domingo, 8 de noviembre de 2026

Emociones, moralidad y Derecho

 

Foto: Pedro Fraile

Las emociones nos motivan a actuar moralmente; las emociones fueron el parche que inventó la Evolución para reducir nuestro individualismo, en comparación con otros primates. Fueron las emociones las que nos permitieron vivir en grupo y cooperar intensamente con otros, salvándonos así de la extinción como especie; 

v., Jonathan H. Turner The Evolution of Human Emotions, 2014, resumido en Jesús Alfaro, La expulsión del paraíso nos hizo humanos, Derecho Mercantil, 2018. 

Michael Shermer  Edge, 2015, resumido aquí. decía que las emociones son mecanismos para “simplificar el pensamiento”. Pero las emociones se han relacionado, recientemente, con la moralidad

La conciencia de que la indignación moral ante la conducta de alguno de los miembros del grupo es compartida facilita la coordinación entre todos los miembros del grupo. 

Lo hace reduciendo los costes de cada individuo de participar en la imposición de un castigo al miembro que ha infringido las reglas sociales. Sabiendo que todos los demás sienten la misma emoción, pueden estar seguros de que el infractor no tiene posibilidad alguna de rebelarse exitosamente y no soportar el castigo y de que los bienes personales de cada uno de los que imponen el castigo están a salvo. La garantía de éxito del castigo aumenta y con ello, aumenta también su eficacia preventiva frente a todos los futuros infractores. El dilema de cada uno de los que están dispuesto a participar en el castigo colectivo asumiendo algún coste es “quedarse solos” castigando lo que, por un lado, eleva el riesgo de ineficacia del castigo (la fuerza física del que castiga y del castigado es semejante) y, por otro, puede convertir al que castiga en el próximo objeto de la reprobación por parte del grupo (nadie tiene simpatía por los verdugos). Por el contrario, si basta con “seguir la corriente” para producir un castigo eficaz, la tendencia individual será la de sumarse, esto es, coordinarse. 

La conformidad con el grupo – Vicente va donde va la gente – es una motivación muy fuerte para los individuos que “quieren gustar y ser queridos y quieren acertar” en sus juicios y en sus decisiones. Pero la conformidad con el grupo presupone que los individuos “han de ser conscientes de cuál es la opinión mayoritaria en el grupo respecto de una cuestión”. Tal conciencia “es una navaja de doble filo” porque, por un lado, reduce los costes de la coordinación pero, por otro, aumenta los incentivos para comportarse como un gorrón y dejar que sean los demás los que incurran en el coste de castigar al infractor. Aquí es donde entran las emociones morales, o sea la indignación o el pánico moral. Castigar no solo deja de tener costes para el que castiga sino que produce beneficios – bienestar emocional –. 

En particular, si cada miembro de la comunidad se indigna ante una infracción de las normas, en sincronía con los demás, esto es, cuando los demás también se indignan, la decisión de castigar tomada por cada individuo se hace congruente con la de los demás. En consecuencia… la intensidad de las emociones morales aumenta/disminuye a medida que aumenta o disminuye la expectativa de que la condena de una infracción sea compartida socialmente.

V., Konishi, Naoki/ Oe, Tomoko/ Shimizu, Hiroshi/ Tanaka, Kanako/ Ohtsubo, Yohsuke, Perceived Shared Condemnation Intensifies Punitive Moral Emotions, Nature, Scientific Reports, 2017, resumido aquí. V., también Peter DeScioli, The side-taking hypothesis for moral judgment, Current Opinions in Psychology, 2016, 7:23-27: “Los que forman la <<audiencia>> juzgan moralmente las acciones de los que disputan entre sí y toman partido contra aquél cuya conducta consideran más reprobable moralmente”. Y Robert Kurzban, The evolved functions of morality: From the Haidts to the depths, Aporía, 2024. 


Y, lo que se ha dicho de las reglas morales se aplica, según DeScioli (2023), a las reglas jurídicas. 

Los humanos creamos tantas normas jurídicas porque necesitamos poder elegir bando en los conflictos según reglas de conducta para no tener que hacerlo de acuerdo con jerarquías o facciones. La selección natural dotó a la mente humana de la capacidad de hacer normas jurídicas como parte de una estrategia para protegernos en un mundo traicionero de alianzas. Entre los cazadores-recolectores, la moral y el Derecho son una misma cosa. Con la invención de la escritura, los líderes elevaron las normas morales inscribiéndolas en registros públicos como leyes oficiales. Las leyes se proclaman en rituales y ceremonias, se exaltan en la mitología y se hacen cumplir por el poder del gobierno, todo lo cual hace que las normas ratificadas sean más prominentes. La prominencia añade fuerza a una norma porque elegir un bando es un juego de coordinación en el que los jugadores tienen que adivinar lo que decidirán otros jugadores para unirse a la coalición mayor... En caso de duda, la regla más saliente es la más acertada porque es la más visible para los demás en el juego de adivinanzas de la coordinación… 
A estas normas, ampliadas por la escritura, el ritual y el gobierno, las llamamos leyes. Las leyes oficiales sólo incluyen una parte de las normas morales de una comunidad, aquellas que los funcionarios han considerado práctico y conveniente hacer cumplir. Este hecho da la impresión común de que la moral y la ley son diferentes. De hecho, para ser precisos, las leyes escritas son un subconjunto de reglas morales que han sido seleccionadas, refinadas y elevadas para servir a los fines de los legisladores. Sin embargo, la ley y la moral tienen el mismo origen en la mente, porque el juicio moral produce el conjunto de normas de las que se eligen las leyes oficiales. Además, los ciudadanos utilizan su juicio moral para evaluar las leyes oficiales y coordinar los ataques contra el gobierno cuando sus leyes se alejan demasiado del código moral de la comunidad. Así pues, tanto el origen como la estabilidad de las leyes oficiales dependen de las leyes naturales compuestas por nuestro juicio moral, respaldadas por los ataques coordinados que desencadenan. El juego de elegir bando explica por qué las leyes escritas son tan poderosas, de hecho más poderosas que los líderes y funcionarios que las hacen cumplir. Porque una ley destacada puede convocar no sólo a policías y soldados, sino también a inmensos batallones de civiles que eligen bando siguiendo el faro de la ley. El juego de la coordinación explica también por qué las leyes oficiales pueden verse repentinamente invadidas por rebeldes. 
Varios elementos de las leyes pretenden apaciguar a las alianzas rivales de ambos bandos, especialmente a los aliados del infractor. Las leyes exigen culpabilidad, pruebas y verdad para persuadir a los aliados del infractor para que reculen. Las leyes advierten de que todo el mundo planea atacar al infractor, tanto enemigos como amigos, porque su objetivo es unificar a las facciones rivales. Y las leyes establecen castigos proporcionados para que amigos y enemigos se pongan de acuerdo. Por último, el contenido de las leyes sigue a los temas de conflicto. Como ya hemos dicho, los humanos hacen leyes interminables para cubrir conflictos interminables. Los temas de las leyes siguen los temas del conflicto, como la violencia, la propiedad, el sexo, la facción y el poder...  
Puesto que los seres humanos inventan un número ilimitado de leyes, el desacuerdo es constante. Las personas proponen leyes que las benefician a ellas mismas; en ocasiones esas leyes benefician también al conjunto de la comunidad, pero con más frecuencia perjudican al menos a algunos de sus miembros. No debemos dejarnos engañar por aquellas leyes estables y universales cuya unanimidad y permanencia admiramos con razón. Tan universal como ellas es el desacuerdo. 
La imparcialidad entre facciones es esencial. Una sociedad que entrega la imparcialidad a las facciones ha renunciado, en la misma medida, al Derecho y a la moral. Lo que está en juego en estas disputas es si la comunidad será gobernada por el Estado de Derecho o por el dominio de las facciones, en el que la facción más poderosa somete a las rivales bajo la apariencia de leyes. Sin embargo, existe un límite natural que impide que las facciones destruyan por completo la imparcialidad: los propios conflictos violentos que originalmente hicieron necesarias las leyes imparciales. Una facción especialmente agresiva puede derrotar en un primer momento a sus adversarios imparciales, pero su éxito fomenta la aparición de nuevas facciones igualmente agresivas que acabarán enfrentándose entre sí. Cuanta más sangre se derrama entre alianzas hostiles, mayores son las ventajas mutuas que proporcionan las leyes imparciales y más personas se agrupan en torno a ellas. Este límite es análogo al que restringe la agresividad en las especies animales: la selección natural no favorece sistemáticamente a los osos, lobos o babuinos más agresivos porque, cuando la agresividad se generaliza, terminan destruyéndose unos a otros. 
Derecho y facción son, por tanto, enemigos permanentes en las sociedades humanas. En términos generales, las personas apoyarán el imperio de la ley cuando obtengan más beneficios de preservar la paz entre las facciones que perjuicios de abandonar a aliados que han infringido la ley. Por el contrario, abandonarán el imperio de la ley cuando obtengan más ventajas apoyando a su propia facción que pérdidas derivadas del riesgo de ruptura entre facciones.

V.,  La coordinación a través de la publicación de información: Ruanda, Derecho Mercantil, 2022

Muchas de las normas que sostienen las democracias modernas pueden entenderse como estrategias destinadas a neutralizar las tácticas de las facciones. En Federalist No. 10, James Madison sostuvo célebremente que las facciones constituyen una amenaza constante para cualquier democracia, porque una facción que alcanza la mayoría puede aprobar leyes opresivas contra sus adversarios. En sus palabras, «una democracia pura... no puede ofrecer remedio alguno a los males causados por las facciones», y «esas democracias han sido, en general, tan breves en su existencia como violentas en su caída». Madison añadía que las facciones no pueden eliminarse sin destruir la libertad, porque las alianzas están «sembradas en la naturaleza» humana. Por ello, Madison y sus contemporáneos defendían leyes destinadas a impedir que una facción dominara a las demás y a hacer posible que se controlaran mutuamente. Así, la representación política y una amplia unión de Estados dificultarían que una facción agresiva lograra controlar una mayoría. De este modo, esperaba Madison, «los dirigentes facciosos podrán encender una llama en sus respectivos Estados, pero serán incapaces de provocar un incendio general en los demás Estados». 

Una comunidad puede resolver estos desacuerdos si dispone de reglas que determinen quién puede adoptar determinadas decisiones y cuál es el procedimiento para llegar a ellas. Son las reglas del poder. En términos generales, en las sociedades humanas aparecen cuatro reglas elementales de decisión colectiva: autoridad, mayoría, consenso y azar. Bajo la regla de autoridad, la decisión corresponde unilateralmente a quien ocupa la posición más alta de la jerarquía. La autoridad también puede depender de la competencia técnica o del papel desempeñado por una persona y no sólo de su rango general. Bajo la regla de la mayoría, varias personas eligen entre distintas opciones y prevalece aquella que obtiene más apoyos. Bajo la regla del consenso, varias personas participan en la decisión y sólo se alcanza una resolución cuando existe unanimidad. Finalmente, bajo la regla del azar, la decisión se toma mediante un procedimiento aleatorio e imparcial.

DeScioli, Peter. (2023). On the origin of laws by natural selection. Evolution and Human Behavior. 

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