martes, 20 de diciembre de 2016

Más sobre reglas heurísticas y cooperación



@thefromthetree

Cuando percibimos una amenaza repentina a nuestra integridad física, la reacción de nuestro cuerpo es alejarnos de la fuente de peligro. Es una respuesta de nuestro cuerpo, no una decisión. Y una respuesta seleccionada por la evolución ya que aportaba una ventaja a los que así se reaccionaban frente a los que no lo hacían. La reacción física sustituye a la decisión. Sólo algunas circunstancias provocan una reacción física semejante. Muchas otras son producto del aprendizaje, de experiencias pasadas. Nos fue bien reaccionando así, de forma que repetimos la respuesta sin elaborarla, sin ponderar los pros y los contras de actuar de esa manera en estas circunstancias concretas, simplemente porque decidir es costoso y minimizar los costes es siempre bueno. En fin, cuando las circunstancias son diferentes de las dos anteriores, tomar una decisión pensada, elaborada, en definitiva, deliberar internamente antes de tomar la decisión permite maximizar nuestro bienestar.

Cuando se trata de cooperar – es decir, de llevar a cabo conductas que nos suponen un coste en tiempo, en esfuerzo o en dinero en beneficio de otros – el proceso de decisión debería ser semejante. No es probable que haya muchas circunstancias en las que actos de cooperación se hayan convertido en puras reacciones físicas (como cuando se constriñen nuestros vasos sanguíneos al tener que golpear, herir o matar a otra persona), pero es muy probable que determinados actos cooperativos los realicemos intuitivamente porque, de nuestras pasadas experiencias, deducimos que, en circunstancias como las que enfrentamos (alguien se ha caído delante nuestra en la calle), lo que nos conviene es cooperar (ayudar al que se ha caído a levantarse y recoger sus pertenencias).


Sabemos que nos conviene cooperar porque ese tipo de circunstancias son típicas, nos enfrentamos con relativa frecuencia a ellas y comprendemos intuitivamente que es en beneficio de todos que todos actuemos cooperativamente. Lo comprendemos porque nos damos cuenta que esas conductas mejoran el bienestar de todos, son juegos de suma positiva y porque sabemos que nosotros también nos beneficiaremos individualmente del “excedente” de bienestar que contribuimos a crear cuando prestamos nuestra colaboración porque somos interdependientes. Ayudar al que se ha caído a volverse a levantar nos permite prever que nos ayudarán cuando seamos nosotros los que nos caemos. No es raro que la evolución haya contribuido a fortalecer estas conductas cooperativas (los que viven en grupos que las practican sobreviven en mayor medida que los que viven en grupos en los que no se practica la cooperación) en forma de un “premio” químico – aumento de la producción de endorfinas o serotonina – cuando cooperamos. Por tanto, para explicar por qué la gente coopera en el sentido antes definido no hay que poner en duda ni la racionalidad de la conducta humana ni calificar a los humanos de irracionalmente altruistas o cooperativos. Estas conductas cooperativas son tan racionales como contratar un seguro. 

Rand explica en este trabajo que, cuando los beneficios de cooperar no son tan evidentes como en los ejemplos expuestos, es necesario un proceso deliberativo para realizar el “cálculo” correcto y comprender que cooperar es en nuestro interés. Tales circunstancias son aquellas en las que el coste que hay que asumir por cooperar es elevado (la evolución no ha podido desarrollar respuestas químicas recompensadoras que “venzan” el instinto de supervivencia) porque nos ponemos en peligro o aquellas en las que no es fácil percibir las ganancias para el individuo – indirectas – derivadas de la cooperación. Quizá porque ni siquiera se percibe que haya beneficios para el individuo o porque, al ser indirectas (como la probabilidad de que nos ayuden a nosotros si somos las víctimas de la situación), se perciben como muy poco probables, de manera que su valor motivador se descuenta fuertemente o quizá porque no se percibe el “juego” como un juego de suma positiva sino como un juego de suma cero, es decir, los participantes no perciben que haya ganancias derivadas de la cooperación que puedan ser distribuidas entre los miembros y, por tanto, convertirse en ganancias individuales. En particular, pero no solo, si intuimos que los demás no se comportarán cooperativamente ya que la obtención de los beneficios individuales depende de que todos o la inmensa mayoría adopten la conducta cooperativa. En los ejemplos anteriores, por el contrario, como nadie “delibera” respecto a si cooperar o no hacerlo, la cuestión acerca del qué harán los demás, no se plantea. Los demás cooperarán porque tienen las mismas intuiciones que uno. De forma que la respuesta intuitiva resuelve el problema de coordinación entre los individuos. “Sabemos” que los demás cooperarán porque la respuesta cooperativa está incorporada a nuestras intuiciones.

Por tanto, en situaciones en las que los beneficios de cooperar no son evidentes, la deliberación es necesaria para superar nuestra tendencia intuitiva a no hacer nada peligroso o costoso que no es, aparentemente, en nuestro propio beneficio.

Los resultados, dice Rand,
“proporcionan apoyos claros para una teoría de heurística social según la cual, la intuición favorece las conductas que son típicamente ventajosas para el sujeto y la deliberación favorece la conducta que beneficia al individuo en las circunstancias concretas a las que se enfrenta… el uso de la intuición (menos tiempo de respuesta) incrementa el nivel de cooperación pura, esto es, de la cooperación en entornos donde lo que maximiza los resultados para el agente es no cooperar con independencia de lo que haga la otra persona que está participando en el juego, pero no tiene efectos sobre el nivel de cooperación estratégica, esto es, cooperación en entornos en los que la cooperación puede maximizar o no los resultados para el sujeto dependiendo de la conducta de los otros participantes en el juego”.
De manera que las reglas heurísticas tienen una importancia fundamental para explicar el elevado nivel de cooperación en las sociedades humanas. Y que los humanos utilizamos “racionalmente” las reglas heurísticas para tomar decisiones, para actuar, en el sentido de que las utilizamos – una u otra - cuando “más nos conviene”:
“Un simple proceso de maximización de los beneficios a largo plazo, sea vía evolución, aprendizaje social o razonamiento estratégico, puede explicar los patrones de conducta observados como resultado de un conjunto de respuestas que son, en promedio, óptimas”.
David G. Rand, Cooperation, Fast and Slow: Meta-Analytic Evidence for a Theory of Social Heuristics and Self-Interested Deliberation, 2016

1 comentario:

Anónimo dijo...

Con este comentario coopero intuitivamente, pues considero que se trata de un atractivo y razonado artículo que procedo a elogiar, imprimir y subrayar, y con esta consideración motivo a los que lo leen a hacer algo parecido, y a difundir la necesidad de cooperación.

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