lunes, 17 de agosto de 2026

La conjura contra España (CLI): Universidades comunistas y guarderías capitalistas


Un magnífico artículo del Wall Street Journal firmado por Kimberlee Josephson proponía una explicación sugestiva del desplazamiento de una parte de los universitarios estadounidenses hacia posiciones socialistas. La explicación habitual se centra en la desigualdad, la inseguridad económica o el endeudamiento. El artículo sugería fijarse en otra cosa: en la organización de la vida universitaria. Durante cuatro años al ingreso en la edad adulta, el estudiante de una gran universidad norteamericana vive en una institución donde una parte muy importante de los bienes y servicios que consume aparecen desligados de decisiones individuales de gasto. La comida, las instalaciones deportivas, las bibliotecas, el transporte interno, los servicios de apoyo, las actividades culturales, la asistencia sanitaria o psicológica y una gran cantidad de prestaciones adicionales se presentan como gratuitas.

Naturalmente, no lo son. Su coste está incorporado a las matrículas, a las donaciones, a las rentas patrimoniales de la universidad o a las subvenciones públicas. Pero eso no altera la experiencia del estudiante. Para él, buena parte de lo que consume aparece como un conjunto integrado de prestaciones financiadas colectivamente.

Es fácil comprender que alguien que ha vivido durante años en una institución organizada de ese modo considere plausible que otros ámbitos de la vida social puedan funcionar de forma semejante, es decir, que en nuestras sociedades, la provisión de bienes y servicios y la óptima satisfacción de las necesidades pueden organizarse centralizadamente como se intentó, durante setenta años, por el Partido Comunista de la Unión Soviética. 

Pero el artículo da pistas para entender otro fenómeno: el extraordinario crecimiento de los costes universitarios. Cuando los usuarios no pagan separadamente por cada servicio que reciben, desaparece buena parte de la información que transmite el sistema de precios. Y cuando multitud de prestaciones se financian mediante un único pago, se multiplican las posibilidades de subvenciones cruzadas entre unos servicios y otros. El resultado es que los campus ofrecen cada vez más servicios, las plantillas administrativas crecen más deprisa que las académicas y las matrículas aumentan constantemente. La universidad deja de ser una institución dedicada principalmente a enseñar e investigar para convertirse en una organización que produce simultáneamente alojamiento, restauración, ocio, deporte, apoyo psicológico, atención sanitaria, actividades culturales y toda clase de servicios complementarios. O sea, el ámbito de lo que se gestiona por el 'partido' centralizadamente acaba por abarcar la totalidad de la experiencia del estudiante y el campus se convierte en  un kibutz o en una congregación religiosa.

La matrícula universitaria debería cubrir fundamentalmente la enseñanza. Muchos de los demás servicios deberían pagarse separadamente. Y otros ni siquiera deberían ser prestados por la universidad

Esta mañana pensaba en todo esto observando en la playa a un grupo de niños de unos diez años que jugaban a la pelota bajo la supervisión de dos adultos de unos treinta años de edad. Mi impresión fue que aquellos adultos estaban remunerados. Hace cincuenta años habría sido bastante probable que fueran voluntarios de una parroquia, de los scouts o de alguna asociación juvenil. Hoy resulta más probable que sean trabajadores de una empresa o de una cooperativa especializada en ese tipo de actividades.

La paradoja es que parece que en las universidades americanas se han desplazado demasiadas actividades fuera del mercado mientras que los campamentos infantiles se han mercantilizado. Y sin embargo, la vigilancia y organización de actividades infantiles es una de esas tareas en las que los incentivos comunitarios pueden ser especialmente valiosos. Quien actúa como voluntario puede hacerlo porque disfruta trabajando con niños, porque comparte los fines de la organización, porque conoce a las familias o porque considera valiosa la actividad en sí misma. A menudo enseña habilidades al monitor que podrá aprovechar de adulto (dar clases particulares es una actividad que no debería mercantilizarse completamente sino reservarse a adolescentes inquietos). 

La profesionalización modifica esos incentivos. Y no siempre para mejor. Toda actividad profesionalizada exige una remuneración suficiente para permitir a alguien vivir de ella. Pero la disposición de las familias a pagar por este tipo de servicios es limitada. Cuando los salarios resultantes son bajos, quienes disponen de mejores alternativas laborales suelen elegir otras ocupaciones. Por eso no es evidente que un monitor remunerado genere el servicio de 'mayor calidad' en comparación con un monitor voluntario (autoselección o selección adversa).

Este es un problema general de las sociedades ricas: qué actividades confiamos al mercado y cuáles a mecanismos sociales distintos del mercado. La regla por defecto es la superioridad del mercado para prestar servicios o proveer de bienes a la población. Pero los mercados de  servicios son muy difíciles de formar y "sostener". En tiempos de Roma, la inexistencia de mercados de servicios hacía que éstos se obtuvieran a través de relaciones personales. Algunas adoptaban la forma de la amicitia; otras la del patronazgo (relaciones patrón-cliente); otras descansaban directamente sobre la esclavitud. Eran instituciones profundamente desiguales y en ningún caso cubrían las necesidades de toda la población. Nos recuerdan que el mercado no es la única forma de organizar la cooperación entre los individuos. Ni siquiera la más natural. 

En cualquier caso, quizá los problemas se resuelvan solos (es otra gran ventaja de los mercados). La escasez de niños y los beneficios psicológicos que proporciona el trato con ellos pueden hacer que aumente la disposición a dedicar tiempo voluntariamente a actividades infantiles. No sería extraño que algunas tareas que hoy compramos volvieran a organizarse parcialmente mediante asociaciones, grupos vecinales o simples redes de ayuda mutua. Y es posible también que la decadencia de los campus universitarios de cinco estrellas haya comenzado ya. No sé quién decía que cuando contemplamos los grandes palacios del Renacimiento italiano solemos pensar que estamos viendo el culmen de una época de esplendor, cuando en muchos casos estamos contemplando su decadencia y el despilfarro en la asignación de los recursos al que lleva la concentración de riqueza en las élites políticas y financieras. Puede que algo parecido ocurra con las universidades americanas. Quizá esos campus espectaculares, cargados de servicios, instalaciones y personal administrativo, no sean el futuro de la universidad sino el signo de la decadencia de un modelo

PS. No aprendo. La IA te ayuda en la primera iteración. A partir de ahí, no hace sino empeorar las cosas.

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