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martes, 19 de noviembre de 2013

Microentrada: El porvenir de Cataluña y España

Por qué celebrar el referéndum por delante es una indecencia y una temeridad
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Ayer asistí a una mesa redonda de cuatro estupendos profesores de la Alianza 4 Universidades en la que Grasa, Lorente, Moreso y Quadra-Salcedo discutieron acerca de qué hacer con el “desafío soberanista”, el “conflicto” entre una parte de la sociedad catalana que se ha vuelto independentista repentinamente y tiene una prisa tremenda por hacer un referendum de autodeterminación.

Las posiciones de los cuatro ponentes no eran “globales”. Marta Lorente dijo que había que dejar fuera de la discusión los argumentos historiográficos. Y no puedo estar más de acuerdo, aunque solo sea para que nadie haga el ridículo y ofenda al respetable. Además, recordó que cuanto más baja sea la calidad institucional española, menor legitimidad tendrá el Estado para exigir el cumplimiento estricto de la legalidad. Rafael Grasa, que es miembro del Consejo para la Transición, explicó que hay que acabar con el “silencio estruendoso” por parte del gobierno de Madrid y que hay que avanzar en el diálogo sobre la base de que la consulta es lícita, legítima y democrática. Josep Joan Moreso me gustó especialmente. Hay que diseñar una estrategia de cooperación porque la independencia es mala para Cataluña y para España mientras que la cooperación (basada en la convicción, no en la “conllevancia”) es la estrategia que genera el máximo de ganancia común. Tomás de la Quadra-Salcedo explicó que no hay posibilidad, según la jurisprudencia del Tribunal Constitucional, de hacer una consulta soberanista y mostró su extrañeza porque todavía no se haya producido un debate sobre la cuestión en el Parlamento.
Entre los comentarios del público, los de los Rectores, nada memorable salvo una apelación del nuevo rector de la Pompeu Fabra – creo – a la “voluntad de un pueblo” y a los conceptos que me sonó muy mal (me sonó a “El triunfo de la voluntad”). Santiago Rodríguez Abascal dijo que un referéndum tendría muchas ventajas y un señor mayor aludió a las consecuencias económicas de la separación.
El comentario que me quedé sin hacer es el siguiente: Desde la primera entrada sobre este tema he mostrado mi extrañeza y mi indignación con la actitud de Convergencia i Unió que, exactamente el 10 de septiembre de 2011 se convirtió a la independencia y que – al igual que Zapatero con lo de “aprobaré lo que venga del Parlamento catalán” – prometió a Esquerra Republicana ir con ellos hasta donde hiciera falta. Parece que varios millones de catalanes se han convertido al independentismo en muy poco tiempo y, como no hay razones objetivas para justificar un cambio tan trascendental, hay que pensar que esto tiene algo de virus que se ha instalado en un cuerpo muy proclive ya infectarse de la “enfermedad”. 

Lo triste es que se está centrando la discusión en la consulta o referéndum que, a mi me parece, debería dejarse para el final. Lo que hay que hacer es hablar de la independencia.
Hablar de las causas del crecimiento del sentimiento independentista; del principio de ordinalidad, de balanzas fiscales, de infraestructuras, de la organización política del Principado, de su clase política, del clientelismo y el conservadurismo económico de la política catalana, de su afición a regularlo todo, simplemente para marcar la diferencia con España; de los complejos de los políticos catalanes que aceptan de buen grado las imposiciones de Bruselas pero consideran centralismo de la peor especie las regulaciones – idénticas – que vienen de Madrid; de lo malo que ha tenido el “café para todos” y de la lealtad constitucional, no solo de los nacionalistas catalanes, sino de los del PP de Valencia o el PSOE de Andalucía o de cualquiera que pone el grito en el cielo cada vez que los políticos catalanes quieren negociar bilateralmente con el Gobierno; de lo que los catalanes quieren decidir en el nivel local o regional; de que no se puede estar al caldo – competencias regionales – y a las tajadas – participar en las instituciones estatales -; de la inmersión lingüística en términos de derechos individuales y en términos prácticos y no en términos identitarios; de lo pobres que seremos españoles y catalanes viviendo en dos países independientes; de la ruptura de lazos entre dos grupos humanos que llevan viviendo sin fronteras de ninguna clase por más de trescientos años y con migraciones tan importantes que el castellano se ha vuelto dominante en Barcelona; de lo paletos que son en Madrid y en Barcelona por separado y cómo la rivalidad entre las dos ciudades ha generado resultados brillantes; de la reforma de la Constitución y de cómo asegurar la lealtad constitucional de todo el mundo…
Hacer un referéndum antes de que hayamos hablado de todo eso hasta el agotamiento, antes de que tengamos delante todos los estudios (¡ah que no hay think tanks en España!) sobre lo que la independencia significa es una temeridad y una indecencia.
Una temeridad porque si el resultado del referéndum es claro en un sentido o en otro (lo que es muy improbable), las consecuencias deberían ser fatales: iniciación de las negociaciones para la secesión (con una España actuando en la estricta defensa de sus intereses “a cara de perro”) o reforma de la Constitución para acabar de una vez por todas con la “negociación permanente” entre el Estado y las CC.AA. Recuérdese lo de la OTAN: “De entrada, no” y luego “de salida, tampoco”. La dinámica que se desarrollaría tras el referéndum haría la independencia inevitable a pesar de que sea la peor de las soluciones posibles para todos (en mi opinión). Y una derrota de la independencia en el referéndum generaría sentimientos de revancha en el resto de España contra los nacionalistas aupando las tendencias centralizadoras. Pero el resultado más probable (50/50) solo nos dejaría a todos con una agria sensación: que la sociedad catalana ha quedado dividida, como la vasca, entre nacionalistas y constitucionalistas. Y – como decía Moreso – habrá prevalecido la división entre “nación unitaria” catalana y “nación unitaria” española sobre las múltiples relaciones de todo tipo entre gente que vive en Cataluña y gente que vive en el resto de España.
Una indecencia porque no se puede preguntar a la gente con tan poca información sobre una cuestión que tiene consecuencias que pueden durar siglos.
Y, todavía más indecente es que se libere a los ciudadanos de cualquier responsabilidad por su decisión diciéndoles que no se preocupen y voten, por ejemplo, a favor de la independencia que ya administrarán los políticos el resultado del referéndum y que éste no es más que consultivo. Si se trata de eso, que hagan otra cadena humana, no un referéndum.
Debe consultarse a los catalanes sobre si quieren ser independientes. Pero no en 2014, ni en 2015, ni en 2016. En 2022 o en 2025, una vez que hayamos reformado la Constitución, hayamos acabado con los privilegios forales, hayamos acabado con el café para todos en las autonomías, hayamos garantizado jurídicamente el cumplimiento del deber de lealtad a la Constitución por parte de todos los que ocupan cargos públicos en cualquier institución y hayamos discutido hasta la saciedad y con conocimiento de causa sobre las ventajas y los inconvenientes de la independencia. Yo, que tengo alguno, creo que seríamos más pobres y más infelices todos. Y que Barcelona puede avanzar mucho más y más alto a los hombros de España que a los hombros de Girona. Pero, me temo, los enanos mentales que dirigen los partidos catalanes prefieren ser cabeza de ratón.

3 comentarios:

Jorge dijo...

Mi punto de vista, como "nouvingut", castellanohablante que ejerce de tal cuando explica en la Universidad, que si procede habla catalán en la intimidad, pero que en su casa tiene mujer e hijos que hablan catalán entre ellos pero conmigo hablan todos en castellano.

Lo digo ya, quiero que haya consulta y votaría "no". Creo además que ganaría el "no", pero cuanto más tiempo pase en enroques y algunos ninguneos, más gente irá por el camino de "aquesta gent no ens volen".

Me parece un error negarse en redondo a que se celebre la consulta. Lo suyo sería enredarse en discusiones sobre el valor de la misma, cuanta es la "amplia mayoría" necesaria, quien podría votar, el contenido de la pregunta o si la hacemos dentro de cinco años o siete. Luego en función de lo que saliera aparcamos el tema una generación más o entramos en otras cuestiones: a mi me parece lógico que hubiera otra consulta en "el resto de España", si procede, una vez se haya votado aquí. Si sale el no, no hace falta hablar más. Pero si sale un 80% de "SÍ" -cosa que veo remota- no creo que "en el resto de España" puedan ignorar eso.

Estoy muy de acuerdo en que estas prisas me parecen malísimas consejeras (delegadas). Es esta extraña mezcla entre impulso de la sociedad civil -que lo hay- y políticos aprovechados -que también- unidos en una coctelera que tiene algunos otros ingredientes picantes

Jose m Garreta dijo...

Mucho dialogo (ahora) y la consulta en 2025; pero eso si los politicos catalanes son unos enanos.Vale.
De historia no hablemos y no demos ideas que nosotros llevamos juntos 300 años y los arabes estuvieron aqui 700.

AnteTodoMuchaCalma dijo...

Admirado Prof.

Estamos dejando de lado el problema fundamental. La gramática profunda de la imposible integración territorial de España desde hace siglos. El quid de la cuestión. El ojo de la patata.

La inconsciente aspiración independentista de Madrid.

En términos freudianos, Madrid reprime su ansia independentista y lo proyecta, como conflicto irresuelto, mediante actos fallidos agresivos. NO SOPORTA estar en el mismo saco que los vascos etarras, los putos catalanes, los andaluces subdesarrollados, los gallegos palurdos, los extremeños tercermundistas...

Es Madrid la que, como el Poltergeist generado por un adolescente psicocinético, mueve las mesas, abre y cierra las puertas por la noche. Es Madrid la que expulsa sin querer a todos los demás, hasta el punto que, según se dice, a día de hoy terminaríamos antes preguntando quién se quiere quedar con Madrid en España.

Madrid hace esto sin querer para llamar la atención, como un niño conflictivo. Hay que dar un paso adelante y ayudar a Madrid con dos movimientos valientes que pueden salvarla a ella y salvar a España.

1. INDEPENDENCIA PARA MADRID..
Hay que dársela YA. Unilateralmente, porque Madrid no está a día de hoy preparada para decidir sobre esta cuestión. La permanencia en España le generará daños que se proyectarán por siglos (a ella y a España).

Son evidentes los beneficios para la integración territorial de España. Simpliciter: ¿para qué marcharse de España si ya no está Madrid?

Pero no lo son menos los beneficios para Madrid, que se verá liberada de la corrección política que le obliga a aceptar la convivencia con esa gente tan horrible.

2. LA CARAMBOLA.

Los beneficios no terminan aquí. La independencia de Madrid permitirá resolver el segundo contencioso territorial.

GIBRALTAR.

En efecto: Gibraltar no debe ser inglés (¿colonias en el siglo XXI?), ni mucho menos español (¿contra la voluntad de los llanitos?). Gibraltar debe integrarse en la nación que más lo desea, que no es España ni el Reino Unido, sino MADRID.

Así, unidos mediante un puente aéreo, rollo Berlín, Madrid ganará salida al Mar; se llevará su juguete favorito...

... y ahogaremos una industria editorial gilipollesca, empeñada en subirle la tensión a ancianos madrileños, enardeciéndoles para combatir contra la pérfida Albión en el frente bélico de las Cartas al Director.

Si estáis de acuerdo, acudid a la manifestación "POR UNA ESPAÑA DONUT" el 31 de diciembre a las 23:55 en la Puerta del Sol de Madrid.

Un fuerte abrazo, Prof.

ATMC

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