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sábado, 15 de octubre de 2016

No es tiempo para fundamentalismos

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Dani Rodrik ha publicado una columna en Project Syndicate en la que trata de tranquilizar a los que ven un riesgo elevado de que el proteccionismo acabe con las enormes ganancias del libre comercio. En su opinión, “algo de marcha atrás en la hiperglobalización” que hemos experimentado a partir de los años ochenta y, sobre todo, en los noventa, no es una mala cosa “siempre que sirva para mantener una economía mundial razonablemente abierta”.

Su conocida tesis (con algunos estudios empíricos a su favor) es que ha de buscarse un equilibrio entre la libertad de comercio mundial y la autonomía de los Estados nacionales para mantener en “vigor” el “contrato social” y la eficacia de sus mecanismos de redistribución, que no siempre tienen lugar a través de transferencias fiscales tales como pagos a desempleados o pensiones no contributivas sino mediante restricciones a la libre actividad económica que sirven para proteger a grupos sociales o a territorios dentro del país frente a la disrupción que causa la entrada irrestricta de capital, de mano de obra o de productos extranjeros que, previamente a la apertura o a la liberalización, tenían carácter local. Esta idea recuerda la de Trimarchi sobre los costes de disrupción y de la eficiencia de sacrificar ganancias de eficiencia para evitar la disrupción de un sistema cuando es previsible que los costes provocados por la disrupción (por ejemplo, la quiebra de una empresa) sean elevados.

Se trata, en definitiva, que no se formen subgrupos amplios dentro del grupo cuyos miembros puedan identificarse entre sí como “los perdedores” y los “dejados a su suerte”. Porque más pronto que tarde esos grupos estarán representados políticamente por los peores especímenes de la vida pública en una Sociedad abierta y pondrán en peligro la democracia liberal, la economía de mercado y el Estado de Derecho.

Narra que, en los ochenta, y ante la enorme competitividad de los automóviles y el acero japonés, también los europeos y norteamericanos impusieron limitaciones a las importaciones japonesas en forma de restricciones “voluntarias” o contingentación y que no faltaron voces advirtiendo del riesgo de una ola de proteccionismo y de restricción al libre comercio. Pero que tales restricciones hicieron bien a la Economía porque, por un lado, preservaron el libre comercio pero, sobre todo, impidieron que se extendiera entre los votantes el populismo – en buena medida fundado en el odio hacia la mundialización de la economía y a la desprotección de determinados grupos sociales de los países desarrollados que el libre comercio irrestricto habría causado.

Y concluye que un crecimiento algo más lento es un precio bajo que pagar a cambio de preservar las democracias liberales frente a la amenaza del populismo. Lo que los políticos deberían formular – dice – es una “visión coherente de cómo” la economía nacional y la economía mundial “pueden prosperar a la vez”. Proponiendo algo así, los políticos tradicionales evitarían el ascenso del populismo y, admitiendo la legitimidad de las medidas nacionales de protección de determinados grupos sociales o territoriales frente a la disrupción económica y social – de sus modos de vida – reducirían el atractivo de los mensajes populistas. De hecho, como dice Savater, éstos son capaces de poner un altavoz a las quejas – fundadas o no – de estos grupos pero son incapaces de formular alternativas a la democracia liberal y a la libertad de comercio.

Propone un criterio para diferenciar las medidas aparentemente proteccionistas que pueden ser consideradas “buenas” o “malas” en esta ponderación entre los beneficios del libre comercio y la protección de los grupos frente a la disrupción de sus estilos de vida y su seguridad económica: “si las políticas se orientan por un deseo de igualdad y de inclusión social” serán aceptables mientras que no lo serán si están movidas por “impulsos racistas o xenófobos” o de preferencia de los nacionales sobre los extranjeros. Si las políticas “refuerzan o debilitan el Estado de Derecho y la deliberación democrática y si intentan salvar una economía mundial abierta, aunque sea con reglas fundamentales diferentes, en lugar de debilitarla”.

Es fácil estar de acuerdo con Rodrik en que el “fundamentalismo” no es, en ningún caso, una buena política en sociedades complejas y que necesitan de consensos robustos entre sus ciudadanos y que la construcción de estos consensos exige, a menudo, sacrificar la eficiencia y el crecimiento económico temporalmente. Pero también es fácil discrepar.

En primer lugar, el contrafáctico está ausente, como sucede muy a menudo en este tipo de argumentos. Las medidas proteccionistas de los años ochenta en Europa dirigidas contra los fabricantes japoneses de automóviles tuvieron un coste económico en términos de crecimiento y un coste político en términos de refuerzo de la capacidad de captura del regulador por parte de los grandes fabricantes europeos – sobre todo alemanes, pero también franceses – que no hemos visto cuantificado. Tampoco sabemos qué coste tuvo en términos de retrasar la integración económica europea ni que efectos tuvo sobre la prevalencia de los coches con motor diesel en Europa que han generado más daños a la salud por la emisión de NO2 que el CO2. Sabemos, sin embargo, que los europeos estuvimos pagando un precio por los automóviles más elevado que el que habríamos pagado si no se hubiera restringido la entrada de automóviles japoneses – y coreanos – no solo a través de esas medidas “voluntarias” sino a través de los sistemas de distribución (concesionarios). ¿Se hubieran cerrado más fábricas de automóviles en Europa? Pero ¿se habrían sustituido por fábricas de automóviles japoneses o coreanos? No lo sabemos. Tampoco sabemos qué beneficios tuvieron estas medidas en términos de reducción del descontento con la liberalización del comercio internacional.

En segundo lugar, la pluralidad y la diversidad de pareceres, estilos de vida, la desigualdad tiene aspectos muy positivos ya que favorece el dinamismo en la sociedad y estamos bastante seguros de que la libertad de comercio genera riqueza y crecimiento económico en conjunto aunque sus beneficios no se distribuyan igualitariamente. Pero es cierto que, como dice Rodrik, los disensos sociales los carga el diablo porque tienden a crecer y a hacerse más profundos como lo demuestran todos los conflictos territoriales y separatistas: si no se resuelve el disenso con algún tipo de pacto social, los extremistas (léase populistas hoy) se hacen con el control de la discusión y se exacerba el conflicto.

Pero la alternativa a lo que propone Rodrik existe: derrotar al grupo social que está detrás de los extremistas. Naturalmente, aunque empleemos el término “derrota” no me estoy refiriendo al uso de la coacción o la violencia sino que, a menudo, esa derrota se produce, simplemente, porque la Economía mejora y el grupo social se diluye en el bienestar que alcanza a toda la Sociedad que, con más medios, puede reforzar o apuntalar los mecanismos redistributivos tradicionales (seguridad social, prestaciones económicas a los más pobres). Pero, para que la Economía mejore, tiene que haber más crecimiento y para que haya más crecimiento, tiene que haber libertad de comercio.

En fin, la derrota de los populistas también puede venir de la deliberación democrática. Denunciando, por ejemplo, que el discurso de la señora May – una de las nuestras – es xenófobo y avergonzando a los líderes que hacen ese tipo de discursos. Y esperando que la poderosísima máquina de crear riqueza que es el capitalismo haga el resto.

1 comentario:

Pablo Muñoz dijo...

Aquí un estudiante de filosofía que cree que el conflicto está en la democracia liberal mientras no sea republicana. Muchas gracias por el impecable razonamiento de Rodrik.

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