lunes, 31 de agosto de 2026

Los efectos de la esclavitud sobre el Derecho: representación, matrimonio monógamo y relaciones patrón-cliente,

 Foto de Social History Archive en Unsplash

De la ciudad de Roma sólo contamos con la conocida discusión en el Senado acerca de si debía obligarse a los esclavos a llevar una vestimenta distintiva. Se decidió que no, pues, según el razonamiento de los senadores, si los esclavos vestían todos del mismo modo, cobrarían conciencia de lo numerosos que eran.

El papel de la esclavitud constituye el eslabón que faltaba para conciliar dos rasgos fundamentales de la República romana: el control oligárquico y la movilización militar de masas. Ambos elementos no encajan fácilmente. Cuanto más oligárquico es un sistema, menos dispuesta debería estar la clase dirigente a armar y conferir poder al pueblo, y más difícil debería resultarle movilizarlo para guerras libradas a distancias cada vez mayores. A su vez, cuanto mejor armado y más movilizado está el pueblo, más difícil debería ser para los oligarcas conservar el poder. La esclavitud proporcionó un mecanismo eficaz, probablemente decisivo y quizá indispensable, que permitió la coexistencia de los privilegios de la élite y la movilización popular. Pensándolo bien, resulta difícil imaginar una versión verosímil de la historia de Roma en la que la esclavitud no hubiera desempeñado, de un modo u otro, esa función... 

Como escribimos Kyle Harper y yo hace unos años, para los romanos la esclavitud «formaba parte de un sistema de crecimiento depredador alimentado por la conquista y el saqueo. Del mismo modo que las guerras movilizaban recursos monetarios que pasaban a disposición del Estado romano y, sobre todo, de sus élites, la captura y el comercio de esclavos movilizaban simultáneamente fuerza de trabajo y aumentaban la riqueza y la autonomía de esas élites. En la medida en que el Imperio en su apogeo fue el resultado de este proceso, puede considerarse justificadamente que la esclavitud fue uno de los motores del desarrollo político y económico»... 
La esclavización masiva fue una de las principales causas de la desintegración del sistema republicano. Las élites recurrían a los esclavos no sólo para atender sus asuntos privados, sino también para administrar el Estado y las comunidades locales: primero, mediante el personal privado de los magistrados electos y los esclavos públicos de la época republicana; después, mediante la familia Caesaris, formada por los esclavos y libertos del emperador, y los esclavos municipales de las civitates subordinadas. Estos últimos estaban al servicio de los magistrados y trabajaban como contables, archiveros, inspectores de mercados, policías, guardianes de prisiones, verdugos, fabricantes de ladrillos, empleados de baños y auxiliares del culto. Y lo que servía para gobernar servía también para los ritos religiosos: en la propia Roma, quienes sacrificaban los animales solían ser libertos o esclavos públicos, de modo que las élites que oficiaban la ceremonia no tenían que ensuciarse las manos.

Por cuanto sabemos, el entramado esclavista acabó extendiéndose a los grupos dirigentes de todo el Imperio, con independencia de que el trabajo esclavo estuviera muy extendido o fuera poco frecuente en cada región. La posesión de esclavos dio así uniformidad a la vida y a la experiencia de una clase dirigente que se consolidaba progresivamente en todo el Imperio. Esto era importante porque situaba, o confirmaba, la esclavitud en el centro mismo de la estructura imperial de poder. La élite romana estaba formada por personas rodeadas y protegidas permanentemente por un séquito de individuos que eran o habían sido de su propiedad y que, al hacerlo, se separaban y distanciaban de sus conciudadanos. Esto sucedía en todos los niveles. Los grupos dirigentes siempre han empleado sirvientes, pero no necesariamente han sido sus propietarios. En Roma, por el contrario, no parece siquiera que existiera una alternativa plausible a poseerlos.

Entonces, Scheidel conecta la esclavitud con la ausencia de la institución de la representación en Roma

 El limitado concepto de representación en el Derecho romano, que sólo consideraba a los hijos, los esclavos y los libertos agentes adecuados para actuar en los negocios, debería llevarnos a preguntarnos cuál era la causa y cuál el efecto. No es que esas normas jurídicas hubieran caído del cielo o hubieran sido entregadas en unas tablas en el monte Sinaí, sin dejar a la clase dirigente romana más opción que obedecerlas. En Roma, era la propia élite la que elaboraba esas normas, lo que indica que quería activamente que las cosas fueran así. Es muy posible que la explicación habitual, que deduce las preferencias de las normas jurídicas, invierta la relación causal. 

Como muestra Henrik Mouritsen, los libertos desempeñaban una función esencial como intermediarios de los miembros de la élite. Eran depositarios de su confianza y, al mismo tiempo, quedaban asimilados a una posición femenina: se elogiaban su fides, su obsequium y su laboriosidad, como se hacía con las esposas. En último término, la clase dirigente romana era, en palabras de Mouritsen, «absolutamente dependiente» de sus esclavos y libertos. Decirlo resulta fácil, pero hoy nos cuesta, si es que no nos resulta imposible, imaginar lo que eso significaba: hasta qué punto esa dependencia aislaba a las élites, mantenía a distancia al común de los ciudadanos nacidos libres y creaba un sistema cerrado que preservaba la riqueza y el poder tras un muro de servidumbre humana. Yo, al menos, no sé cómo era vivir de ese modo, porque nunca lo he hecho ni conozco a nadie que lo haya hecho. Para los romanos ricos, en cambio, apenas existía otra forma de vida. ¿Cómo podemos aspirar a comprender los vestigios de su cultura si no tenemos siempre presente esta circunstancia? 

Desde luego, la cuestión no se limita a la experiencia de la élite, es decir, de los propietarios de esclavos. Sus repercusiones sociales desbordaban ampliamente los hogares de las élites: la epigrafía latina muestra que la división persistía después de la manumisión, pues son pocos los libertos de los que se sabe que contrajeran matrimonio con personas nacidas libres, salvo los integrantes de la privilegiada familia Caesaris (Mouritsen 2011, pp. 297-298). Pese a la convivencia que se producía en las asociaciones (collegia) y en la vida cotidiana, la esclavitud parece haber creado mundos sociales claramente separados.

 A propósito del matrimonio,

 merece la pena detenerse un momento en un rasgo de la cultura griega y romana al que se ha prestado mucha menos atención de la que merece: la consagración, por primera vez, de la monogamia como norma. Por rico o poderoso que fuera un romano, sólo podía tener una esposa a la vez y ni siquiera podía convivir con concubinas. Si esto parece poco llamativo a los lectores occidentales, se debe únicamente a que estamos muy acostumbrados a ello; por lo que sabemos, fueron los griegos y los romanos los primeros en imponer esta norma (Scheidel 2009). 

¿Por qué la acataron las élites, a diferencia de lo que hicieron sus equivalentes en muchas otras sociedades? La esclavitud pudo ser parte de la respuesta, aunque sin duda intervinieron también otros factores: les permitía conciliar ambas cosas, pues respetaban formalmente esas restricciones y, al mismo tiempo, las eludían mediante el acceso sexual irrestricto a sus propias esclavas. La propiedad de esclavos sostenía así un sistema nominalmente monógamo, pero poligínico en la práctica, aunque sólo para quienes podían permitirse tener esclavos. La explotación sexual añadía otra dimensión a las muchas relaciones asimétricas que vinculaban a propietarios y esclavos y los separaban del resto de la sociedad. 

Y esto es especialmente importante sobre el Derecho en una sociedad radicalmente desigual: debilitamiento de las relaciones de patronazgo

Al parapetarse tras esclavos y libertos, la élite romana privaba a los demás de ciertas oportunidades: el acceso a sus miembros estaba normalmente mediado por personal esclavo o liberto, y la preferencia por el trabajo esclavo reducía las relaciones entre las élites y las personas de condición libre nacidas como tales que podrían haberse establecido mediante el empleo. En el Occidente latino, los trabajadores libres parecen haber quedado relegados a tareas serviles y desempeñaban su trabajo separados de sus empleadores, como porteadores, obreros de la construcción, trabajadores textiles, mineros y jornaleros agrícolas. La jurisprudencia romana nunca llegó a encontrar un encaje claro para el trabajo asalariado dentro de sus categorías y acabó relegándolo a una posición fronteriza, in loco servorum, esto es, en una posición equivalente a la de los esclavos. 

 Todo ello tenía gran importancia por la sencilla razón de que, cuanto más desigual era una sociedad, más valiosos resultaban el acceso a la élite y el contacto con ella. Y la sociedad romana era extraordinariamente desigual, cada vez más hasta bien entrada la Antigüedad tardía. Cuanto más aislaban los esclavos los hogares de la élite, menos oportunidades quedaban al alcance de las personas de condición libre nacidas fuera de ella...  

 Aproximadamente una cuarta parte de la población urbana estaba formada por esclavos libertos, cerca de dos tercios de los varones adultos eran libertos y al menos el 40 % de los habitantes debían de ser esclavos. En conjunto, dos de cada tres habitantes eran esclavos o lo habían sido. 

 La clase dirigente romana fue un paso más allá: en lugar de trasladar por la fuerza hogares y comunidades enteras, como hacían los asirios, sometió a la «muerte social» de la esclavitud a individuos capturados o adquiridos mediante el comercio. Con el tiempo, a medida que los nacidos esclavos superaron en número a quienes habían sido esclavizados durante su vida, la socialización desde el nacimiento en la condición servil reforzó la institución. Al encomendar puestos esenciales a esclavos y libertos, los miembros de la élite crearon, en efecto, un pueblo nuevo que dependía de ellos. Más que disolver el populus de hombres libres de nacimiento, lo complementaron, se distanciaron de él o incluso lo excluyeron...  

Esclavitud e imperio 

 Ese mismo afán por presentar la esclavitud como una institución básica del orden social aparece en el conocido pasaje del Digesto según el cual «la esclavitud es una institución del Derecho de gentes por la que una persona queda sometida al dominio de otra, contra el orden natural». Esto significa que la esclavitud es universal no porque sea natural, sino porque todos los pueblos la practican. Al fin y al cabo, el ius gentium se define como «el Derecho que la razón natural establece entre todos los hombres y que todos los pueblos observan por igual». Una vez más, no había escapatoria.

Dada esta concepción omnicomprensiva de la esclavitud, concebida para satisfacer toda clase de necesidades y sin dejar resquicio alguno, apenas sorprende que tampoco el cristianismo primitivo pudiera imaginar un mundo sin esclavitud. Por el contrario, su principal aportación consistió en incorporar, a través de la tradición del Antiguo Testamento, la imagen próximo-oriental de la «buena esclavitud» y la única figura que faltaba en el discurso grecorromano: el «esclavo de Dios», que aparece ya en las cartas de Pablo. Los Padres de la Iglesia dieron la esclavitud por supuesta, exhortaron a los esclavos a obedecer y asumieron los estereotipos dominantes que los presentaban como seres viles, malvados y hostiles. Las escasas voces críticas quedaron completamente relegadas...

No podía ser de otro modo. Mientras el Imperio se mantuvo fuerte, no hubo espacio para ningún otro modelo..

El propio término «sociedad esclavista» capta algo importante que no puede reflejarse con sólo situar una sociedad en algún punto de una escala entre una mayor o menor presencia de la esclavitud: que la esclavitud impregnaba y definía esa sociedad. 
 Una sociedad esclavista no es simplemente una sociedad con muchos esclavos. Es una sociedad en la que la esclavitud lo envuelve y aprisiona todo, estructurando las relaciones sociales, la actividad económica y la producción cultural. La pregunta decisiva es si, en ausencia de la esclavitud, esa sociedad habría sido completamente distinta o incluso podría no haber existido. Si las respuestas son «sí» y «muy posiblemente», como necesariamente ocurre en el caso romano, estamos ante algo que puede denominarse legítimamente una sociedad esclavista.

  Walter Scheidel, Slavery's Rome, Arethusa, 58(2025), pp. 1-25

No hay comentarios:

Archivo del blog