Durante años se ha presentado la inmigración como un elemento fundamental para el crecimiento económico. Más recientemente, ha pasado a verse también como una estrategia ante nuestros retos demográficos (envejecimiento y caída de los nacimientos). El cortoplacismo que domina el debate público sobre los beneficios de la inmigración no ha permitido el análisis de las consecuencias a largo plazo y ha favorecido la ausencia de una estrategia demográfica explícita, de forma que los flujos migratorios han ocupado el espacio que debería haber ocupado, entre otros, la política familiar.
Este estudio concluye que la inmigración no constituye una solución al desajuste demográfico español. Antes bien, es solo un mecanismo temporal de amortiguación que opera con intensidad decreciente y bajo condiciones cada vez más exigentes.
Un volumen extraordinario en un modelo mal calibrado España es el principal receptor de inmigración de Europa en términos relativos, y el segundo en términos absolutos, solo por detrás de Alemania. En 2025, el 19 % de sus residentes había nacido en el extranjero, frente a una media de la Unión Europea (UE) del 14 %. Entre 2013 y 2023 absorbió el 16 % de toda la inmigración llegada al continente. Esa capacidad de atracción es real, persistente y resistente al ciclo económico (los flujos no se detienen incluso en periodos de recesión). De hecho, solo en 2013 el saldo migratorio fue negativo. Con todo, la capacidad de España de retener a los inmigrantes que llegan y que podrían asentarse y formar hogares es limitada. A pesar de que casi 15 millones de personas nacidas en el extranjero iniciaron su residencia en España entre 2002 y 2024, la población residente solo aumentó en poco más de siete millones. Desde 2021, la tasa de retención española (la relación entre el aumento de la población y el volumen de entradas) se situó en el 51 %, una de las más bajas de Europa. Es decir, España atrae inmigrantes con extraordinaria eficacia, pero no retiene con la misma intensidad, lo que obliga a mantener flujos de entrada muy elevados para sostener una población que se renueva constantemente.
La inmigración no aumenta la fecundidad. Asimila la suya a la española En apenas 15 años, entre 2009 y 2024, España pasó de casi 500.000 nacimientos anuales a algo menos de 320.000, una caída del 36 %. El 40 % de los niños de 0 a 4 años tiene hoy algún vínculo con la inmigración, dato frecuentemente citado como prueba del efecto compensador de la inmigración sobre la natalidad, pero que oculta algunas dinámicas complejas y menos optimistas. Aunque la inmigración ha aumentado el número de mujeres en edad fértil, no ha contribuido a aumentar el número de hijos por mujer. En 2024 había en España un tercio más de mujeres inmigrantes en edad fértil que en 2009. Sin embargo, sus nacimientos han caído un 10 % en ese mismo periodo y su fecundidad se ha reducido un 32 % en esos 15 años. España está asimilando a los inmigrantes con rapidez a su propio régimen de baja fecundidad con tal intensidad que los patrones reproductivos de autóctonos e inmigrantes convergen en una sola generación. El contexto español neutraliza el potencial reproductivo de quienes llegan con una eficacia que los datos no permiten ignorar. Las dificultades para formar hogares, por tanto, son compartidas por migrantes y autóctonos. El hallazgo más preocupante apunta a los hombres de origen inmigrante que fueron socializados en España y muestran niveles de formación de pareja y de paternidad por debajo incluso de los recién llegados, comparables a los de los autóctonos. La integración no constituye para ellos ninguna ventaja demográfica, sino que significa una exposición prolongada a los mismos factores que desincentivan la formación de familia en el conjunto de la sociedad española.
La inmigración no frena el envejecimiento. Lo retrasa, pero cada vez menos El freno que la inmigración pone al envejecimiento presenta importantes limita ciones. Por un lado, a estas alturas, la población inmigrante no es ya una población únicamente joven sino una población algo menos envejecida que la autóctona, con un índice de envejecimiento de 1,42 frente al 1,63 de los nacidos en España, y esa brecha se estrecha cada año. Además, entre 2021 y 2025, la población inmigrante de 55 años o más creció un 42 %, frente al 25 % del grupo de 20 a 54 años. En apenas cuatro años se sumaron a la población española más de 615.000 personas mayores de 54, una cifra equivalente a toda la población de la ciudad de Málaga. El 80 % de ese incremento poblacional se corresponde con ciudadanos extracomunitarios. Esta dinámica anticipa una presión adicional sobre los sistemas de salud y dependencia que rara vez aparece en el balance agregado. Además, la edad a la que llegan los inmigrantes a España añade una segunda limitación. En 2024, solo el 13 % de los nuevos residentes tenía menos de 15 años, situando a España en la parte baja de la distribución europea en este indicador. Por otro lado, el 18 % tenía 55 años o más, es decir, estaba en la fase final de la vida laboral o la había abandonado ya, fuera de la edad reproductiva y próximos a demandar o ya demandando servicios sanitarios y de dependencia. Este patrón no es coyuntural, sino que se ha mantenido estable a lo largo de todo el ciclo migratorio y con una ligera tendencia al empeoramiento. Aunque solo fuera por este rasgo, el modelo ya incorpora costes demográficos relevantes que rara vez se hacen explícitos. La geografía añade una paradoja final. La inmigración y su segunda generación rejuvenecen más los territorios que ya parten de una estructura demográfica favorable. Los efectos atenuadores más altos se concentran en La Rioja, Cataluña y Baleares, con índices de envejecimiento moderados. Asturias, Galicia y Castilla y León, las comunidades más envejecidas, presentan efectos mucho más limitados. La inmigración refuerza los territorios que ya crecen y deja sin corrección los que más la necesitan.
Conclusión: tiempo comprado, trayectoria sin alterar El cuadro que emerge de todo ello es el de una estrategia de mantenimiento demográfico que ha funcionado razonablemente bien en el corto plazo, pero que muestra signos claros de agotamiento. Sostenerla exige flujos crecientes e ininte rrumpidos con un perfil de edad cada vez más difícil de garantizar, procedentes de países que también envejecen y cuyos excedentes demográficos se reducen. Los resultados de este estudio cuestionan el consenso en torno a la idea de que cualquier nivel de llegadas resuelve automáticamente nuestro desequilibrio demográfico, basado sobre todo en evidencias de corto plazo. La estrategia de recurrir a la inmigración para reconducir nuestros desajustes demográficos tiene costes demográficos y fiscales elevados de largo plazo y solo retrasa el momento de afrontar las mismas dificultades, pero con mayor intensidad. Además, la compla cencia con este modelo, carente de juicio crítico y de visión de largo plazo, dificulta el debate técnico sobre qué puede y qué no puede hacer la inmigración y las conse cuencias de cada opción. De esta forma, la opinión pública queda desarmada frente a quienes ofrecen soluciones simples a problemas complejos.
LOS LÍMITES DE LA INMIGRACIÓN PARA EL AJUSTE DEMOGRÁFICO EN ESPAÑA, 2026

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