El otro blog para cosas más serias

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sábado, 4 de abril de 2020

Reduccionismo aplicado




Que los seres humanos tendemos a antropomorfizar la naturaleza es evidente. Hay incluso una figura retórica – la prosopopeya – para denominar su  utilización en la literatura. Pero Pascal Boyer pide que no antropomorficemos a los seres humanos. Con esta admonición se refiere a que igual que el mundo natural está gobernado por las leyes de la física y no por la intención de los agentes presentes en la naturaleza, tampoco la conducta humana está gobernada por las intenciones – la voluntad – individuales de cada ser humano.
“asumimos que la conducta de la gente la causa sus intenciones, que la gente tiene acceso a sus intenciones y las pueden expresar…. Que la gente son unidades, es decir, cada individuo tiene preferencias, por ejemplo, prefiere el café al te, de manera que sería extraño preguntar qué parte de ese individuo es el que tiene esas preferencias o si hay muchas subpartes del individuo que prefieren el café. Contemplamos a los individuos como personas integradas e íntegras, unitarias. Es decir, los antropomorfizamos”
Y eso, continúa Boyer es tan erróneo para los ríos como para los individuos. Es más, no hemos avanzado más en la “ciencia del ser humano” precisamente por esa pulsión por considerar a cada individuo como una unidad gobernada por una voluntad (una voluntad).
Por supuesto, no hay nada malo en tratar a las personas como personas cuando interactuamos con ellas, sino todo lo contrario. interpretar a los demás como agentes únicos con preferencias, objetivos, pensamientos y deseos es la base de todos los entendimientos y normas morales. Verlos como integrados, es decir, con alguna capacidad de juicio centralizada que juzgue entre sus posiblemente diferentes objetivos e intenciones, es también la única manera de asignar la culpa y la responsabilidad. Es una forma de pensar que nos llega automáticamente y es indispensable para la interacción social
Por ejemplo, dice Boyer,
“cuando vemos a un individuo andando en una dirección que, de repente, se para por unos instantes y se da la vuelta y empieza a correr en la dirección opuesta, deducimos irremediablemente que acaba de acordarse de algo que había olvidado previamente y que ahora quiere lograr ese previo objetivo”
Los “estados internos del individuo” que se describen en los verbos de esa frase, añade Boyer, indican que consideramos al individuo como una unidad cognitiva con un gobierno unitario.

Pero esta aproximación no sirve para estudiar científicamente la conducta humana. Para entender la conducta humana, esto es, explicar por qué alguien prefiere el té al café exige tener en cuenta que tal preferencia “puede implicar a docenas de sistemas autónomos”. Igual que hacemos para saber qué le pasa a un coche – que abrimos el capó y repasamos las piezas del motor para tratar de determinar qué le pasa a cada una de ellas que pueda influir en el resultado que observamos – añade – así tenemos que hacer con las conductas humanas que observamos. La aproximación correcta a la conducta humana es pensar en términos de diseño, esto es, en términos de componentes y de las relaciones entre los componentes y no en términos de voluntad, creencias intenciones que determinan la conducta.

Y, a continuación, nos narra un experimento extraordinario llevado a cabo por Rozin/Millman y Nemeroff, que consistía en poner a los sujetos del experimento dos vasos, uno que tenía la etiqueta “agua” y otro con la etiqueta “veneno”. Los dos vasos se llenaban por el experimentador delante del sujeto con agua de la misma botella. El resultado es que los sujetos preferían beber del primero a hacerlo del segundo. La explicación inmediata es que la gente tiene pensamientos mágicos. Pero una explicación evolutiva parece mucho más convincente. Y se trata de una – nos muestra Boyer – que nos indica que nuestra conducta no está gobernada por un sistema unitario. Está gobernada por muchos sistemas autónomos, esto es, el diseño de nuestra mente “está compuesto por muchos sistemas de inferencia, cada uno especializado en un sector estrecho de la información disponible” (información lo define Boyer unas páginas antes como “estados detectable del mundo exterior que reducen la incertidumbre en los estados internos de un organismo” y que “modifican de manera predecible” esos estados internos como consecuencia de la información recibida)

“Desde esta perspectiva, lo que sucede cuando alguien ve un vaso con la etiqueta de «veneno» es que esa información activa los sistemas que gestionan la detección de una amenaza, porque la etiqueta se corresponde con una de las condiciones de entrada – un indicio de que la sustancia es peligrosa si se ingiere. Otras piezas de información conceptual, por ejemplo, «esa etiqueta es engañosa» «no es más que un juego del experimentador» etc no entran en el procesamiento del módulo que detecta amenazas, simplemente no se corresponde con el formato de entrada a dicho módulo… Y dado que un sistema en la mente está gritando ¡peligro!... y que la mayoría de los otros sistemas cognitivos no tienen nada que decir sobre cuál es el mejor vaso (porque no hay información al efecto de que el otro vaso sea de hecho mejor), esto puede desencadenar, en muchas personas al menos algunas veces, una ligera preferencia por el vaso con una etiqueta tranquilizadora… Esto no significa que la persona o una parte de una persona crea en realidad que «hay efectivamente veneno en el vaso con la etiqueta de veneno»
Porque la función del módulo de gestión de las amenazas no es provocar la conducta del sujeto, sino solo alertar (“hacer saliente una información ambiental”) y activar las respuestas de miedo o de defensa “no proporcionar descripciones de las razones para tales respuestas”

De esta forma se proporciona una explicación de una conducta de las personas que, a diferencia de la que concibe a los seres humanos como unidades de conducta gobernada por una cognición y voluntad unitaria, la explica sobre la base de considerar al organismo como un un compuesto de sistemas, módulos o elementos especializados que interactúan entre sí.

La forma tradicional de explicar la conducta humana, dice Boyer, nos produce ceguera cognitiva porque nos hace olvidar que “la conducta más trivial requiere una computación subyacente de una complejidad desconcertante”



Pascal Boyer, Minds make societies, 2018, pp 24-27

1 comentario:

Francisco J. Martínez Segovia (Francis) dijo...

Estoy plenamente de acuerdo esta reveladora perspectiva realizada desde la teoría cognitiva. Yo apunto este libro, de gran interés, sin dudar.
En esta línea, y máxime dado que en estos momentos tenemos algún tiempo más para leer, hago una recomendación de lectura que comparte esta óptica: “Open. Memorias da André Agassi”. Se lee de un tirón, es magnífico. No están escritas por él, sino por el premio Pulitzer J. R. Moehringer. Fascinante lectura.

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