www.almacendederecho.org

jueves, 16 de enero de 2014

Microentrada: de grandes maestros y grandes alumnos

File:Tuschefueller Rotring, um 1985, zur Reinigung demontiert sx1.jpg
Acabo de descubrir que Matt Levine, además de haber sido banquero de inversión y abogado de fusiones y adquisiciones, es, o ha sido, profesor de Latín en un Instituto de Bachillerato, lo que ha aumentado mi admiración hacia él. Solo un profesor de Latín y abogado puede explicar con tanta claridad y agudeza problemas complicados (que no necesariamente difíciles o complejos) como los del mundo de las finanzas. La claridad no es la cortesía del filósofo – si fuera así, la mayor parte de los filósofos serían unos maleducados – es la obligación de los juristas. Si un filósofo es oscuro, lo pagará en forma de menor influencia. Pero el Derecho es – como dijera Ihering – una “ciencia práctica”, de manera que deviene inútil si no es capaz de convencer a los ciudadanos de la bondad de sus reglas, lo que exige, indefectiblemente, que los ciudadanos puedan entender su sentido.
Yo tuve la suerte de estudiar Latín durante tres años de bachillerato. Dos de ellos, en colegios de curas y uno, el COU, en el Ramiro de Maeztu. Yo era un alumno excelente – no como Rajoy – y tengo una media de sobresaliente desde la EGB hasta la Universidad. Nunca me costó sacar buenas notas, aunque preparaba los exámenes y me esforzaba en las asignaturas que se me daban peor. Afortunadamente, una lesión congénita me libró de la gimnasia y de una peor nota media y tuve un gran profesor de “pretecnología” que valoraba mis denodados esfuerzos por hacer bien las “láminas” de dibujo técnico a pesar de que la modestia de los ingresos de mi padre me obligaban a utilizar tiralíneas en lugar del fantástico “rotring”, auténtica innovación que su fabricante vendía a un precio claramente supracompetitivo aprovechándose del monopolio que logró durante algunos años.
De los dos curas que me dieron latín en 2º y 3º de BUP apenas tengo recuerdos. Eran muy malos. Especialmente el de 3º de BUP que, probablemente, no sabía nada y nos hacía traducir los textos latinos como lo haría el traductor de Google en sus inicios. O sea, si leíamos “cum tribus legionibus” traducíamos “con las tribus de las legiones” y nos aprobaba. El paso al Ramiro de Maeztu fue un choque tremendo. Casi me pongo malo de estudiar para alcanzar el nivel de la mayoría de mis compañeros del COU de letras (sólo había un grupo) que habían hecho el BUP en el propio Instituto. Éramos veintisiete o veintiocho – todos aprobamos la selectividad en junio – y tuvimos un manojo de profesores excelentes. Pero habría dado igual. Éramos alumnos excelentes y habríamos aprendido lo que aprendimos aunque los profesores hubieran sido mediocres. Ya lo dijo Stigler: si los alumnos son excelentes, los profesores pueden ser mediocres sin grave daño.
Recuerdo en especial el primer comentario de texto que nos encargó el profesor de Literatura – Doctor Gerardo Velázquez Cueto– que debíamos realizar  sobre un poema de Unamuno. Pardillos los de provincias y de colegios de curas  – los que no sabíamos lo ogro que era el profesor de Literatura –, preparamos el comentario como pudimos imitando lo que habíamos venido haciendo durante el bachillerato (tipo de poema, rima, significado del texto, figuras literarias utilizadas…). “El Velázquez” – o sea, don Gerardo – nos hizo leer en voz alta el comentario uno por uno sin decir ni pio. Hasta que llegó Saborit, un estudiante melenudo y no demasiado pulcro con unas gafas de pasta totalmente de la época. Saborit, con el dedo en la melena haciendo y deshaciendo rizos, comenzó a leer su comentario diciendo algo así como que el poeta trataba de crear un ambiente tenebroso en los primeros versos utilizando predominantemente vocales cerradas y que dicho ambiente cambiaba conforme avanzaba el poema para expresar la esperanza utilizando muchas más vocales abiertas. Cuando terminó, le aplaudimos espontáneamente. “El Velázquez”, al que no recuerdo un elogio, nos mandó callar y sentenció que no estaba de acuerdo con el análisis del señor Saborit (nos llamaba de señor) pero que había de reconocer que era el único de nosotros que había hecho un comentario que mereciera tal nombre. Excuso contar que, durante el curso, hicimos unos comentarios excelentes a poemas de Cernuda o Machado. De Cernuda, recuerdo con especial orgullo que supe contestar a la pregunta acerca de la razón de un título (“Quisiera estar sólo en el Sur”). Habíamos leído suficiente sobre Cernuda como para saber que se trataba de una canción de jazz o soul (“I’d rather be alone in the South”). Y quedamos maravillados cuando nos contó que un poema de Machado cambiaba completamente si sustituíamos por sinónimos todas las palabras que tuvieran una connotación de azul. 
Velázquez era un grandísimo profesor al que no querían ni sus alumnos ni sus compañeros porque estaba amargado. Nos obligaba a ir al teatro y a traerle las entradas como prueba de que lo habíamos hecho, gracias a lo cual, conocí a Julia Gutiérrez Caba que nos invitó al camerino, sorprendida del entusiasmo con que habíamos seguido la representación. Entusiasmo real de unos novicios. Cuando un día sospechó que uno de nosotros no había asistido realmente a la obra y que se había agenciado la entrada, le hizo salir a la pizarra y dibujar el escenario. Era peor. Nos hizo utilizar un manual de literatura con el que él no estaba en absoluto de acuerdo. Supongo que porque nos tenía mucho respeto.
También aprendimos mucho con la profesora de Filosofía o la de Lengua (que estaba maravillada del nivel de los alumnos de esa clase, con razón) y nada con “el topo”, el profesor de Historia que debió de ser un gran tipo (creo que fundó el Patronato de Igualdad de Oportunidades) pero al que pillamos en franca decadencia y degradación intelectual.
Latín 2, Sociedad Española de Estudios Clásicos Francisco Torrent
En este grupo de profesores, Francisco Torrent era un caso aparte. No sé por qué, dábamos clase en dos aulas distintas. Unas, en el edificio que había sido históricamente la Residencia de Estudiantes y conocido como el pabellón “hispano-marroquí”, que ahora está ocupado por el CSIC. El profesor de Literatura nos aclaró que, probablemente, el aula había sido la habitación de lumbreras como García Lorca o Dalí o Buñuel. La curiosidad (y los trabajos que teníamos que hacer para Literatura) me llevó a la biblioteca del CSIC – a la que teníamos privilegiado acceso por ser alumnos del Ramiro – y en la que descubrí una revista  - “Residencia” que fue objeto de mi primer trabajo “largo” para la Universidad. Era una revista estupenda con buenas fotos de todos los que pasaron por la Residencia de Estudiante en el primer tercio de siglo XX. Las clases de Lengua y Literatura se daban en el pabellón hispano-marroquí, pero las demás se daban en el edificio principal. 
No voy a hacer una semblanza personal de Torrent porque no lo conocí bien. Afortunadamente, todos sus alumnos se acuerdan de él y han hecho semblanzas que no puedo mejorar. Para mí fue, simplemente, un profesor extraordinario y extravagante que no enseñaba. Nos acompañaba en el aprendizaje. Pero, aprender, aprendíamos por nuestra cuenta. Supongo que no hacía con los alumnos de bachillerato lo que hizo con los de COU. Torrent tenía un libro de texto para BUP – la edición que yo manejé estaba modernizada respecto de la de la imagen – que absorbí en un par de semanas – las de octubre – para ponerme al nivel de mis compañeros. Había un alumno – Echauz – que había estudiado en el Liceo italiano y traducía a Virgilio, Cicerón o César de corrido y sin ayuda de diccionario. El resto, hacíamos lo que podíamos. Siempre teníamos a Saborit. Lo extraordinario es que Torrent no nos daba clase. El primer día nos dijo que íbamos a traducir La Eneida de Virgilio y que, cada día, uno de nosotros traduciría unos cuantos versos sobre los que él hacía comentarios. Así que, en un riguroso acto de autodefensa, los alumnos nos repartíamos el trabajo y asignábamos diariamente la tarea de prepararse bien la traducción a alguno de nosotros. Lo hacíamos por Torrent, para que no se pusiera triste al comprobar que no éramos capaces de traducir a Virgilio. Queríamos que se fuese a casa contento de habernos dado clase. Torrent no preguntaba. Esperaba de nuestra madurez que nos ofreciéramos voluntarios para traducir y se limitaba a corregir o a perorar sobre cualquier cosa encendiendo un Ducados tras otro (¡qué tiempos en los que los profesores fumaban en clase!). Sospecho que en la cartera no llevaba más que el cartón de Ducados. Nuestra estrategia era inmejorable. Por un lado, tenías que tener la capacidad de traducir a Virgilio porque, algún día, te tocaba hacerlo y se notaba rápidamente si entendías o no lo que estabas diciendo. Por otro, la manipulación de la “subasta” nos permitía relajarnos y dedicar tiempo a otras asignaturas. Pero a clase de Latín se iba porque siempre cabía la posibilidad de que Torrent contara algo extraordinario. Recuerdo como si fuera hoy, que una mañana llegó y nos dijo que había estado el día anterior en un estreno de cine. Había ido a ver “Opera Prima”, de Fernando Trueba y Oscar Ladoire. Que había rechazado inicialmente la invitación de su antiguo alumno pero que, finalmente fue, y que la película le había gustado. No sé si el título lo sugirió Ladoire – que escribió el guión con Trueba – pero me gustaría pensar que, además del juego de palabras con la prima que vivía en Ópera, es un recuerdo a Torrent.
OPERA PRIMA
Otro día contó que Franco manipulaba hasta el parte del tiempo. Según Torrent, la influencia de Cándido – el mesonero segoviano – era tal en tiempos de Franco que conseguía que la pobre Ávila apareciera siempre como el lugar más frío de España aunque él pudo comprobar, cuando era profesor de latín en Segovia, que la mínima de Segovia era, a menudo, inferior a la de Ávila. No sé si, a partir de aquella experiencia, dejó de confiar en los Telediarios.
Muchas de sus peroratas tenían algo más que ver con el latín. Lo de que el infierno está, probablemente, casi vacío pero que Julio César es uno de sus escasos moradores era uno de sus cuentos más repetidos. Todo lo que tenía de dicharachero y extrovertido, lo tenía de discreto. Su “especialidad” era provocar a los alumnos. Recuerdo a un compañero que era el prototipo de “opusino” de los años ochenta. Un día, cometió un error en la traducción o acertó con un verso especialmente difícil, no lo recuerdo, pero que acertase o se equivocase daba igual porque Torrent nunca hacía alabanzas. Torrent contó que le había visto comprar churros en el recreo en un carromato que los vendía, algo que Torrent hacía diariamente y se preguntaba – Torrent – si este chico lo hacía en aplicación del siguiente silogismo. Torrent come churros en el recreo. Torrent sabe mucho latín. Ergo, comer churros proporciona conocimientos de latín. ¿Alguna explicación mejor de que correlación no implica causalidad?
Gracias a él, me aficioné a que no se me olvidara el Latín. Mis alumnos me aguantan cada año una perorata sobre la importancia de que tengan rudimentos de latín. Les explico que es verdad que el latín son las matemáticas de los de Letras y cómo desarrolla la capacidad de análisis y la de resolver problemas (traducir latín es un acertijo que hay que resolver aplicando reglas, algunas de las cuales puedes no conocerlas pero “averiguarlas” con ayuda del español, del francés o del italiano). Les explico que, al ser una lengua muerta, hay respuestas correctas para todo, como las hay para reparar un motor o para examinar un cadáver. Les digo que conocer brocardos latinos es la única ventaja competitiva que tienen los alumnos de Derecho frente a los de otras Ciencias Sociales y que los latinajos jurídicos son la mejor forma de aprender bien las instituciones jurídicas. Por ejemplo, alguien que entiende bien lo que significa la expresión “res inter alios acta aliis nec nocet nec prodest” puede explicar, de forma muy resumida, problemas jurídicos de gran enjundia (¿es válida la cesión de un crédito sin consentimiento del deudor? ¿y la cesión de una deuda? ¿cómo se explica la validez de las estipulaciones a favor de tercero en un contrato? ¿por qué se prohíben los acuerdos colusorios?) y, sobre todo – es obvio que puede entender esos problemas sin saberse el latinajo – puede explicarse con gran precisión, porque nadie utiliza esa expresión latina para nada distinto que explicar el principio de la intangibilidad de las esfera jurídica propia por actos de terceros. Ya sé que estudiar Latín tiene muchas otras ventajas. Pero no son de mi negociado.
 
La Secretaria de Estado de Educación ha publicado hoy un artículo con el que estoy bastante de acuerdo. Hay que fomentar la cultura del esfuerzo entre nuestros estudiantes porque, incluso los alumnos excelentes, solo pueden brillar en un entorno propicio. Y ese entorno propicio lo proporcionan otros alumnos excelentes y esforzados y profesores que inspiren a sus alumnos. Que les convenzan de que no hay nada mejor que estudiar y aprender. Torrent era uno de esos.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Querrá Ud. decir "Res inter alios acta aliis nec nocet nec prodest". Sin ser excelente como Ud., hasta ahí llego. Gracias.

JESÚS ALFARO AGUILA-REAL dijo...

Imprescindible corrección. Gracias!

Anónimo dijo...

Me has dejado intrigado con la referencia a Machado y tengo buena memoria. Recuerdo que el profesor nos dijo que sustituyéramos por cultimos las palabras normales del poema "Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario". El resultado era grotesco y servía para mostrar que la belleza del poema era su sencillez. Aprovechó para citar a alguien llamado algo así como Hjemslev para que lo citáramos en selectividad y "epatar" al tribunal (difícil porque no se leían los miles de exámenes). No recuerdo ningún poema de Machado en el que lo azul tenga nada relevante (ni siquiera los que aluden al mar- que tiene otro sentido en Machado-, ni los de Neptuno, Tritón etc-).

JESÚS ALFARO AGUILA-REAL dijo...

Puede que tengas razón y que la explicación de mi error esté en la formación de los recuerdos. La historieta la he contado verbalmente en alguna ocasión y, la primera vez que lo hice, seguramente, "fijé" lo de la connotación de azul, de manera que lo que ocurriera realmente, para mi cerebro, devino irrelevante. Pero ¿no puede ser que el Velázquez nos pusiera dos ejemplos? Porque recuerdo que luego criticó esa técnica de análisis

JESÚS ALFARO AGUILA-REAL dijo...

De hecho, releyendo la entrada, me doy cuenta de otro error. No fue Julia - que también actuaba - sino Irene Gutierrez Caba la que nos invitó al camerino

Archivo del blog