seminarios. Es más fácil practicar algo, cuando se trata de algo que sabes, la práctica no es más que aplicar la teoría.

Mi profesora de quimica, harta de que hicieramos mal los deberes de formulación, se dió cuenta de que el problema es que no nos sabíamos las valencias de los elementos y se cogió un cabreo.

La pobre no entendía que sin examen, no teníamos incentivo para aprendernoslas. (Somos humanos, no santos y lo que queremos es aprobar y no aprender).

Saqué un 8 en lengua, un 4 en selectividad; es más facil hacer un "powerpoint" en grupo sobre un autor, que APRENDERSE un autor. Pero cuando te das cuenta es tarde.

He sufrido mucho con la educación "progre": El resultado es que a los 23 años, todavía no me se las tablas de multiplicar. Total, nunca me hizo falta para ir aprobando. El resultado es que estoy amargado estudiando derecho y yo habría sido un brillante ingeniero. Sin tan solo me hubieran obligado a aprendermelas de memoría...

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