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jueves, 9 de febrero de 2017

Aversión a la desigualdad que nos perjudica, castigo recíproco, castigo altruista y aversión a la desigualdad que nos beneficia

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Dibujo: Ocre @lecheconhiel

Dicen los autores que “una aversión a recibir menos que otros - o, al menos, a conseguir menos de lo que podría estar recibiendo - tiene profundas raíces biológicas” (porque está presente en muchos otros animales distintos del ser humano y porque se ha encontrado en todas las sociedades humanas). Sin embargo, no hay evidencia de que los animales no humanos hagan justicia castigando al que se comporta de forma injusta con uno o incluso, castigando a alguien que se porta de manera injusta con un tercero. (castigo recíproco o castigo altruista). Y no hay ninguna prueba en estudios con otros animales que indique que éstos aceptan sacrificarse en beneficio de otros cuando reciben más bienes que los demás. De manera que lo que nos distingue de los demás animales es el castigo de la injusticia y la aversión a la desigualdad ventajosa. Y lo que tenemos en común con otros animales es la aversión a la desigualdad desventajosa. O sea que los humanos somos únicos en que tenemos aversión a la desigualdad incluso cuando la desigualdad nos beneficia.

Esta aversión a la desigualdad tan “completa” es lo que nos hace especialmente hábiles para la cooperación entendida ésta como las conductas que provocan un aumento del bienestar del grupo e, indirectamente, el aumento del bienestar individual. Los humanos somos los únicos que explotamos esta forma de aumentar nuestro bienestar individual a través del sacrificio del interés propio inmediato en aras de mejorar nuestra condición mediatamente, una vez que la cooperación ha dado sus frutos y ha aumentado lo producido en común. Y, para lograr aumentar la producción común de los bienes hace falta que todos valoren el comportamiento de todos en relación con todos, no solo el comportamiento de los otros en relación con nosotros. Si no existe castigo al que no coopera y no existe aversión a la desigualdad que nos beneficia, no se maximiza la producción de los bienes comunes porque no se maximizan las conductas cooperativas. De manera que el reparto igualitario de lo producido en común es imprescindible para inducir las conductas cooperativas en primer lugar en el seno de un grupo.

Se preguntan entonces los autores: si la aversión a la desigualdad desventajosa tiene raíces biológicas, ¿cuándo aparecen en el desarrollo de los niños la capacidad para castigar y la aversión a la desigualdad que nos beneficia? Porque parecería que, en los primeros años de vida, los niños son sólo los destinatarios del castigo por no comportarse de forma equitativa con otros, lo que indicaría que sólo la aversión a la desigualdad desventajosas está insertada en nuestra biología y del segundo – especialmente el castigo altruista – y la tercera – aversión a la desigualdad ventajosa – tendríamos que dar cuenta recurriendo a la socialización y a la evolución cultural.

La conclusión de los estudios disponibles es que “los cuatro rasgos de la equidad humana están presentes en la infancia, primero emerge la aversión a la desigualdad desventajosa; a continuación la disposición a castigar las conductas inequitativas de otros (recíproco y altruista) a continuación y la aversión a la desigualdad ventajosa en último lugar”.

Los experimentos con niños indican que, desde muy temprana edad, se enfadan si reciben menos que los otros pero se ponen contentos si reciben más y a los cuatro años de edad ya empiezan a castigar – a aceptar un sacrificio del propio interés – al que se comporta injustamente con ellos. Es “interesante que algunos estudios recientes indican que los niños son más tolerantes con los repartos que les perjudican cuando el reparto lo han decidido ellos mismos, lo que sería una conducta prosocial”.

Este orden de aparición parece razonable. La forma de evitar repartos desventajosos para el que los sufre pasa por castigar al que realiza ese reparto (o sea, al que en los juegos realiza una oferta inaceptable por desigual) para evitar que vuelva a hacer una oferta semejante en el futuro. Y, de ahí, pasar a castigar también cuando la oferta desventajosa se hace a un tercero – castigo altruista – no necesita ningún mecanismo psicológico añadido. Según los autores, el origen del castigo altruista estaría en la repugnancia por los individuos antisociales, siendo el reparto inequitativo una forma de conducta antisocial, los niños trasladarían su repugnancia hacia el antisocial a esta forma de comportamiento concreta.

Este cambio requiere una integración de la voluntad de castigar a un coste para uno mismo con el reconocimiento de que una regla es justa y que debe ser cumplida por todos. Es importante destacar que este comportamiento coloca a los niños en un papel más activo como garantes del cumplimiento de las normas cooperativas. La aparición del castigo altruista en los niños sugiere que la motivación y las habilidades necesarias para inducir a otros a comportarse cooperativamente están presentes en la niñez.

El castigo como reacción a las ofertas injustas – que se rechazan – no aparece, sin embargo, hasta los 6-8 años de edad, lo que indica que es a partir de esa edad cuando los humanos se vuelven más “estratégicos”. Y, a partir de los ocho años, empiezan a rechazar ofertas inequitativas que les favorecen a ellos. Y lo que es más interesante, esta regla de conducta (rechazar ofertas beneficiosas para uno pero injustas para los otros compañeros de juego) sólo aparece en contextos sociales, “lo que sugiere que se trata de una respuesta inherentemente social”. Y algunos estudios indican que es una regla cultural y cuya extensión, por tanto, varía según la sociedad

Los exámenes neurológicos indican que “tener menos que otros provoca un estado emocional negativo”, es decir, despierta aquellas partes del cerebro que regulan las emociones – la amígdala – y especialmente las emociones negativas mientras que las reglas de conducta cooperativas requieren que el cerebro resuelva un “conflicto” y controle su conducta, el conflicto entre el propio interés y las exigencias de la justicia, lo que explica por qué son las partes del cerebro asociadas con tales funciones las que se estimulan en los juegos que exigen a los niños ejercer el castigo prosocial o resistirse frente a repartos desiguales que les favorecen. También es interesante que se produce una progresiva internalización de las normas de justicia porque, conforme se hacen mayores, los niños hacen más a menudo lo que dicen que se debe hacer mientras que, con poca edad, no actúan siempre de conformidad con la regla.

Katherine McAuliffe, Peter R. Blake, Nikolaus Steinbeis  & Felix Warneken The developmental foundations of human fairness, Nature. Human Behaviour, 2017

 

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