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miércoles, 7 de agosto de 2019

El diseño de los mercados: la perspectiva del economista y la del ingeniero



Los mercados pueden ser mejorados, no dejados a la espontánea actuación individual de oferentes y consumidores cuando éstos se enfrentan a costes elevados de coordinación. Es un problema de acción colectiva. Los pánicos bancarios son un “fallo de mercado” porque se supone que los individuos actúan racionalmente al acudir al banco inmediatamente después de enterarse de que hay un riesgo de que no haya fondos suficientes para pagar a todos. ¿Podrían reducirse los pánicos bancarios introduciendo cláusulas en los contratos de los depositantes con sus bancos por los que aceptan que sus depósitos no sean “a la vista”? No es probable. Porque los clientes que están dispuestos a aceptar ese trato habrán contratado un depósito a plazo o un fondo de inversión que son alternativas disponibles. No un depósito a la vista. Pero a los grandes consumidores de energía se les puede ofrecer contratos “interrumpibles” a cambio de un precio más bajo por la energía lo que significa que, cuando la demanda de electricidad sea más alta, el suministrador podrá cortar el suministro a esos consumidores y destinarla a otros que pagan algo más por ella.

El diseño de los mercados es necesario cuando las decisiones individuales generan dilemas del prisionero. Parece, por ejemplo, que los estudiantes de Derecho norteamericanos son contratados cada vez más pronto. Antes hacían las entrevistas de trabajo tras finalizar el 2º año de carrera (como es sabido, Derecho es un posgrado de tres años en los EE.UU). La tendencia más reciente es a anticipar esas entrevistas al primer año de carrera. Esto es malo porque aumenta la probabilidad de decisiones equivocadas y desincentiva seguir trabajando duro durante el resto de la carrera. Pero no queda otra si la alternativa es que no te contrate nadie al acabar la carrera o, del lado de los despachos, que tengas que seleccionar a tus abogados junior entre los “desechos de tienta”.

El diseño de un mercado es más fácil cuando el mercado no existe. No hay que “arreglar” lo que funciona mal. Hay que inventarse uno, es decir, reunir a la oferta y a la demanda.

Por ejemplo, el mercado del gas natural mundial fue “inventado” por un catarí. Para reunir a oferta y demanda en cualquier país del mundo, necesitaba crear una red de plantas de licuefacción en los países productores y de regasificación en los países compradores del gas.

Para mejorar la asignación de los riñones a los que necesitan un trasplante, esto es, para aumentar la oferta de donaciones, una idea genial es poner en común las donaciones y asignar el riñón compatible con el receptor a aquél receptor que logre “aportar” un donante al pool. Como los receptores son los que tienen más incentivos para encontrar donantes (entre sus familiares y amigos), haciendo participar a éstos en el pool de donaciones se consigue aumentar la oferta de riñones para ser trasplantados que es el “fallo” de mercado cuando no se pueden comprar y vender los riñones.

Para mejorar la asignación de los puestos para cursar las especialidades médicas, se puede diseñar un mercado en el que los hospitales ofrecen todos los puestos que hay disponibles y los interesados declaran sus preferencias asignándose las plazas por orden de mérito reflejado en los resultados de una prueba de conocimientos. El MIR. Este sistema combina el respeto a las preferencias con el mérito y la capacidad. El fallo de mercado estriba en que, sin esta centralización de la oferta y la demanda, los costes de “encaje” de cada médico a cada puesto disponible serían mucho más elevados y el respeto por las preferencias y por los criterios de mérito y capacidad necesariamente mucho menores. ¿Sería deseable extender este diseño de mercado a cualquier otra profesión? Probablemente sí a las oposiciones jurídicas pero quizá no a los procesos de selección para entrar a trabajar en un despacho de abogados. Porque hay preferencias idiosincráticas por parte de los despachos y de los abogados. ¿Sería deseable asignar escuelas a los niños de esta forma?

A menudo no es posible distinguir entre crear un mercado nuevo y “disrumpir” un mercado preexistente haciéndolo mucho más eficiente porque se reducen si no eliminan los costes de intercambiar. Piénsese en AirBnb. ¿Ha creado esa plataforma un mercado nuevo – alquiler por días de pisos – o, más bien ha disrumpido el mercado del alquiler? Dado que el volumen de pisos que se alquilaban por pocos días era insignificante (los costes de transacción eran elevadísimos) parece que hay que decir que AirBnb ha creado un mercado nuevo. Pero el mérito de AirBnb es muy pequeño. Haber sido los primeros. Pero una plataforma semejante habría aparecido inmediatamente una vez que se daban las condiciones tecnológicas, esto es, internet ubicuo. Es más, estos innovadores pueden empeorar las cosas si nos dejan atrapados en un diseño de mercado que genera externalidades o con billetes sobre la acera que el monopolista no tiene incentivos para corregir o recoger.

Si los mercados asignan los recursos atendiendo a la “disposición a pagar”, será necesario un diseño “ingenieril” cuando la disposición a pagar no maximice el bienestar social. Pero donde tiene más posibilidades de mejorar el bienestar social el diseño de mercados es en aquellos ámbitos como los que se han referido más arriba en los que la asignación de los recursos no se encomienda al sistema de precios, es decir, en todas aquellas transacciones en las que no hay un intercambio de bienes o derechos contra el pago de una cantidad de dinero.

Y más todavía si las asignaciones de recursos son definitivas, esto es, no cabe esperar que haya una negociación ex post que reasigne los recursos a quien los valora más. Piénsese en un reparto de tierras por sorteo con libertad para los adjudicatarios de intercambiar los lotes o de venderlos y comprarlos. Si la asignación derivada del sorteo no es eficiente, tampoco hay que preocuparse mucho, diría Coase, si los costes de transacción para intercambiar lotes o vendérselos al que más los valora no son altos. Lo que se puede hacer es crear un mercado para reunir a todos los interesados en cambiar el lote que les ha tocado por otro. Si se introduce financiación, en poco tiempo, todos los adjudicatarios acabarían poseyendo el lote preferido.

El diseño de los mercados puede afectar a todas las fases del intercambio. Desde aproximar a compradores y vendedores entre sí creando una “plaza” donde se puedan reunir hasta asegurar el cumplimiento por ambas partes. Por ejemplo, las plataformas utilizan el mecanismo de la reputación para garantizar a sus clientes que los proveedores que utilizan la plataforma cumplirán correctamente el contrato. O puede hacer cumplir el contrato unilateralmente (devolviendo el precio pagado al consumidor insatisfecho e imponiendo tal condición al proveedor si quiere acceder a la plataforma). Como se puede acumular ilimitadas cantidades de información, si la plataforma es capaz de volverla útil, cabe esperar un número muy bajo de litigios y de incumplimientos.

En realidad, igual que los individuos tienen incentivos para reducir los costes de transacción mediante innovaciones que apliquen la tecnología disponible, también tienen incentivos para “rediseñar” los intercambios si hay una ganancia que pueden retener en hacerlo (recuerden al que inventó las líneas regulares de transporte marítimo en un mercado en el que los barcos zarpaban cuando estaban llenos). Por eso, el diseño de los mercados tiene especial interés cuando estos incentivos – hacerse millonario – no existen precisamente porque se trata de asignar recursos con arreglo a criterios diferentes de la disposición a pagar de los que quieren acceder al producto o servicio.

El diseño de mercados tiene un amplísimo futuro en el sector público y en la asignación de fondos públicos: desde plazas escolares a camas en hospitales pasando por vacaciones para los ancianos o campamentos para los niños o subvenciones a organizaciones privadas contra resultados (piénsese en los bonos que pagan distintos intereses en función del éxito de la infraestructura financiada con ellos o en función del número de individuos que se han beneficiado de la política pública financiada con esos bonos). De todas esas cosas se ocupó Alvin Roth a lo largo de su carrera como “economista-ingeniero”. Y de la recensión de su libro es de lo que va este artículo

Glaeser, Edward L. "A Review Essay on Alvin Roth's Who Gets What—And Why." Journal of Economic Literature, 55 (4): 1602-14. 2017

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