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lunes, 23 de febrero de 2026

"El Dispositivo" por Alison Gopnik: Contra Jonathan Haidt y los tecno-pesimistas



Le regalaron el Dispositivo cuando solo contaba dos años de edad. Tenía una sofisticada interfaz gráfica que, a través de su nervio óptico, enviaba señales que transportaban velozmente su cerebro a un universo alternativo, a otro mundo fascinante. Para cuando tenía siete años, lo introducía a escondidas en el colegio y lo manejaba bajo el pupitre en lugar de escuchar a los profesores. A los quince años las imágenes del Dispositivo —una chica entrando en un salón de baile, un hombre agonizando en un campo de batalla— parecían más reales que su vida real de adolescente. Se sentaba inmóvil con él durante infinidad de horas, ajena a todo lo que la rodeaba. Su adicción era tal que a menudo pasaba gran parte de la noche despierta, incapaz de dejarlo. Cuando se hizo mayor, el Dispositivo dominaba su casa; no había ni una sola habitación libre de él. Ninguna actividad, ni siquiera comer o ir al baño, se realizaba sin su asistencia. Incluso cuando hacía el amor, eran imágenes del Dispositivo las que inundaban su mente. Cuando uno de sus hijos tuvo que ingresar en el hospital con una contusión, su primer pensamiento fue asegurarse de que no se dejaba el Dispositivo. Y lo más triste de todo, en cuanto sus hijos fueron lo suficientemente mayores, hizo todo lo que pudo para que ellos también se engancharan a él. Los psicólogos expresaron que literalmente no podía desconectarse de él: en cuanto el Dispositivo alcanzaba su nervio óptico, automática e inevitablemente caía en sus garras. Los neurocientíficos demostraron que grandes porciones de su cerebro, partes que en el pasado se habían dedicado a comprender el mundo real, habían sido absorbidas por el Dispositivo. 

¿Una ficción del distópico futuro tecnológico? No, solo autobiografía. El Dispositivo es, claro está, el libro, del que he sido víctima de buen grado toda mi vida. La parábola del Dispositivo aborda una de las preocupaciones más corrientes de los padres de hoy. ¿Qué impacto tendrán las nuevas tecnologías informáticas y de internet —iPhones y Google Glass, Twitter y mensajes de texto, Facebook e Instagram— en la mente de nuestros hijos? ¿Y qué deberían hacer los padres al respecto? Ha surgido una pequeña industria que asegura ofrecer respuestas a esta cuestión, respuestas que van de lo apocalíptico a lo utópico. La versión apocalíptica lleva inevitablemente la delantera (las malas noticias son siempre las que más llaman la atención). La verdadera respuesta científica es, claro está, que sencillamente no lo sabemos, y no lo sabremos ni podemos saberlo hasta dentro de, al menos, otra generación. 

Pero hay una cuestión más profunda que subyace a esta. ¿Cuál es la relación entre los niños y la tecnología en general, no solo la relación entre nuestros hijos y tecnologías particulares? Hay una larga tradición que se remonta hasta el Romanticismo que concibe a los niños como criaturas cercanas a un estado natural, a una inocencia original. Esto contrasta con la búsqueda de los adultos de lo artificial y construido, en la forma de nueva tecnología y herramientas. 

Pero las... dos explicaciones más comunes de la evolución de la cognición humana son que mejoramos mucho en la manipulación de las herramientas físicas y que mejoramos mucho en la manipulación de nuestros congéneres. Ambas capacidades suponen un tipo de tecnología, ya sea física o social. Nuestro gran cerebro y nuestra larga infancia, y las habilidades distintivas de aprendizaje que los acompañan, están hechos para contribuir a la invención y el dominio de ambos tipos de tecnología. Los seres humanos están concebidos no solo para inventar nuevas tecnologías, sino para transmitirlas de generación en generación. Más que ningún otro animal, los seres humanos modificamos constantemente nuestro entorn.º Y la experiencia, sobre todo la experiencia temprana, reconfigura y rehace las conexiones de nuestro cerebro. Cada nueva generación de niños crece en el entorno nuevo que han creado sus padres. Cada generación de cerebros tiene diferentes experiencias tempranas y las conexiones se establecen de manera única, lo que permite que esos nuevos cerebros reorganicen el entorno una vez más. Nuestras mentes pueden cambiar radicalmente en unas pocas generaciones. El resultado es lo que los psicólogos llaman el «efecto trinquete» del aprendizaje[228]. La infancia contribuye a dos habilidades complementarias, distintivamente humanas. Aprendemos de la generación anterior. A través de la observación, la imitación y el testimonio los niños pueden adquirir y recrear rápidamente las destrezas y tecnologías de aquellos que nos precedieron. Imitar las tecnologías es mucho más rápido y fácil que inventarlas. Pero si nos limitáramos a imitar exactamente a nuestros mayores, no habría progreso en absoluto. Así que cada generación contribuye también al conocimiento y maestría de las anteriores. El efecto trinquete se da porque podemos dar por sentados los descubrimientos de las generaciones anteriores al tiempo que perseguimos los nuestros. El efecto trinquete refleja también el hecho de que no aprendemos igual de niños que de adultos. Para los adultos, aprender una nueva destreza es penoso y lento, y exige una atención focalizada. Los niños, como hemos visto, aprenden inconscientemente y sin esfuerzo. Por eso, cada nueva generación adquiere rápidamente todas las innovaciones acumuladas del pasado, a menudo incluso sin darse cuenta; la historia del Dispositivo es llamativa para mi generación porque nacimos con la letra impresa. Esta nueva generación, a su vez, alterará conscientemente esas prácticas e inventará otras nuevas. Pueden dar todo el pasado por sentado al tiempo que avanzan hacia el futuro. Estos cambios generacionales son el motor de la innovación cultural, y son especialmente importantes para el cambio tecnológico. Pero los cambios generacionales trascienden la tecnología. Se dan también cambios del todo arbitrarios, como los cambios históricos que se producen en la lengua, el baile o el vestido desde la época isabelina hasta la lengua y la cultura de nuestro tiempo. Incluso en el periodo neolítico, la decoración de la cerámica cambió de generación en generación. El cambio generacional puede suceder a diferente velocidad en diferentes tiempos y lugares. Seguramente parece muy rápido ahora, pero es un rasgo universal y generalizado del desarrollo human.º El hecho de que los niños aprendan tan rápida e inconscientemente, y adquieran la información cultural con tanta eficacia, posibilita en sí mismo que las innovaciones pasen a la siguiente generación. Pero hay indicios que sugieren también que los niños, y en particular los adolescentes, con frecuencia están a la vanguardia del cambio tecnológico y cultural

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