Lo más interesante: ¿y si ponemos a competir a los Estados europeos por atraer capital con regulaciones más laxas y menos burocracia? Para eso, hace falta "menos Europa", no más Europa.
El texto sostiene que Europa se encuentra en una fase de estancamiento estructural, caracterizada por sobre‑regulación, alta carga burocrática, pérdida de competitividad industrial y creciente dependencia de terceros países, en especial China. El argumento central es que la UE produce investigación de primer nivel, pero no consigue convertirla en innovación comercial, debido a un marco institucional desincentivador en materia de inversión, emprendimiento y escalabilidad empresarial.
El artículo subraya que esta situación se ha hecho visible tras varios choques de oferta y tensiones geopolíticas recientes. El 90 % de los líderes globales de cadenas de suministro declaró haber sufrido problemas operativos en 2024 (Alicke et al., 2024). El bloqueo del Mar Rojo mostró la fragilidad logística, al afectar una ruta que canaliza el 15 % del comercio mundial. Además, en 2024 el 37 % de las empresas europeas señaló dificultades para acceder a materias primas y el 34 % problemas persistentes en logística (EIB, 2024).
La UE presenta una brecha creciente de productividad, con un crecimiento anual medio desde 2015 de solo 0,7 %, cifra insuficiente para sostener el bienestar en un contexto de envejecimiento (Draghi, 2024). En innovación, solo 5 % del capital riesgo global llega a la UE, frente al 52 % que capta EE. UU. Las empresas innovadoras europeas tienden a deslocalizarse hacia entornos menos regulados y con más acceso a capital. Además, solo un tercio de las patentes europeas llega a comercializarse, lo que evidencia una ruptura entre investigación y mercado.
La UE pierde atractivo financiero: cada año más de 300.000 millones de euros de ahorro privado europeo se canalizan hacia mercados no comunitarios, debido a la baja confianza en la estabilidad jurídica, el exceso de regulación y la fragmentación financiera. Aunque el informe Draghi estima en 800.000 millones anuales las inversiones necesarias hasta 2030, el texto sostiene que el problema no es la falta de capital, sino la ausencia de condiciones favorables para atraerlo y retenerlo.
En la comparación internacional, el documento destaca la divergencia entre modelos. EE. UU. combina desregulación y dinamismo privado, mientras China articula su política industrial mediante una estrategia estatal de gran escala. China ha incrementado su gasto en I+D hasta el 2,4 % del PIB en 2021, superando la media europea (2,3 %). Sus solicitudes de patente pasaron de 100.000 en 2003 a 1,7 millones en 2023, frente a las 800.000 combinadas de EE. UU. y la UE. El país domina segmentos clave como las baterías LFP (98 % de la producción mundial), el refinado de metales esenciales para baterías (hasta el 74 %), y ha reducido los costes laborales, con un salario medio mensual de 800 USD, frente a 3.100 USD en la UE y 4.800 USD en EE. UU.
La dependencia europea respecto de China se concentra en los llamados “New Three”: paneles solares, vehículos eléctricos y baterías. En 2023, la UE importó de China el 90 % de sus módulos solares; 40 % del polisilicio procede de Xinjiang; y el 49 % del mercado europeo de vehículos eléctricos se abasteció de vehículos chinos por un valor de 11.000 millones de euros. Entre 2020 y 2023, las importaciones de EV chinos crecieron un 1600 %. La UE mantiene un déficit comercial récord con China de 400.000 millones de euros (2022). En productos estratégicos, China es ya la fuente de aproximadamente un tercio de las dependencias críticas europeas.
La concentración de IED china en sectores estratégicos añade riesgo: en 2023, 78 % de la IED china en Europa se dirigió a sectores como baterías, puertos y EV; Hungría recibió el 44 %, incluyendo la planta de baterías de CATL por 7.300 millones. Empresas chinas tienen participaciones en al menos 12 puertos europeos, incluyendo Pireo, Valencia y Zeebrugge.
Otros sectores reflejan problemas similares:
• Telecomunicaciones: Huawei y ZTE controlan 59 % del mercado de 5G en Europa, pese a advertencias de seguridad.
• Energía: China suministra gran parte de los componentes inteligentes de la red eléctrica, con riesgos asociados a ciberseguridad y a la capacidad de transmisión de datos en tiempo real.
• Paneles solares: China suministra 96 % de los paneles importados por Europa; su coste medio (0,15 USD/W) es la mitad del europeo.
• Juguetes: China representa 83 % de las importaciones; controles al consumidor muestran tasas de incumplimiento de hasta 95 % en plataformas como Temu.
• Moda ultrarrápida: en 2023 la UE importó 23.000 millones de euros en textil chino; Francia impone un impuesto ecológico de 5 euros por prenda.
• Cigarrillos electrónicos: China suministra el 59 % de las importaciones legales, pero el mercado está distorsionado por un volumen masivo de importaciones ilícitas; en Reino Unido, las incautaciones multiplican por diez las ventas legales.
La autora sostiene que esta situación crea un terreno de juego desigual: las empresas chinas operan con subsidios, apoyo estatal y un acceso privilegiado al crédito, mientras las europeas deben cumplir estándares más estrictos en transparencia, fiscalidad y regulación. La consecuencia es un retroceso industrial visible en sectores con fuerte competencia china, incluidos química, automoción y electrónica, con ajustes de producción y retrasos en inversiones.
Kaul recuerda que en computación cuántica, cinco de los diez mayores inversores son estadounidenses y cuatro chinos; ninguno europeo. En talento, la UE produce un 20% menos de graduados STEM per cápita que EE. UU. y un 45% menos que Corea del Sur; el 80% de las pymes declara dificultades para contratar personal con las competencias necesarias. Y propone el marco R.A.I.S.E.: reskilling y prolongación de la vida laboral; reasignación de recursos hacia sectores donde la UE ya tiene ventaja (renovables, almacenamiento de gas y líquidos, intercambiadores de calor, procesamiento de plásticos, equipos de elevación, aviación y espacio, motores, materiales multilayer, 3D printing, etc., donde la cuota europea de patentes 2015–2024 oscila entre el 25,3% y el 15,2% según área); impulso de la comercialización científica mediante TTOs que ya gestionan más de 35 000 patentes y 4 000 start‑ups; regulación basada en el riesgo con más sandboxes; ampliación de infraestructuras digitales; e iniciativas industriales coordinadas, incluyendo una red europea permanente de expertos industriales para anticipar vulnerabilidades y orientar asignaciones estratégicas.
Entre las recomendaciones, Koln aboga por reformas estructurales en la UE: reducción de la burocracia, simplificación de normas, aceleración de permisos (hoy, los proyectos estratégicos pueden tardar 5 a 8 años en aprobarse), defensa del mercado interno frente a prácticas desleales, y limitación de la centralización regulatoria. Propone una política más firme respecto de China —incluyendo aranceles específicos y medidas de cumplimiento— y una política industrial “negativa”: menos cargas, menos costes y más libertad para innovar. En materia de capital humano, critica la inmigración no cualificada y aboga por priorizar la movilidad interna de trabajadores europeos y programas de recualificación.
La conclusión subraya que la competitividad europea se erosiona no por falta de talento, sino por un marco institucional que “penaliza la iniciativa y retrasa el progreso”. La autora defiende un giro estratégico hacia menos regulación, más flexibilidad y una protección más estricta de la soberanía industrial y tecnológica europea, frente a un contexto global donde EE. UU. y China avanzan con modelos más eficaces desde la perspectiva de la innovación y el desarrollo industrial.

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