"El Dispositivo" por Alison Gopnik: Contra Jonathan Haidt y los tecno-pesimistas

Le regalaron el Dispositivo cuando solo contaba dos años de edad. Tenía una
sofisticada interfaz gráfica que, a través de su nervio óptico, enviaba señales que
transportaban velozmente su cerebro a un universo alternativo, a otro mundo
fascinante. Para cuando tenía siete años, lo introducía a escondidas en el colegio
y lo manejaba bajo el pupitre en lugar de escuchar a los profesores. A los quince
años las imágenes del Dispositivo —una chica entrando en un salón de baile, un
hombre agonizando en un campo de batalla— parecían más reales que su vida
real de adolescente. Se sentaba inmóvil con él durante infinidad de horas, ajena a
todo lo que la rodeaba. Su adicción era tal que a menudo pasaba gran parte de la
noche despierta, incapaz de dejarlo.
Cuando se hizo mayor, el Dispositivo dominaba su casa; no había ni una sola
habitación libre de él. Ninguna actividad, ni siquiera comer o ir al baño, se
realizaba sin su asistencia. Incluso cuando hacía el amor, eran imágenes del
Dispositivo las que inundaban su mente. Cuando uno de sus hijos tuvo que
ingresar en el hospital con una contusión, su primer pensamiento fue asegurarse
de que no se dejaba el Dispositivo. Y lo más triste de todo, en cuanto sus hijos
fueron lo suficientemente mayores, hizo todo lo que pudo para que ellos también
se engancharan a él.
Los psicólogos expresaron que literalmente no podía desconectarse de él: en
cuanto el Dispositivo alcanzaba su nervio óptico, automática e inevitablemente
caía en sus garras. Los neurocientíficos demostraron que grandes porciones de su
cerebro, partes que en el pasado se habían dedicado a comprender el mundo real,
habían sido absorbidas por el Dispositivo.
¿Una ficción del distópico futuro tecnológico? No, solo autobiografía. El
Dispositivo es, claro está, el libro, del que he sido víctima de buen grado toda mi
vida.
La parábola del Dispositivo aborda una de las preocupaciones más corrientes
de los padres de hoy. ¿Qué impacto tendrán las nuevas tecnologías informáticas
y de internet —iPhones y Google Glass, Twitter y mensajes de texto, Facebook e
Instagram— en la mente de nuestros hijos? ¿Y qué deberían hacer los padres al
respecto?
Ha surgido una pequeña industria que asegura ofrecer respuestas a esta
cuestión, respuestas que van de lo apocalíptico a lo utópico. La versión
apocalíptica lleva inevitablemente la delantera (las malas noticias son siempre
las que más llaman la atención). La verdadera respuesta científica es, claro está,
que sencillamente no lo sabemos, y no lo sabremos ni podemos saberlo hasta
dentro de, al menos, otra generación.
Pero hay una cuestión más profunda que subyace a esta. ¿Cuál es la relación
entre los niños y la tecnología en general, no solo la relación entre nuestros hijos
y tecnologías particulares?
Hay una larga tradición que se remonta hasta el Romanticismo que concibe a
los niños como criaturas cercanas a un estado natural, a una inocencia original.
Esto contrasta con la búsqueda de los adultos de lo artificial y construido, en la
forma de nueva tecnología y herramientas.
Pero las... dos explicaciones más comunes de la evolución de la cognición humana
son que mejoramos mucho en la manipulación de las herramientas físicas y que
mejoramos mucho en la manipulación de nuestros congéneres. Ambas
capacidades suponen un tipo de tecnología, ya sea física o social. Nuestro gran
cerebro y nuestra larga infancia, y las habilidades distintivas de aprendizaje que
los acompañan, están hechos para contribuir a la invención y el dominio de
ambos tipos de tecnología.
Los seres humanos están concebidos no solo para inventar nuevas tecnologías,
sino para transmitirlas de generación en generación. Más que ningún otro
animal, los seres humanos modificamos constantemente nuestro entorn.º Y la
experiencia, sobre todo la experiencia temprana, reconfigura y rehace las
conexiones de nuestro cerebro. Cada nueva generación de niños crece en el
entorno nuevo que han creado sus padres. Cada generación de cerebros tiene
diferentes experiencias tempranas y las conexiones se establecen de manera
única, lo que permite que esos nuevos cerebros reorganicen el entorno una vez
más. Nuestras mentes pueden cambiar radicalmente en unas pocas generaciones.
El resultado es lo que los psicólogos llaman el «efecto trinquete» del
aprendizaje[228]. La infancia contribuye a dos habilidades complementarias,
distintivamente humanas. Aprendemos de la generación anterior. A través de la
observación, la imitación y el testimonio los niños pueden adquirir y recrear
rápidamente las destrezas y tecnologías de aquellos que nos precedieron. Imitar
las tecnologías es mucho más rápido y fácil que inventarlas.
Pero si nos limitáramos a imitar exactamente a nuestros mayores, no habría
progreso en absoluto. Así que cada generación contribuye también al
conocimiento y maestría de las anteriores. El efecto trinquete se da porque
podemos dar por sentados los descubrimientos de las generaciones anteriores al
tiempo que perseguimos los nuestros.
El efecto trinquete refleja también el hecho de que no aprendemos igual de
niños que de adultos. Para los adultos, aprender una nueva destreza es penoso y
lento, y exige una atención focalizada. Los niños, como hemos visto, aprenden
inconscientemente y sin esfuerzo. Por eso, cada nueva generación adquiere
rápidamente todas las innovaciones acumuladas del pasado, a menudo incluso
sin darse cuenta; la historia del Dispositivo es llamativa para mi generación
porque nacimos con la letra impresa. Esta nueva generación, a su vez, alterará
conscientemente esas prácticas e inventará otras nuevas. Pueden dar todo el
pasado por sentado al tiempo que avanzan hacia el futuro.
Estos cambios generacionales son el motor de la innovación cultural, y son
especialmente importantes para el cambio tecnológico. Pero los cambios
generacionales trascienden la tecnología. Se dan también cambios del todo
arbitrarios, como los cambios históricos que se producen en la lengua, el baile o
el vestido desde la época isabelina hasta la lengua y la cultura de nuestro tiempo.
Incluso en el periodo neolítico, la decoración de la cerámica cambió de
generación en generación. El cambio generacional puede suceder a diferente
velocidad en diferentes tiempos y lugares. Seguramente parece muy rápido
ahora, pero es un rasgo universal y generalizado del desarrollo human.º
El hecho de que los niños aprendan tan rápida e inconscientemente, y
adquieran la información cultural con tanta eficacia, posibilita en sí mismo que
las innovaciones pasen a la siguiente generación. Pero hay indicios que sugieren
también que los niños, y en particular los adolescentes, con frecuencia están a la
vanguardia del cambio tecnológico y cultural
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