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jueves, 2 de agosto de 2018

El origen evolutivo de la moralidad humana

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El pórtico de la gloria tras su restauración. Detalle. Copyright Programa Catedral Fundacion_Barrie y Fundacion Catedral

Comportarse moralmente significa
cumplir reglas diseñadas para reprimir el propio interés
cuando va en el interés de todos
que todos repriman sus propios intereses

Baier

humans have spent 95% of their evolutionary past as Pleistocene hunter-gatherers

El trabajo que resumimos a continuación es uno de los más interesante que hemos tenido ocasión de leer en los últimos tiempos. Resume el estado de la cuestión sobre un tema central para el estudio de la Evolución humana estrechamente relacionado con el Derecho: el origen de la moralidad humana. Este tipo de estudio acabará modificando profundamente el tradicional análisis de filósofos y juristas.

Como es habitual en estos ámbitos de estudio, los autores utilizan dos tipos de información para analizar la moralidad humana: los primates no humanos y lo que sabemos de la vida de los cazadores recolectores. Los humanos vivimos como tales el 95 % de nuestra historia y sólo un 5 % como agricultores (unos diez-doce mil años sobre un total de 200.000). Las categorías relevantes para la moralidad son el comportamiento prosocial (a reprimir el propio interés en los términos de Baier), la tendencia a la conformidad (a adaptar las propias conductas abandonando pautas adquiridas individualmente para copiar las de la mayoría del grupo) y la existencia de normas que tienen validez universal (“haz el bien”, “no dañes a otros”, “trata a todos por igual” y “evita el incesto”) y, por tanto, que están ancladas biológicamente junto con normas variables según el grupo y que tienen origen cultural No solo tendemos a cumplir estas reglas sino que tendemos a pensar que los demás las cumplirán, que “tienen que” cumplirlas.

El hecho de que en los distintos primates estos elementos de la moralidad no se encuentren por igual indica que tienen origen evolutivo distinto.

La preocupación por el bienestar de los demás a costa del propio tendría su origen, según los autores, en el cuidado y alimentación colectivos de las crías en el grupo. Y lo específicamente humano en comparación con los demás primates es que en éstos, los elementos de la moralidad que hemos descrito "son sólo evidentes en contextos diádicos o individuales pero no como reacciones de terceros, esto es, de espectadores”. Esto quiere decir que los humanos reaccionamos cuando observamos un comportamiento inmoral por parte de otro en relación con otro individuo distinto de nosotros. Aprobando o reprobando su conducta y reaccionando en forma de cotilleo hasta contribuir al “castigo prosocial” e incluso castigamos también a los que no castigan. La capacidad humana para desarrollar una teoría de la mente (pensar en lo que piensa otro) y el lenguaje parecen tener un papel esencial en la moralidad humana pero no deberían explicar causalmente “la emergencia de la moralidad”. Somos morales, en último extremo, porque nuestras crías necesitan de mucha atención durante mucho tiempo desde que salen del vientre materno y las madres no podrían, por sí solas, atenderlas si queremos conseguir elevados niveles de supervivencia de las criaturas hasta convertirse en adultos.

Si tienen un origen evolutivo es porque ser seres morales con una moralidad como la descrita facilitaba la supervivencia. Para entender cómo una moralidad puede favorecer la supervivencia hay que pensar en términos de intensificación de la cooperación en una especie – la humana – en la que los individuos eran muy dependientes del grupo para sobrevivir. Una vez expulsados del paraíso, las emociones tuvieron que evolucionar para maximizar la cooperación en aras del bienestar del grupo como única vía practicable para maximizar las posibilidades de supervivencia individual. Conseguir alimento es una tarea colectiva, no individual en los grupos humanos que requiere, no sólo de especialización por sexos, sino un larguísimo proceso de aprendizaje que no puede ser más que social. Los seres humanos son “seres-que-aprenden” (evolución cultural) y no sólo de sus padres sino de otros miembros del grupo con los que no están emparentados. Recuérdese lo que contamos sobre los murciélagos que le chupan la sangre a otros murciélagos (con el “consentimiento” de éstos) cuando un día no consiguen cazar  bajo el lema “hoy por tí, mañana por mí”. Entre los cazadores-recolectores la interdependencia alcanzaba todas las escalas temporales. Hay que compartir los alimentos porque esa es la mejor forma de cubrir el riesgo de tener mala suerte un día de caza (y volver con las manos vacías) pero, además, porque puede ocurrir un accidente o una enfermedad que impida a uno cazar durante semanas o meses y hay etapas enteras de la vida en la que no puede uno procurarse el alimento por sí mismo (infancia, vejez). Y para que otros compartan su comida contigo, más te vale hacerte una reputación de generoso.

Junto a la procura de comida, el cuidado de los niños es un excelente candidato para que la evolución favoreciese las conductas cooperativas – cuidado colectivo de las criaturas – si la infancia de los humanos es larga y queremos diversificar el riesgo de que sus padres no puedan momentánea o permanentemente ocuparse (“la crianza en comunidad típicamente evoluciona cuando las condiciones del entorno son difíciles”). De todos los grandes primates, sólo los humanos crían colectivamente a los hijos. En conclusión:

  1. La moralidad humana puede entenderse como una adaptación directa al estilo de vida de cazadores-recolectores, ya que permite y estabiliza la interdependencia…
  2. De acuerdo con esta hipótesis, un elemento clave de la moralidad, una predisposición prosocial, es crucial para la existencia de reparto de alimentos con inmaduros y adultos.
  3. Tener una buena reputación sirve como seguro en el caso de necesitar recibir alimentos de otros y para ser elegido como compañero sexual  y como socio de cooperación en actividades de caza etc.
  4. … la tendencia a actuar de conformidad con lo que hacen los demás… es crucial en un nicho donde la acción coordinada o sincronizada es vital para la supervivencia. Además, sirve para adquirir las muchas habilidades complejas… a través del aprendizaje social. Cuando las habilidades y el conocimiento son opacos… es obligatorio copiar con confianza incluso los elementos aparentemente inútiles

Lo de la opacidad causal y la imitación exhaustiva como forma de aprendizaje tiene todo el sentido si se piensa en términos de recursos cognitivos limitados y cuya ampliación requiere un gran consumo de energía. En tales circunstancias, aprender “a ciegas” repitiendo miméticamente lo que hace el que sabe es la estrategia más prometedora de obtener los resultados con el mínimo esfuerzo cognitivo. No es raro que los animales que vivimos en grupos mostremos esa tendencia a conformar nuestra conducta con la de la mayoría tan potente: nos permite aprender sin entender

¿Se encuentran esos elementos en otros primates distintos de los humanos?

La respuesta corta para la prosocialidad es no, o en muy poca medida y sólo en algunos monos (sólo los titi comparten comida y crían colectivamente y lo hacen incluso con miembros de su grupo con los que no están emparentados). El mejor indicador de prosocialidad en una especie parece ser la ayuda que reciben las hembras en el cuidado de las crías de otros miembros del grupo. Un experimento fascinante con titíes.

Los titíes viven en grupos familiares y todos los miembros contribuyen a la crianza de los hijos. A los bebés los transportan todos los miembros del grupo, y en grupos grandes y bien establecidos a veces solo se los devuelven a la madre para que los amamante. Cuando los bebés son mayores e ingieren alimentos sólidos, todos los miembros del grupo dan de comer a los infantes.

Es decir, que todo el grupo se preocupa de asegurarse de que las crías están alimentadas. Y, a diferencia de los chimpancés, se comparte la comida con las crías “activamente”, es decir, sin esperar a que la cría reclame el alimento. El experimento trataba de comprobar si había – como en los humanos – un objetivo reputacional en los titíes adultos que alimentaban espontáneamente a las crías – incluyendo a las que no eran propias –. Es decir, si lo hacían para ganarse una reputación de buenos cooperadores con los demás miembros del grupo y conseguir así ser preferido, como los humanos, para el apareamiento y la cooperación. Los resultados indicaron justo lo contrario: los titíes adultos daban más alimento a las crías cuando estaban solos con ellas que cuando estaban en presencia de otros titíes, esto es, cuando tenían “audiencia”. La explicación que dan los autores es que cuando comparten comida con sujetos que no pueden alimentarse por sí mismos, los titíes son “puramente altruistas”, no mutualistas. Dan más comida a la cría cuando están solos con ella porque no hay nadie más que pueda hacerlo. Por el contrario, cuando hay más titíes adultos presentes, cualquier otro puede alimentar a la cría y, por tanto, el riesgo de que muera de hambre es menor, de manera que los titíes comparten menos comida con las crías. Es el efecto apatía que describe el sorprendente hecho de que “Cuanto más transitado el camino de Jericó, menos se comportarán como buenos samaritanos, pero más rápido será atendido el judío atacado por los ladrones

Respecto de la conformidad,

ésta está extendida entre los primates que viven en grupos.

Quizás la prueba más llamativa de conformidad en primates no humanos la proporciona el caso de los monos verdes. Los machos que en su grupo de origen desarrollan una fuerte preferencia por un tipo de alimento novedoso (maíz azul o rosado con colorantes artificiales de idéntico sabor), cambiaron inmediatamente su preferencia tras incorporarse a un grupo donde la mayoría de los individuos preferían el otro color

Una ventaja general de la conformidad – en la forma de homofilia – es la intensificación de la cooperación en un grupo ya que parece que, tambien en otros primates, “prefieren como compañeros sociales a otros que son más semejantes a uno mismo”

Lo que no hay en otros primates es vigilancia de la conformidad de la conducta de terceros

los primates no humanos a menudo tienen expectativas claras sobre cómo otros deberían interactuar con ellos. De hecho, podemos agregar fácilmente otros ejemplos, como la expectativa de los dominantes con respecto a cómo los subordinados deben comportarse con respecto a ellos, o cómo debe comportarse una pareja durante las interacciones lúdicas.. pero una limitación crucial en la mayoría de los casos es que estas reglas se aplican solo a parejas reales o potenciales pero no en contextos de terceros cuando se trata de espectadores no involucrados.


Judith M. Burkart, Rahel K. Brügger and Carel P. van Schaik, Evolutionary Origins of Morality: Insights From Non-human Primates, 2018

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