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domingo, 14 de abril de 2013

Extensión de las transacciones de mercado y de las religiones universales y justicia/honradez en las relaciones con extraños

¿Por qué cooperamos con extraños a los que, puede ser, no volvamos a ver? Según algunos porque estábamos preparados genéticamente para tal comportamiento en los pequeños grupos de cazadores-recolectores que eran la sociedad humana hasta hace unos 12.000 años. Con la aparición de la agricultura y el incremento exponencial del tamaño de los grupos humanos, extendimos esas reglas innatas de conducta a las relaciones efímeras que tenían lugar con sujetos que no eran de nuestra familia ni de nuestra tribu. Otros piensan que desarrollamos reglas específicas para este nuevo entorno y “domesticamos” las reglas innatas que se habían incrustado en nuestros genes en los cientos de miles de años previos.
Que las normas sociales eficientes se pueden extender rápidamente en un grupo y a distintos grupos resulta de los mecanismos de transmisión (imitación) y la falta de obstáculos físicos. Pero necesitamos una teoría para explicar por qué comenzaron a extenderse. Parece claro que, cuando éramos cazadores-recolectores, los intercambios con sujetos que no pertenecieran a la banda propia eran muy infrecuentes y desconfiados. El proceso de intercambios de mercado con miembros de otros grupos debió de ser posterior al desarrollo de la agricultura y se producirían porque aparecieran claras las ventajas del intercambio a partir de que la especialización hubiera comenzado a extenderse. Estos intercambios de mercado, al generar grandes ganancias, proporcionaron los incentivos para hacerlos sostenibles lo que permitió que aumentara su frecuencia y, con ello, las ganancias a largo plazo (las ganancias que debe producir cada intercambio se reducen si las partes esperan futuros intercambios). Para que hubiera intercambios de mercado era necesario que existiera tal mercado, esto es, que comunidades que no estuvieran previamente conectadas comenzaran a estarlo.

La religión también debió de contribuir, desde el principio, a la promoción de las conductas beneficiosas para la cohesión del grupo. La competencia entre grupos debio “favorecer aquellos sistemas religiosos que galvanizaran la conducta prosocial a base de incentivos sobrenaturales (por ejemplo, el infierno) y mediante rituales periódicos que intensificaran la solidaridad del grupo… los estudios etnográficos indican que la emergencia de religiones moralizantes se hace más intensa cuanto mayor es la complejidad y el tamaño de las sociedades”. Estas religiones extienden las obligaciones de comportamiento decente y leal más allá del núcleo familiar o tribal a los extraños.
Si “los mercados y religiones universales están ligados a las normas que permiten sostener los intercambios en sociedades de gran tamaño, cabe esperar que la medida de honradez y justicia en relaciones anónimas covaríe positivamente con la medida en que están presentes esas dos instituciones en una determinada sociedad”.
A través de los juegos del ultimatum, el del dictador y el del tercero que castiga (el mismo que los anteriores pero hay un tercero que puede “castigar” al primero si su oferta al segundo le parece inaceptablemente egoísta), se ha podido comprobar que hay correlación entre la extensión de los intercambios de mercado y las religiones universales y los niveles de honradez y justicia en este tipo de juegos experimentales.
Markets, Religion, Community Size, and the Evolution of Fairness and Punishment



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