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miércoles, 9 de enero de 2013

Sin la libertad para criticar, ningún elogio resulta halagador

Sans la liberté de blâmer, il n'est point d'éloge flatteur

El lema de Le Figaro procede, como es sabido, de Las bodas de Fígaro de Beaumarchais. Y es una de esas frases que uno se aprende de memoria mucho antes de comprender cabalmente su significado. Supongo que una búsqueda en Internet proporcionaría un buen montón de glosas de esta cita. Si a mi me gusta especialmente es porque resulta del todo aplicable al mundo académico.

Naturalmente no me refiero a que la libertad de crítica esté en peligro en este ámbito. Me refiero a la “autorrepresión”. Los comentarios críticos de los trabajos de los colegas brillan por su ausencia. Probablemente, bajo la justificación que proporciona otro famoso refrán (“No hay mayor desprecio que no hacer aprecio”). Pero esta justificación tiene, al menos, dos costes externos.

El primero es que si las críticas no se van a expresar, no se formulan en primer lugar, de manera que el nivel de análisis crítico de las obras ajenas disminuye. Tendemos a ser benevolentes y no nos esforzamos por encontrar los puntos débiles o los errores en el trabajo académico que repasamos. Cada nuevo trabajo es una recopilación de los trabajos previos y el pensamiento solo se afila en la discusión. Este es un coste enorme en el largo plazo para la calidad de la doctrina académica.

El segundo es que los buenos trabajos pasan más desapercibidos de lo que merecen. La “audiencia” descuenta que todo el mundo hace la pelota a todo el mundo y, por tanto, desconfía de los elogios en general atribuyendo, en el peor de los casos, segundas intenciones o motivos ilegítimos al que los realiza.

2 comentarios:

G. Doménech dijo...

Coincido plenamente. Éste es, en mi opinión, uno de los aspectos más lamentables y deprimentes de la "ciencia jurídica española", por más que a veces permita contemplar cosas tan surrealistas que hasta resultan divertidas.
Me gustaría saber exactamente cuáles son las causas y, sobre todo, los remedios. Creo que al menos las siguientes circunstancias han podido contribuir al estado de cosas por todos conocido:
1ª. Nuestro profesorado universitario se selecciona y promociona mediante cooptación. Los jóvenes becarios aprenden desde muy pronto que no conviene criticar abiertamente a nadie del gremio, ni siquiera a los miembros de otras facciones, porque siempre se los puede uno encontrar en el Tribunal de su oposición (ayer), en la ANECA (hoy), en la CNEAI y en otros muchos lugares análogos.
2ª. Los incentivos que las Universidades españolas tienen para incorporar a los mejores profesores son muy débiles. El haberse distinguido por criticar las teorías de otros podrá constituir un mérito científico, pero de hecho no se tiene en cuenta por aquéllas a la hora de seleccionar a su profesorado. Lo que por encima de todo interesa a las autoridades universitarias no es atraer a los mejores científicos y zafarse de los peores, sino tener contentos y promocionar a “los de casa”, sean éstos buenos o malos.
3ª. En un sistema fuertemente jerarquizado y endogámico como el español, la gente crítica y díscola incordia, es peligrosa. Los caciques locales prefieren tener a su lado a gente obediente.
4ª. Muchos de los miembros de la casta dirigente que ha dominado nuestras comunidades de juristas universitarios no se han dedicado a tiempo completo a la Universidad, sino que han utilizado la misma como trampolín para el ejercicio de otras actividades profesionales. A mí me da la impresión de que estos profesores, en líneas generales, toleran peor la crítica que los que se han dedicado en exclusiva o predominantemente a la investigación y la docencia. De hecho, mi experiencia es que en las áreas de conocimiento donde hay un porcentaje mayor de profesores de este último tipo (v. gr., Filosofía del Derecho) se “atizan” mucho más entre ellos que en aquellas donde hay más del primero (v. gr., Derecho mercantil, financiero o administrativo). Y dicha castas, por motivos obvios, no se han significado precisamente por su actitud indómita, revoltosa, crítica, revolucionaria, innovadora, etc., sino más bien por todo lo contrario, por su conservadurismo científico, por su defensa del establishment del que se alimentan.
5ª. La excesiva fragmentación de las áreas “oficiales” de conocimiento jurídico (catorce, nada menos) ha facilitado el control del acceso a los cuerpos docentes por parte de aquellas castas dirigentes, lo que acentúa la jerarquización, la endogamia y el caciquismo existente en las comunidades resultantes.
6ª. El provincianismo de la ciencia jurídica española y la falta de criterios objetivos precisos (comúnmente aceptados por sus practicantes) con arreglo a los cuales medir la calidad científica de la investigación en Derecho agrava todavía más los referidos problemas.
Por lo que hace a los posibles remedios, soy muy escéptico, la verdad. Supongo que si van desapareciendo algunas de las circunstancias expuestas, la cosa mejorará. Quién sabe. De todos modos, creo que se podrían cambiar (o por lo menos denunciar) ciertas prácticas especialmente execrables. Lo de las recensiones, por ejemplo, es una auténtica vergüenza (hasta el punto de que su lectura resulta muchas veces adictivamente entretenida), al menos en determinadas áreas de conocimiento. Revistas nacionales del mayor prestigio están plagadas, como todo el mundo sabe, de reseñas que son el fruto de encargos hechos a sus autores por los autores de las obras reseñadas, en pago de favores previos o futuros. Do ut des. Hemos llegado al extremo en el que ya se permite que el autor de un libro escriba y firme a pecho descubierto su propia reseña, sin complejos:

http://www.iustel.com/v2/revistas/detalle_revista.asp?id_noticia=411877

G. Doménech dijo...

Tengo una amiga que estuvo varios años en Alemania dirigiendo un proyecto de investigación. Durante su estancia allí, se publicó en España un libro (excelente, doy fe) que su maestro había escrito, y pensó que sería una buena idea que los juristas alemanes conocieran de su existencia, por lo que redactó una recensión del mismo y la hizo llegar a una de las más prestigiosas revistas académicas del país. Al poco tiempo recibió del director de la revista un correo (con copia de carbón para su “jefe” alemán), por el que se le comunicaba que la recensión había sido rechazada: de un lado, porque la revista no aceptaba reseñas no solicitadas; de otro, porque se habían enterado de que ella era discípula del autor recensionado, lo que constituía una práctica de amiguismo científico absolutamente intolerable.

No haré más preguntas, señoría.

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