El otro blog para cosas más serias

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viernes, 20 de septiembre de 2019

Reciclar



Reciclar para eliminar la huella que dejamos de nuestro paso por la tierra se ha convertido en el centro de un conglomerado de creencias que amenaza con acabar con la libertad de los ciudadanos en aras de reducir el calentamiento de la atmósfera como consecuencia - según parece - de que somos muchos y consumimos cada vez más energía. Siempre ha sido así. Desde hace milenios hemos mejorado el bienestar a costa de aumentar el consumo de energía por cabeza.

Lo que tiene de terrorífico este movimiento neoecologista es que los Estados parecen dispuestos a imponernos la "huella cero" o "reciclaje total" utilizando el enorme poder coactivo del que los hemos dotado. En alguna ciudad de Japón parece que ya lo han logrado: reciclan el 100 por cien de los residuos que generan sus habitantes. No sé si en Japón es el legendario conformismo y sentido de la disciplina de sus habitantes (¿se acuerdan de la película de John Waters?) o son normas jurídicas de cumplimiento obligatorio. 

A mi me parece todo un disparate. No porque el objetivo no sea loable. Pero un objetivo loable nunca justificó los medios para conseguirlo. Buena parte de los objetivos de Hitler, Stalin o Mao eran loables y a nadie se le ocurriría legitimar el totalitarismo que significaron sus regímenes políticos. 

El reciclaje obligatorio para los consumidores es un medio totalitario de lograr un objetivo deseable. Si el Estado no prohíbe fumar pero desea lograr el objetivo de acabar con el cáncer de pulmón que fumar provoca, le permitimos prohibir fumar en cualquier lugar público; le permitimos que imponga tributos desaforados sobre los cigarrillos; le permitimos que gaste el dinero de nuestros impuestos en campañas publicitarias para reducir el consumo. Pero, estoy seguro, pondríamos el grito en el cielo si el Estado le quitara la patria potestad a una madre que fumara en la habitación en la que está su hijo pequeño.

La obsesión de los progresistas por el reciclaje como una obligación que el Estado debe imponer a los consumidores marca una tendencia totalitaria "blanda", como todas las que resultan del pensamiento posmoderno que - como se ha dicho con gran lucidez por Razib Khan - pensábamos que sería una moda pasajera y parece que está aquí para quedarse gracias a la izquierda. Imponer el reciclaje es como obligarnos a comprar nuestros muebles en IKEA. ¿Por qué tengo que montarme yo la estantería o la mesa?

Toda la política que pretende obligar a los consumidores a reducir la huella de CO2 desde sus casas y en su conducta cotidiana (no viajes en avión) es más propia de púlpitos eclesiásticos y sectarios que de una Sociedad que trata de resolver los problemas colectivos racionalmente. El Estado permite que se venda agua embotellada en envase de plástico pero, a continuación, pretende que yo dedique más tiempo a reciclar el envase que a beberme su contenido. Pretende que desmonte los aparatos eléctricos cuando ya no me sirven como si mi tiempo fuera ilimitado y gratuito.

Gary Becker comenzaba su curso de doctorado preguntándose por qué seguiría siendo escaso en un mundo en el que no hubiera escasez. Y se contestaba: el tiempo. Porque un mundo que ponga en su centro al ser humano que envejece y muere se convierte en una pesadilla totalitaria si el Estado nos dicta qué debemos hacer con nuestro tiempo. Tiempo es la materia prima básica - que todos tenemos más o menos por igual - de nuestro desarrollo como individuos, dedicándolo a lo que nos plazca. Reciclar, no viajar en avión, tener cinco cubos de basura, devolver los envases de vidrio, no usar materiales desechables... todas esas imposiciones a los ciudadanos implican que el Estado dispone de nuestro tiempo. Y eso es totalitario. 

Y no solo es totalitario. Es ineficiente. Si uno no recicla voluntariamente es porque el coste - en tiempo - de hacerlo supera al beneficio que espera obtener. Si el problema es que cada vez que bebemos agua de un envase de plástico estamos generando un efecto externo (una externalidad), hay mecanismos mucho más eficientes que decir a los consumidores cómo deben usar su tiempo. Las conductas que generan efectos externos se han consumado mucho antes de que el producto llegue al consumidor. Al fin y al cabo, IKEA no ha conseguido hacerse con todo el mercado de muebles. Que reciclen las empresas. Orienténlas vía precios. Generen expectativas de ganancia para el que consiga que aumentemos nuestro consumo de energía - y bienestar - con menos efectos sobre la atmósfera. Pero no me digan en qué debo emplear mi tiempo. Porque la vida es corta y deberíamos dedicar todo el tiempo a disfrutar. 

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