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sábado, 11 de enero de 2014

¿En qué se diferencia un emprendedor de un empresario?

La respuesta más obvia es “en nada”. Y efectivamente, no debería haber una diferencia jurídica ni por la actividad ni por el régimen jurídico al que está sometida. Si la palabra “emprendedor” se ha introducido en el castellano con un significado distinto del de empresario y del tradicional (el que tiene iniciativa) es, quizá, porque las motivaciones de un emprendedor no son idénticas a las de un empresario. Al empresario se le presume una racionalidad neoclásica y el objetivo de maximizar las ganancias o el valor de la empresa a largo plazo y su comportamiento se estudia desde ese criterio. El emprendedor sería alguien que, además de ganar dinero, actúa movido por un propósito más elevado que podría resumirse diciendo que el emprendedor trata de mejorar la vida de la gente y hacerse rico en el empeño. La existencia de un propósito elevado más allá de ganar dinero y sus efectos sobre la eficiencia de las empresas ha sido muy estudiado en el marco de las empresas sin ánimo de lucro. Y se ha comprobado que las empresas sin ánimo de lucro tienden a invertir más en el largo plazo, pueden pagar menos a los trabajadores y exigir un precio más elevado a sus clientes porque éstos aprecian como un plusvalor trabajar para una organización así o ser su cliente porque la ausencia de dueños es una garantía de la calidad del servicio prestado (residencias de ancianos, guarderías).

En este trabajo se concluye que si en un mercado conviven empresarios y emprendedores es porque hay complementariedades entre ambos tipos. Los emprendedores invertirán más capital del necesario y, al actuar así, crean recursos adicionales para los empresarios y, viceversa, han de existir empresarios para que puedan existir emprendedores porque, de otro modo, éstos no obtendrían financiación. El autor pone algunos ejemplos de las relaciones entre empresarios y emprendedores. Los emprendedores asumen riesgos que no están justificados por el rendimiento esperado pero ven oportunidades de negocio que no son apreciadas por otros. Esta diferente reacción a las oportunidades de negocio puede explicarse por la existencia de ese propósito más elevado. Igualmente, el tipo de innovaciones que cabe esperar pueden ser diferentes y la obsesión con ser el número uno del sector, aunque no sea la más rentable, también.
Thakor, Anjan V. and Quinn, Robert E., The Economics of Higher Purpose (December 2, 2013). ECGI - Finance Working Paper No. 395/2013. Available at SSRN: http://ssrn.com/abstract=2362454

1 comentario:

Àlex Plana Paluzie dijo...

Yo tengo la impresión de que en España se utiliza el concepto de emprendedor, tanto en esferas jurídicas (Ley 14/2013) como no jurídicas, para definir cualquier proyecto empresarial en sus fases iniciales. En consecuencia, el concepto utilizado es bastante inútil y no tiene en cuenta ni mayor o menor inversión, definición de los objetivos a largo plazo o corto, nivel de innovación ofrecido, etc.

De hecho, si miramos cómo se define al emprendedor en el art. 3 de la Ley 14/2013 no extraemos nada: "Se consideran emprendedores aquellas personas, independientemente de su condición de persona física o jurídica, que desarrollen una actividad económica empresarial o profesional, en los términos establecidos en esta Ley".

Uno de los problemas del concepto utilizado en España es definir el momento en que se deja de ser emprendedor, quizá nos podríamos guiar por las duraciones de las ventajas fiscales aplicables a nuevos proyectos. Un sinsentido.

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