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jueves, 5 de mayo de 2016

Lo siento mucho. No tienes por qué sentirlo. No es culpa tuya

Es de suma importancia que el mal realizado sin intención sea considerado una desgracia tanto por el agente como por el paciente… la sabiduría de la naturaleza ha establecido que la felicidad de toda persona inocente es de la misma manera santa, consagrada y protegida frente a los ataques de cualquier otra persona; no está permitido pisotearla desconsideradamente y ni siquiera quebrantarla inintencionada e involuntariamente en modo alguno, sin exigir alguna expiación, alguna reparación en proporción a la magnitud de tal violación no intencional. Un hombre benevolente que accidentalmente y sin la más mínima negligencia ha sido responsable de la muerte de otro hombre, lo lamenta pero no se siente culpable. Durante toda su vida considera que ese accidente ha sido una de las mayores desdichas que le pudo haber sobrevenido. Si la familia del muerto es pobre, y él mismo se halla en una posición llevadera, inmediatamente la toma bajo su protección y sin necesidad de ningún otro mérito la juzga con derecho a recibir cualquier grado de favor y amabilidad. Si la familia tiene medios, él procura compensarles por lo ocurrido mediante toda suerte de sumisiones, expresiones de pesar, prestaciones de cualquier buen oficio que él pueda conceder o ellos aceptar, y así intenta aplacar en todo lo posible su animadversión, quizá natural aunque sin duda sumamente injusto, por la grave aunque involuntaria ofensa que les ha ocasionado 

Adam Smith, La Teoría de los Sentimientos Morales

Jared Diamond dedica el primer capítulo de su libro 


El mundo hasta ayer a explicar cómo se resuelven, en las sociedades primitivas, los conflictos provocados por accidentes en los que uno causa un daño a otro. Narra un accidente de tráfico y la consiguiente negociación entre el conductor del vehículo y la familia de la víctima. Un mediador interviene – porque el causante no era de la tribu, sino un occidental – que explica al conductor lo que tiene que hacer. Diamond se centra en la negociación de la indemnización pero también es muy relevante el deber del conductor de mostrar su pesar por el accidente a la manera que describe Adam Smith.

Hace muchos años, había un programa jurídico en la televisión alemana en el que se juzgaba un caso de responsabilidad extracontractual derivada de un accidente de tráfico. El demandante era un camionero que había atropellado – y matado – a un peatón que, saltándose vallas y reglas de prudencia, había cruzado la autopista. Demandados eran, naturalmente, los herederos del peatón fallecido. Y el camionero pedía que le indemnizaran los daños psicológicos que había sufrido como consecuencia del atropello. No podía dormir bien desde entonces al tener sobre su conciencia la muerte de un hombre.

En este artículo, (Keith Hankins Adam Smith's Intriguing Solution to the Problem of Moral Luck) el autor examina lo que tenía que decir respecto al problema de la suerte moral Adam Smith en su libro La teoría de los sentimientos morales. Dice el autor que Adam Smith explica 


nuestra tendencia a culpabilizarnos de resultados de nuestras acciones que no estaban cubiertos por nuestra intención


 – dolo – o por nuestra negligencia – culpa – en nuestros actos. El camionero circulaba a la velocidad apropiada y cumplía toda la regulación aplicable al ejercicio de su oficio. En términos técnicos, se trataba de un caso de culpa exclusiva de la víctima (art. 1 LRCSCVM). Sin embargo, nada de eso impidió que el camionero se sintiera muy mal por lo ocurrido y que se preocupara intensamente del mal causado hasta el punto de ver alterada su salud mental. Dice Smith que estos sentimientos de culpabilidad sin culpa son útiles socialmente, que “la causalidad (natural)” es decir, el hecho de que si el camionero no estuviera conduciendo por esa autopista ese día y a esa hora, el peatón no estaría muerto, es suficiente motivo para generar sentimientos irregulares – o una irregularidad de sentimientos incluso aunque nuestras acciones no sean ni culpables ni dolosas.

El punto de partida de la discusión de Hankins es la idea de la “suerte moral”, o sea, que no se puede valorar moralmente un resultado que está fuera del control del agente moral. Parece evidente “que el azar, la suerte o la fortuna no deberían influir la extensión en la que un agente debe considerarse moralmente responsable o no de algo”. El problema es que no podemos dejar de hacer tales valoraciones morales en casos de suerte moral.

En los términos en los que plantea el problema Smith, se trata de que nuestros sentimientos morales se forman demasiado rápido en nuestra mente o tardan demasiado en formarse. Smith dice que podemos emitir un juicio moral juzgando nuestras intenciones, nuestras acciones y los resultados o consecuencias de nuestras acciones. Pero que ni nuestras acciones ni las consecuencias de éstas, por sí solas, son suficientes para que podamos calificar nuestra conducta como moral o inmoral. 

Moralmente enjuiciables son sólo nuestras intenciones (en sentido amplio)


Es evidente que si las consecuencias no llegan a producirse, tenderemos a perdonarnos más fácilmente nuestras malas o negligentes intenciones y, al revés, que si las consecuencias dañinas se producen, tenderemos a valorar más negativamente nuestras intenciones. Si se ha producido la muerte del peatón, en nuestro ejemplo, dirigiremos nuestra mente, inmediatamente, a la conducta del camionero. Pero la regla general, se aplica: la conducta sólo puede calificarse de moral o inmoral por su correspondencia con la intención del agente. Smith no cree, pues, en la suerte moral: el valor moral de nuestras conductas no puede depender de los resultados que provoquemos si éstos no son imputables a nuestras intenciones. Los juristas hablamos, si se obliga a indemnizar a tales agentes, de responsabilidad objetiva. No hay reproche moral al agente pero el bienestar social exige que responda, esto es, que indemnice el daño causado.

Pero que la conducta del camionero se considere impoluta desde el punto de vista moral no evita que el camionero tenga esos sentimientos y que nuestra mente nos lleve a pensar “sobre nosotros mismos en términos que no reflejan nuestro verdadero valor como seres morales”. Pues bien, según Henkins, Smith encontró un sentido positivo a estos “sentimientos irregulares” desde el punto de vista moral. Hankins comienza reproduciendo lo que dice Smith sobre las conductas gravemente negligentes:
“La persona culpable de (negligencia grave) muestra un desprecio insolente por la felicidad y la seguridad de los demás. Su conducta es realmente injusta. Arbitrariamente, expone a su vecino a un mal al que ningún hombre en su sano juicio elegiría exponerse a sí mismo, y, evidentemente, falta al sentido de lo que es debido a sus semejantes, que es la base de la justicia y de la vida social”
Y nos dice que Smith añade que si de la conducta gravemente negligente se sigue un daño, nos sentimos autorizados para tratar al agente como si hubiera querido causar los daños pero no hacemos tal juicio si no se ha seguido ningún daño de esa conducta. Henkins explica:
En otras palabras, nuestro deseo de conducir al actor negligente hacia el sentido más justo de <<lo que es debido a los demás>> se mitiga, en los casos en los que nadie ha sufrido un daño, por nuestra aversión a los sentimientos asociales o malevolentes. Pero nuestra simpatía con las víctimas nos permite superar tal aversión… porque esta simpatía con las víctimas tiende a a superar nuestro juicio respecto de la calificación que merezcan las acciones del agente.
De manera que el hecho de 

que el agente tenga sentimientos de culpa 


cuando se han producido daños como consecuencia de sus acciones a pesar de que su conducta haya sido impecable tiene una gran utilidad social, tanta que Smith lo considera un regalo del creador de la naturaleza humana, porque nos proporciona impulsos útiles y constriñe tendencias menos útiles socialmente.

Primero, porque si no se producen consecuencias, nuestras intenciones y sentimientos no se someten al escrutinio público. Recuérdese que, como hemos dicho en otro lugar, no es posible una sociedad libre si los individuos tuvieran que explicar las razones de su conducta en cada ocasión. De manera que, a falta de efectos sobre los demás, no hay control social sobre los procesos mentales de cada individuo lo que es muy valioso desde el punto de vista de la libertad de conciencia y reduce los efectos perniciosos de la tendencia humana a “pensar mal” y atribuir a la mala intención de algún agente los resultados dañinos que observamos. 

Segundo, “el infierno está empedrado de buenas intenciones”, de manera que estos sentimientos irregulares nos inducen a actuar teniendo en cuenta las consecuencias de nuestras acciones de una forma más vívida y tomar las precauciones adecuadas (medidas de prevención del daño). Y, dice Henkins citando otro paso del libro de Smith, estos sentimientos irregulares conducen a que, cuando se produce el daño a pesar de que la conducta del agente es intachable desde el punto de vista moral (porque no hay negligencia por su parte)
“la propia persona que, por un accidente (fortuito) ha herido a otro involuntariamente parece tener un cierto sentido de su propio desamparo en relación con la víctima. Y, como es natural, se acerca a ésta para expresar su preocupación por lo que ha sucedido y su disposición a hacer todo lo que esté en su mano para remediar el daño. Si es una persona sensible, tendrá deseos de reparar el daño y de hacer todo lo que pueda para apaciguar el resentimiento animal que podría surgir en el seno de la víctima”
Tan es así – no se olvide que Adam Smith era, sobre todo, un jurista, - que asignaremos responsabilidad al que causa un accidente fortuito pero abandona la escena del accidente sin atender a la víctima y le hacemos responsable de todas las consecuencias que podrían haberse evitado si hubiera permanecido junto a la víctima y adoptado las medidas razonables para evitar la producción de éstas. De manera que el sentimiento de pesar o desamparo contribuye a que nos comportemos moralmente una vez que el daño se ha producido. Los sentimientos irregulares que surgen en el causante del daño contribuyen así a que las víctimas de accidentes fortuitos reciban la atención adecuada. Y que el causante del daño pida perdón en estas circunstancias no expresa que ha hecho algo moralmente reprobable, sino “su propio desamparo” ante las consecuencias de su acción.

Previamente, Smith había justificado la bondad de estos sentimientos irregulares para evitar la parálisis total a la que conduciría una excesiva preocupación porque nuestras acciones, incluso las desplegadas con diligencia, causen daño a terceros. A través de estos sentimientos “Se le hace saber que la alabanza de las buenas intenciones sin el mérito de los buenos oficios servirá de poco a la hora de atraer las aclamaciones más sonoras del mundo o incluso el grado más alto de auto-aplauso”. Los riesgos de la vida de los que hablan los penalistas para excluir la responsabilidad. 

En fin, este sentimiento de desamparo reduce la tendencia del resto de los miembros de la sociedad, movidos por su simpatía con las víctimas, a expresar resentimiento o castigar a los que causan daños no culpables. Dice Henkins
“En los casos en los que nuestra aprobación (de la conducta de alguien) incluye otras cosas distintas del estricto juicio moral sobre su mérito – por ejemplo, nuestra simpatía hacia el sufrimiento de las víctimas de un accidente, o la expectativa de que el que lo ha causado sin culpa reconozca esta relación con el accidente de cualquier forma – es perfectamente apropiado que nuestros juicios reflejen las consecuencias no pretendidas de las acciones de un sujeto… (y) que expresemos la sensibilidad adecuada hacia lo que hemos hecho aunque la calidad de nuestra voluntad sea impecable”
De manera que esos sentimientos irregulares del camionero son beneficiosos socialmente aunque no estén justificados desde el punto de vista de la moral. Y son un ejemplo de que los principios morales y los juicios concretos no coinciden en todo caso como cuando enjuiciamos la conducta del camionero. Y Smith añade no sólo que son útiles sino que tales sentimientos serían aprobados por el espectador imparcial .

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porque el espectador imparcial aprueba, en alguna medida, los sentimientos morales, basándose en su utilidad del mismo modo que las acciones que tienen resultados beneficiosos son aprobadas en mayor medida por sus consecuencias: “la utilidad de una acción, a veces, contribuye a nuestro juicio sobre su mérito, independientemente de nuestro juicio acerca de lo correcto de los motivos”. Y eso conduce a consecuencias injustas cuando juzgamos al causante del daño. Pero, en sentido contrario, tendemos a sobrevalorar la moralidad de las conductas que producen efectos beneficiosos (obsérvese la relación de esta discusión con la metáfora de la mano invisible: no es la moralidad de las intenciones de los empresarios lo que nos permite juzgar favorablemente la competencia, sino los resultados – la satisfacción de las necesidades de los consumidores – de ésta). Los sentimientos irregulares – o la irregularidad de los sentimientos – permite al individuo mantener su autoestima (y la estima de otros) moral:
Sin embargo, a pesar de todas estas aparentes irregularidades de los sentimientos, si un ser humano lamentablemente provoca males que no pretendía, o fracasa en el logro del bien que sí pretendía, la naturaleza no ha dejado su inocencia sin consuelo alguno, ni su virtud sin recompensa alguna. El invoca en su ayuda esa máxima justa y equitativa, según la cual los acontecimientos que no dependen de nuestra conducta no deben disminuir la estima que merecemos. Emplaza toda su magnanimidad y fortaleza de espíritu y procura mirarse a sí mismo no a la luz bajo la cual aparece en el presente sino bajo la que debería aparecer, y bajo la que de hecho aparecería si sus generosos designios hubiesen sido coronados por el éxito, y bajo la que, a pesar de haber sido frustrados, seguiría apareciendo si los sentimientos de la humanidad fueran completamente sinceros y ecuánimes, o perfectamente coherentes consigo mismos.
La fracción más sincera y benevolente de la especie humana se adhiere totalmente al esfuerzo que realiza para vindicarse a sus propios ojos. Ejercita toda su liberalidad y grandeza de ánimo para corregir esa irregularidad de la naturaleza humana y tratan de contemplar su desafortunada magnanimidad en la misma perspectiva desde la que habrían estado naturalmente dispuestos a considerarla, sin esfuerzo generoso alguno, si hubiese tenido un buen resultado.

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piacular: “the word ‘piacular’ is derived from the Latin 'piaculum' which referred to both the act of trespass on sacred ground prohibited by religious law in Ancient Rome and the act of expiation required to atone for such trespass”. Este doble significado ha pasado al español en la palabra expiar y expiatorio.

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