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sábado, 15 de febrero de 2014

La crisis bancaria española en seiscientas palabras

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El sistema de supervisión bancaria funciona bien cuando los bancos juegan su juego tradicional: financiar créditos con los depósitos de sus clientes. Las cajas estaban muy bien posicionadas para jugar en ese juego. Tenían depósitos abundantes que cubrían sobradamente los créditos que daban. Tanto les sobraba que podían colocar esos depósitos rentablemente en el mercado interbancario (prestarle los depósitos a los bancos, que no tenían tantos depósitos) y al Estado (compra de deuda pública). El Estado, a cambio, garantizaba a los depositantes de las Cajas que nunca perderían su dinero. Como el Estado tenía su propia moneda, esa promesa era muy creíble. Desde el franquismo, el Estado no ha dejado nunca de pagar su deuda pública porque, simplemente, no se endeudaba excesivamente ya que los acreedores le exigían un elevado tipo de interés porque pagaba en moneda devaluada. De manera que las Cajas podían pagar poco, a su vez, a los depositantes por el dinero de sus cartillas. El papel de las Cajas era muy simple y requería de poco talento (en calidad y cantidad) para hacerlo sin riesgo. Sus costes eran, pues, bajos. Recuérdese, por ejemplo, que la Caja de Ahorros de Madrid sólo abría su oficina una mañana a la semana, tenía unos pocos empleados y sus administradores eran filántropos o jerarcas de la Iglesia allá por mediados del siglo XIX cuando empezó sus actividades; que se limitaba a colocar los ahorros que los pobres depositaban en sus libretas en préstamos del Monte de Piedad lo que condujo a la unificación de ambas instituciones. No es fácil imaginar un trabajo más simple.

La liberalización supuso un cambio en las reglas del juego para instituciones – las cajas – que no sabían jugarlo: financiar los préstamos recurriendo a los mercados de capitales, es decir, con cargo, no a depósitos, sino a préstamos que las cajas solicitaban en los mercados “mayoristas”. El nuevo juego es mucho más arriesgado porque exige ser muy bueno en calibrar si, al prestar (al particular que quiere comprarse una casa o un coche o a la empresa que quiere vender a plazos sus productos o comprar maquinaria), obtendré beneficios suficientes como para devolver lo que pedí prestado (en forma de una emisión de deuda suscrita por bancos de otros países o inversores dispersos que compran esos bonos cuando se emiten). Si las cajas estaban gestionadas por personas deshonestas y que no sabían jugar al nuevo juego y no conseguían obtener fondos en su caladero tradicional (la competencia por los depósitos se hizo tan intensa que las cajas no conseguían financiar sus préstamos con depósitos) y querían ser grandes (a base, no de aumentar sus depósitos, sino de dar más créditos a clientes que conocían peor porque lo segundo es más fácil que lo primero), sólo una supervisión férrea que obligara a las cajas a seguir jugando su juego tradicional o una demanda muy débil de créditos podía haber salvado el sistema. Pero los que tomaban las decisiones hicieron lo contrario: ataron las manos al supervisor, equiparando las cajas a los bancos (financiación en mercados mayoristas, expansión geográfica, expansión de los volúmenes de crédito que se les permitía conceder) y espolearon la demanda (eliminación de límites a los préstamos hipotecarios, generación de suelo edificable) porque les permitía incrementar la recaudación vía impuestos, participar en el negocio (corrupción) y ganar votos (crecimiento del empleo en la construcción).
Cuando las cajas dejaron de poder financiarse en los mercados de capitales (los que les proporcionaban los fondos dejan de fiarse, o sea los demás bancos – mercado interbancario – en el corto plazo y los compradores de bonos en el largo plazo), recurrieron a sus depositantes a los que convirtieron en financiadores de la caja (preferentes, deuda subordinada) “de tapadillo”, ocultándoles que habían dejado de ser acreedores privilegiados – depositantes – para pasar a ser acreedores subordinados.



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