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martes, 9 de julio de 2013

Aversión al riesgo, pérdidas catastróficas y probabilidades


La noción básica en el contrato de seguro


es la de riesgo. Es decir, la eventualidad y probabilidad de que se produzca un perjuicio patrimonial. Los economistas distinguen entre riesgo e incertidumbre. Se habla de riesgo cuando el coste de los diferentes y posibles cursos y su probabilidad pueden ser conocidos razonablemente, es decir, podemos saber anticipadamente qué probabilidad hay de que se produzca el siniestro y qué cuantía tendrán los daños. En realidad, el concepto de riesgo en sentido económico es el de variación en los posibles resultados de una situación, es decir, como se señala en el texto, posibilidad de que una situación curse de una forma u otra. En sentido jurídico, sin embargo, el riesgo relevante es el que se produzca un curso de acción que perjudique al sujeto (siniestro).


La incertidumbre, por el contrario, implica que no se conocen las probabilidades de que se produzca uno u otro curso de acción. La “reacción” frente a la incertidumbre y el riesgo son, pues, bien distintas. La incertidumbre se combate aumentando nuestros conocimientos sobre el futuro.

Frente al riesgo, caben tres actitudes

  • actuar como si no existiera el riesgo, lo que es racional cuando la posibilidad de actualización del riesgo es muy pequeña o cuando el siniestro, de producirse, produciría escasos daños. Los galos de la aldea de Asterix y Obelix sólo temían que el cielo cayese sobre sus cabezas. Frente a dicho riesgo, lo racional es actuar como si no existiera tal riesgo;
  • prever el riesgo mediante medidas directas o preventivas, que reduzcan la posibilidad de que se actualice el siniestro (poniendo una alarma antirrobo) o bien mediante
  • medidas indirectas, es decir, acumulando riqueza para reintegrar el patrimonio atendiendo a la necesidad eventual que provoca la actualización del riesgo.


En el plano de las medidas indirectas caben dos posibilidades


La primera es el ahorro que exige reunir una cantidad de dinero igual al de la eventual pérdida por siniestro. Naturalmente, el ahorro provoca la inmovilización de recursos, ya que la persona sujeta al riesgo ha de inmovilizar una cantidad igual al eventual perjuicio que le provoque el siniestro. Por ejemplo, si quiero prever la posibilidad de que me roben un automóvil valorado en 5000 euros, deberé ahorrar tal cantidad. La alternativa es el seguro, que consiste básicamente en preparar (para la eventualidad de que se produzca el siniestro) una cantidad equivalente al valor del bien que se asegura dividido por el riesgo o posibilidad de que se produzca el siniestro. Mediante esta operación se calcula el llamado valor presente del sinestro.

Vpresente = Valor del bien x Probabilidad Riesgo


La cantidad resultante se entrega a un tercero, la compañía de seguros a cambio de que ésta asuma el riesgo correspondiente (transferencia del riesgo), o más exactamente dicho, para alejar de la propia esfera patrimonial los efectos negativos del siniestro. Así, en el ejemplo anterior si la probabilidad de robo del coche es de 1 por cien, el coste del seguro sería de 50 euros. Es un sistema más perfecto y eficiente que el ahorro.

La mayor eficiencia del seguro


podría verse en que el ahorro exige al particular inmovilizar recursos mientras que el seguro lo evita. Pero, desde el punto de vista económico general no es así. Para comprobarlo basta pensar en que el afectado ahorre una cantidad equivalente al riesgo esperado y lo deposite en un banco se produce una inmovilización de recursos, precisamente porque los fondos depositados serán invertidos en forma de créditos por el banco donde esté depositado el dinero. Si la ventaja del seguro no radica en la (no) inmovilización de fondos, debe encontrarse en otro lugar. La mayor eficiencia del seguro se funda en la idea de que mediante el seguro, el asegurado consigue maximizar su utilidad entregando al asegurador una cantidad de dinero cuando ésta tiene para él menor valor y recibiendo del asegurador una cantidad de dinero cuando ésta tiene para él un mayor valor.

Rubin lo explica fantásticamente bien


“Supongamos.. dos posibles estados del mundo: uno en el que el accidente se produce y otro en el que el accidente no se produce (El estado en el que el accidente no se produce es mucho más probable que el estado en el que se produce). Si el consumidor no tiene seguro, la utilidad marginal de la riqueza es mucho más elevada en el estado en el que se produce el accidente (porque la riqueza del consumidor es mucho menor)... consecuentemente, el consumidor querría transferir riqueza desde el estado en el que el accidente no se produce al estado en el que el accidente se produce porque ganaría utilidad mediante dicha transferencia. Desde el momento en que la utilidad marginal es menor en el estado sin accidente, la pérdida de utilidad por la reducción de riqueza en un dólar en el estado sin accidente sería menor que la ganancia en utilidad derivada de incrementar su riqueza en un dólar en el estado en el que se ha producido el accidente…. El consumidor querría continuar tal proceso hasta que la utilidad marginal del dinero sea exactamente la misma en ambos estados del mundo. En ese punto, la utilidad total se maximiza.
El seguro permite al consumidor transferir riqueza desde los estados del mundo en que ésta tiene una utilidad marginal baja a los estados del mundo en los que tiene utilidad marginal alta para, de esta forma, maximizar su utilidad. Tomemos el ejemplo del incendio de una casa. Supongamos que hay una probabilidad de un 1 por ciento en un año de que un incendio destruya una casa de 100.000 dólares de valor. La prima del seguro debería ser de 1000 dólares al año. Si el consumidor contrata un seguro, será 1000 dólares más pobre en el estado del mundo en el que la casa no arde y 100.000 dólares más rico en el estado del mundo en el que la casa arde. El consumidor ha transferido riqueza de un estado del mundo a otro exactamente en la forma que se ha expuesto: ha reducido riqueza en el estado de baja utilidad marginal (el estado sin accidente, donde la riqueza se ha visto reducida en los 1000 dólares de la prima del seguro) y ha aumentado su riqueza en el estado de alta utilidad marginal (el caso de incendio, donde la riqueza efectiva ha aumentado en 100.000 dólares que recibe como indemnización de la compañía de seguro). Ha maximizado su utilidad esperada” (RUBIN, Tort reform by contract, Washington 1993, p 34-35. la formulación es de K. J. ARROW, Essays in the Theory of Risk Bearing, 1974 (non vidi)).


El contrato de seguro -sigamos con el seguro de incendio- consiste, pues, en atribuir al asegurador la “propiedad” o “titularidad” del riesgo


(de que se produzca el incendio) a cambio de una prima. El asegurador adquiere la propiedad del riesgo porque las consecuencias positivas o negativas de la producción del riesgo recaen, una vez asegurado el objeto, sobre su esfera jurídica. Se trata de un derecho subjetivo -de exclusiva- cuyo valor esperado es negativo, de ahí que el asegurador exija el pago de una cantidad de dinero (en lugar del caso normal en el que el que adquiere un derecho paga por él el valor esperado de tal derecho) a cambio de hacerse con tal propiedad. Si la compraventa lo es, normalmente, de un “bien” – y, por eso, el comprador le paga un precio positivo al vendedor-, el seguro es una “compra” de un “mal” y por eso, es el vendedor del “mal” el que paga un precio – la prima – al comprador. Obsérvese que el que adquiere una empresa en pérdidas puede recibir una cantidad de dinero a cambio de hacerse cargo de tal empresa. Se trata, naturalmente, de un derecho de crédito.

Como cualquier otro intercambio voluntario, el contrato de seguro implica que el riesgo vale más (cuesta menos soportarlo) para la compañía de seguros que para el asegurado


La eficiencia del seguro para el asegurado la hemos explicado ya. La razón por la que el riesgo cuesta menos -vale más- para la compañía de seguros es que la compañía de seguros, en la medida en que puede distribuir el riesgo es neutral al riesgo mientras que el asegurado es, en general, averso al riesgo y, por tanto, está dispuesto a pagar por desplazar dicho riesgo una cantidad superior al coste de la prima del seguro.

Por qué los seres humanos somos aversos al riesgo


podría tener que ver con la selección natural: en un entorno muy incierto y donde los seres humanos vivían al límite de la subsistencia, es decir, el riesgo de no llegar al día siguiente está siempre presente, aquellos más aversos al riesgo tenían más posibilidades de sobrevivir que los propensos al riesgo. Como ha explicado Arruñada (la versión en español):
Estos rasgos son coherentes con que, en su medio ancestral, el ser humano vivía al borde de la subsistencia. Tiene sentido que en una situación tan extrema desarrollara una fuerte aversión al riesgo, para evitar pérdidas más que para conseguir ganancias, lo que explicaría la aversión asimétrica a las pérdidas que se observa en los experimentos. Nuestro actual entorno es menos incierto y, por lo tanto, no deberíamos ser tan aversos al riesgo. Sin embargo, la selección natural es demasiado lenta para adaptarnos a este cambio rápido del entorno, de modo que la elevada aversión al riesgo instintiva nos lleva a ser excesivamente prudentes. Estaríamos así programados para considerar ciertos riesgos como peligrosos para nuestra supervivencia y reproducción cuando en realidad ya no lo son.
La institución del seguro permite resolver la falta de adaptación entre nuestros rasgos fijados por la evolución (un mundo en el que ser averso al riesgo mejoraba las posibilidades de supervivencia) y la modificación rápida de nuestro entorno (donde ya no es una ventaja significativa) a la que nuestra constitución genética no puede “seguir”. Por ejemplo, cuando la esperanza de vida era muy baja y el riesgo de morir, omnipresente, los seres humanos no desarrollan una tendencia al ahorro para la vejez, porque tal rasgo no mejora en absoluto las posibilidades de supervivencia. Por eso, puede ser racional que los Estados obliguen a los ciudadanos a ahorrar para la vejez en forma de pensiones de contribución obligatoria. O que la educación vaya dirigida, sobre todo a “reducir la tasa de descuento” de los individuos.

(v.,. el libro de J. Diamond, The World Until Yesterday donde explica la “paranoia constructiva” de los individuos en sociedades tradicionales y la racionalidad de la extrema aversión al riesgo). Y algunos estudios empíricos indican que, efectivamente, los pobres se arriesgan menos que los ricos.

Técnicamente, los individuos son aversos al riesgo por la utilidad marginal decreciente de la riqueza. Si cada euro adicional vale menos que el anterior, se sigue que cada euro anterior al adicional vale más, por lo que preferiremos, ceteris paribus, no perder un euro a ganarlo. Trimarchi sugiere que, junto a este motivo, los seres humanos somos aversos al riesgo, además, porque una pérdida sustancial y abrupta de riqueza provoca “pérdidas añadidas” en forma de costes de desorganización (disruption costs), es decir, los efectos sobre la totalidad del patrimonio de una persona que provoca la destrucción de un bien determinado dentro de ese patrimonio en forma, sobre todo, de desorganización de la planificación de la actividad del sujeto afectado por la pérdida (P. TRIMARCHI, “Transfers, uncertainty and the cost of disruption”, Int. Rev. L & Econ, 23(2003) pp 49-62). La existencia del seguro elimina esas pérdidas añadidas si el sujeto puede disponer inmediatamente de los fondos o del activo que sustituya al perdido. Este argumento se generaliza afirmando que las transferencias involuntarias, incluso aunque el redistribuidor transfiera bienes de quien los valora menos a quien los valora más pueden tener valor negativo lo que debilita aún más la posición de Dworking en su crítica a Posner. Trimarchi utiliza como ejemplos los de la regulación de la fuerza mayor o el caso fortuito, los daños punitivos, los contratos celebrados en estado de necesidad o la indemnización por expropiación. En todos estos casos de transferencias involuntarias, la presencia de costes de desorganización incrementa las pérdidas para la sociedad de tales transferencias.

En esta columna de Buchanan en Bloomberg se añade una explicación de la racionalidad de la aversión al riesgo a partir de un simple cálculo de probabilidades (o sea, que no hay que justificar la aversión al riesgo apelando a la evolución del ser humano para explicar su presunta “irracionalidad”).
 

Comienza Buchanan sugiriendo que nos ofrecen participar en el siguiente juego


has de tirar un dado y si sacas un 6, ganas 10 € pero, si sacas cualquier otro número, pierdes 1 €. Lo racional es aceptar la oferta y tirar los dados. ¿Por qué? Porque si un 6 sale una de cada 6 veces que tiras el dado – si el dado no está “cargado”, la probabilidad de que salga un 6 es de 1/6 – ganarás 10 € x 1/6 y perderás 1€ x 5/6. La diferencia entre 10/6 y 5/6 es 5/6, o sea 83 céntimos de euro. Merece la pena jugar. Imagina que tiras el dado un millón de veces – dice Buchanan – y ganarás 830.000 € tirando el dado.

Cambiamos los términos de las ganancias y de las pérdidas suponiendo que, si sacas un 6 ganarás tu fortuna actual multiplicada por 10 pero si sacas cualquier otro número, perderás toda tu fortuna. El cálculo de probabilidades es el mismo y, por tanto, nuestra decisión debería ser idéntica. Sin embargo, cualquier individuo rechazará participar en un juego tan arriesgado. ¿porque somos aversos al riesgo? No. Porque somos racionales y descontamos fuertemente la posibilidad de pérdidas catastróficas. Si, en la primera de las tiradas, no sacamos un 6, ya no podremos seguir jugando. Los individuos de las sociedades primitivas se comportan de forma casi paranoica en relación con los riesgos medioambientales que podían acabar con su vida (la mordedura de una serpiente o de un insecto que se infecta, el ataque de un león cuando el grupo humano caza un antílope y trata de retirar el cadáver del animal…) porque “no podrían seguir jugando” si el riesgo medioambiental conduce a la muerte y, en un entorno peligroso, la probabilidad de que se produzca el evento letal, aunque pequeña, existe (puede salirnos un número distinto del 6 cada vez que tiramos los dados y tiramos los dados muchas veces si vivimos en medio de una selva de Nueva Guinea). Es racional, en tales circunstancias, adoptar una actitud paranoica o muy aversa al riesgo.

En la literatura científica, estas decisiones se conocen como decisiones “sensibles al riesgo”. Entre “pìllar” tres gusanos al día de forma constante y “pillar” entre 2 y 4 gusanos, los pájaros prefieren la primera opción suponiendo que 3 gusanos al día cubren el mínimo necesario para no morir de inanición. Esta sensibilidad a la variación en la recompensa se explica por la llamada “regla del presupuesto energético” según la cual, si el animal no está en riesgo de inanición, el animal elegirá la primera opción para minimizar las posibilidades de que, en un período de tiempo concreto, pille solo 2 gusanos al día durante varios días seguidos y, por tanto, muera. Sin embargo, si el animal está en peligro de inanición, preferirá la segunda opción porque incrementa las posibilidades de pillar cuatro gusanos y salir de la situación de hambruna,

El seguro resuelve el problema de la mejor manera posible. El dinero de la indemnización – como dice Rubin – vale muchísimo más para nosotros cuando se produce el siniestro que cuando pagamos la prima. El seguro nos permite “seguir jugando” cuando el siniestro se produce y “mejora” la racionalidad de nuestro comportamiento (nos hace menos “paranoicos” que es el extremo opuesto a la provocación dolosa del siniestro – riesgo moral – porque estamos asegurados) ya que no invertiremos excesivamente en tratar de evitar el siniestro. Nos hace indiferentes a que “pillemos” 3 gusanos al día o, aleatoriamente, unos días 2 y otros días 4.

Es oportuno recordar aquí esta cita de S. J. Gould que reprodujimos en otra entrada
La historia de una especie, o cualquier fenómeno natural que requiere continuidad ininterrumpida en un mundo problemático, funciona como una racha de bateo. El jugador tiene unos activos limitados y juega contra el casino que tiene recursos infinitos. El jugador acabará indefectiblemente, en la ruina. Lo único que puede pretender es quedarse el mayor tiempo posible en el campo de juego, pasarlo bien mientras esté en el y, si es un agente moral, caer con honor. 

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Vaya bazofia

JESÚS ALFARO AGUILA-REAL dijo...

coño, anónimo, dí al menos por qué es una bazofia, que me ha costado mucho escribirla

Anónimo dijo...

Excelente explicación del concepto y nacimiento del contrato de seguro...completamente conectado al comportamiento humano, buscando la seguridad por su fragilidad ante los acontecimientos de la naturaleza.

Una manifestación más de la creatividad del hombre ante las necesidades del tráfico mercantil.

Muchas gracias Profesor por amenizar esta soporífera tarde.
AVG.






misvirtudespublicas dijo...

Apreciado profesor,

Admiro y envidio la capacidad de pensamiento abstracto. Intentaré ejercitar este músculo este verano, en una especie de operación bikini.

Me viene a la cabeza la cabeza una pregunta que nace de la siguiente observación: su manera de razonar (cuestiones jurídicas tratadas con herramientas de análisis económico) me recuerda la de Carrasco en tratado sobre contratos, y la veo muy útil para entender el derecho.

Me he encontrado no obstante que la academia es reacia en general a este tipo de análisis.

La cuestión es ¿por qué?

JESÚS ALFARO AGUILA-REAL dijo...

Es un debate muy amplio. algo cuento en este trabajo http://www.raco.cat/index.php/InDret/article/viewFile/78703/102779

abel dijo...

Muchas gracias, lo leeré con gusto

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