jueves, 10 de octubre de 2019

Los pecados de Rivera



Maestro de Flemalle, Anunciación

En esta columna Ellakuría recoge todos los errores que Rivera ha cometido en Cataluña. Creo que es bastante exhaustiva porque Ellakuría escribe desde Barcelona, donde el nivel exigido por los votantes de Ciudadanos a los cuadros de este partido para volver a votarles y no retornar al PSC, al PP o a la abstención es máximo. Ni un graduado en medicina por la Autónoma de Madrid superaría el examen que el tribunal de los votantes de Ciudadanos pone a estos candidatos. Contrasta extraordinariamente con las tragaderas y aprobado general que conceden sus votantes al PSOE, a Vox o a Podemos. Lo ha explicado inmejorablemente Isidoro Tapia en esta columna.

Si yo fuera Rivera, habría variado la estrategia de abril (que me pareció entonces y después de las elecciones completamente acertada) en julio. Tras el fracaso del intento de coalición entre el PSOE y Podemos, y para dejar claro que Sánchez no había tenido nunca la más mínima intención de gobernar en coalición con nadie pero, especialmente, con Ciudadanos, si yo hubiera sido Rivera – repito – habría hecho una oferta de gobierno de coalición al PSOE en términos de “lo toma o lo deja”. Y, como Iglesias, si yo hubiera sido Rivera me habría quitado de en medio y habría propuesto de vicepresidenta para ese gobierno a Inés Arrimadas. Algo de esto dije en esta entrada de julio.

Si no me hubiera hecho caso a mí mismo en julio, en septiembre, cuando se veía ya que Sánchez no iba a llegar a ningún acuerdo con Iglesias, habría realizado la oferta que Rivera hizo al límite de la convocatoria: compromiso de votar a favor de la investidura de un gobierno PSOE-Podemos con tres o cuatro condiciones: no pactar con separatistas, no subir nivel general de impuestos, no modificar estatutos ni financiación autonómica sin consenso. Que Sánchez cumpliría con estas condiciones vendría asegurado por la obligación de Sánchez de romper sus alianzas con separatistas en Baleares, Navarra y el País Vasco, donde el PSOE gobierna con partidos que quieren acabar con España tal como la conocemos. Es lo más probable que Sánchez no hubiera aceptado pero Rivera tendría hoy un discurso mucho más convincente que dirigir a sus exigentes votantes.

Dado que nada de eso ha ocurrido, Rivera no ha acertado lo suficiente al proponer ese “gran pacto” a PSOE y PP. Porque eso es muy complicado de explicar. Pero lo peor que ha hecho Rivera, a mi juicio, tiene que ver con debilitar la imagen de Ciudadanos como partido tecnócrata, meritocrático y – si quieren – elitista. Esa imagen vale mucho en tiempos de tribulación porque te aparta de las polémicas más absurdas y reduce las posibilidades de meter la pata. Atacar al gobierno y al PP sobre la base de la inconveniencia para el bienestar general de cada una de sus propuestas quizá no te haga ganar muchos votos pero no te hará perder otros. 

Hay argumentos técnico-jurídicos para iniciar la promoción de la aplicación del art. 155 CE en Cataluña. No hay argumentos para aplicarlo de forma inmediata. 

Hay argumentos de eficiencia y de justicia social y lucha contra la desigualdad y la pobreza para no subir las pensiones ni los salarios públicos

Hay argumentos de eficiencia y de justicia social para defender el libre comercio; 

Hay argumentos de eficiencia y de justicia para renegociar el cálculo del cupo; 

Hay argumentos de eficiencia y justicia social para suprimir los contratos temporales, incluso para nacionalizar – mutualizar – las empresas eléctricas, 

Por no hablar de introducir reformas progresivas en educación (concentrando las inversiones públicas en los colegios donde se educa a los niños más pobres). 

Los hay también para legalizar la gestación subrogada o regular la prolongación o no de la vida. 

A los muy exigentes votantes de Ciudadanos les gusta pensar que ellos son "la crema de la españolidad” (y en Cataluña, no digamos), de una españolidad moderna que se ha quitado los complejos y que está hasta la bolita del ojo del chantaje permanente de los nacionalistas; de los activistas y las guerras culturales e identitarias de la izquierda incluyendo sus feminismos, gayismos  y demás ismos militantes,  y de la carcundia, nepotismo y corrupción de la derecha. Para eso tiene que rodearse de gente que sepa algo de algo.

Rivera solía decir que había que tratar a los votantes como adultos. Rivera debe de pensar que en España sólo hay tres millones y medio de adultos. Porque cuando ha pasado de esa cifra, ha vuelto a hablarnos como si fuéramos menores de edad. En estos días, tratar al público como si fuera idiota es lo que se conoce como “moderación”. Rivera es más inteligente que Sánchez y que Casado. Y Pablo Iglesias ha hecho tanto mal a la Sociedad española, ha corrompido de tal forma la discusión de los asuntos públicos, que lo extraño es que Rivera no haya sacado dos cuerpos de ventaja a los otros tres en la carrera permanente a la que asistimos desde 2016. Algo ha hecho muy mal para no aventajar a tres rivales tan débiles.

Ojalá Rivera vuelva a hablarnos a los españoles como si fuéramos todos adultos inteligentes. Ojalá fuera el primero en reconocer cuándo se equivoca y ójala fuera el primero en reconocer los aciertos de los demás (Alejandro Fernández y Cayetana Álvarez de Toledo le han dado muchas oportunidades de hacerlo en los últimos tiempos y algunos del PSOE en Castilla, Aragón o La Mancha, también). Ojalá Rivera centrara siempre las discusiones en los asuntos de interés público e introdujera siempre argumentos de eficiencia y de justicia social.

Un ejemplo. Cuando estos días Sánchez ha sacado la subida de las pensiones ligándola al IPC y ha prometido que las subirá en diciembre, Casado se lo puso a huevo a Rivera con su “moderación”. En ese momento, Rivera podría haber dicho que es injustísimo subir las pensiones. Que eso redistribuye a favor de los que están mejor. Que eso aumenta el déficit – injustísimo y enorme - que soportamos todos los españoles con nuestros paisanos que viven en el País Vasco. Que el gasto público en España redistribuye en contra de los más pobres. Declaraciones así habrían cambiado los términos de la discusión. A lo mejor, los periodistas empezarían a preguntar por cuestiones sustanciales en lugar de convertir los medios de comunicación en grandes “Sálvame” políticos. Queda un mes para hacerlo.

Hay que dejar de pensar en términos estratégicos. Ni siquiera tácticos. Pero como de eso es de lo único que saben los que dominan la discusión pública, nos tienen entretenidos con la última pifia del político en lugar de hablar de las cosas de comer.

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