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Definimos el capitalismo como un sistema económico en el que los individuos y las organizaciones son, en términos generales, libres de utilizar su capital, su trabajo y sus recursos como consideren oportuno. En cuanto a la democracia, la definimos como un sistema político en el que los gobernantes son elegidos mediante elecciones libres y limpias...
Nuestra tesis es que el capitalismo, entendido en sentido amplio, genera crecimiento económico... en la medida en que la relación sea causal, proporciona un vínculo entre democracia y capitalismo. Los ciudadanos que viven en democracias desean crecimiento económico y, por tanto, tienen incentivos para apoyar políticas capitalistas.
Yo creo que tienen incentivos para votar popperianamente y eso significa que apoyarán las políticas que generen crecimiento económico si entendemos que un votante de buena fe considera que "el gobierno lo ha hecho bien" si la situación económica del país es mejor ahora que cuando se produjeron las últimas elecciones. La única forma común de responder de buena fe a la pregunta "¿El gobierno lo ha hecho bien o mal?" es si ha habido crecimiento económico significativo.
Este argumento sencillo oculta numerosas complejidades. Que exista un incentivo colectivo para apoyar políticas capitalistas no significa necesariamente que exista un incentivo individual para apoyarlas o votar por ellas, porque el voto de cada individuo tiene un efecto prácticamente insignificante (Caplan 2008). Además, el incentivo para apoyar políticas capitalistas es sólo uno entre muchos, y algunos incentivos favorecen políticas anticapitalistas. Los votantes de una democracia pueden apoyar, por ejemplo, políticas restrictivas de la inmigración incluso cuando la inmigración aporta beneficios económicos. También pueden votar contra el capitalismo por envidia, animadversión o como expresión de conflicto de clases (Schumpeter 2008). Los votantes pueden incluso desconocer cuáles son sus propios intereses (Mill 1861). Por ello, el deseo de crecimiento puede proporcionar únicamente un incentivo débil para votar a favor de políticas capitalistas. Sin embargo, sea débil o fuerte, es probable que el incentivo para apoyar políticas capitalistas en una democracia sea mayor que bajo otros sistemas de gobierno.
Esta objeción no es muy persuasiva. En las elecciones no se votan políticas concretas. Es un voto de confianza o desconfianza al actual gobierno.
... el crecimiento es la única vía por la que un grupo numeroso de personas puede enriquecerse. La redistribución puede enriquecer a una minoría a costa de la mayoría, pero no puede enriquecer a la mayoría a costa de una minoría. Por tanto, la única forma en que un gran grupo de votantes puede prosperar es mediante la adopción de políticas capitalistas. En cambio, en cualquier sistema en el que gobierne una pequeña minoría, la redistribución puede generar grandes fortunas para unos pocos. Mobutu Sese Seko, por ejemplo, acumuló una inmensa fortuna personal como presidente dictatorial de la República Democrática del Congo, uno de los países más pobres del mundo.
Un argumento estrechamente relacionado es que, en una democracia, la política no suele ser el camino hacia la riqueza. Personas ya ricas, como George Washington, Silvio Berlusconi o Donald Trump, pueden convertirse en políticos y utilizar el Estado para favorecer sus intereses económicos, pero pocos políticos se vuelven extraordinariamente ricos a través de la política, especialmente si se compara su riqueza con el poder que ejercen. El gobierno de los Estados Unidos gasta más de cinco billones de dólares al año y sólo una parte ínfima de esa cantidad es capturada por las élites políticas. Donald Trump pudo haber dirigido actividad gubernamental hacia sus hoteles, pero las cantidades implicadas eran insignificantes en comparación con los billones de dólares que moviliza el gobierno estadounidense. Además, las democracias han demostrado de forma convincente que estas normas e instituciones son estables y que incluso infracciones relativamente menores suelen ser mal vistas y, con frecuencia, perseguidas judicialmente.
Una democracia capitalista se beneficia de una especie de división del trabajo: la democracia deja claro que la vía hacia la riqueza no es la política, y el capitalismo deja claro que la vía hacia la riqueza son los mercados. Así, las democracias capitalistas orientan a quienes persiguen su interés económico personal hacia los mercados, donde es probable que sus acciones sean guiadas por la mano invisible hacia resultados socialmente beneficiosos, y no hacia aquellos ámbitos en los que el interés económico personal se traduce en búsqueda de rentas, monopolio y estancamiento. Un Estado socialista, por el contrario, no tiene otro lugar al que canalizar ese interés económico personal que el propio Estado.
Nuestra concepción de la democracia no es que constituya un método ideal para tomar decisiones; el teorema de imposibilidad de Arrow y la moderna economía política descartan esa visión. Más bien, sostenemos que las democracias tienden a evitar acontecimientos infrecuentes pero extremadamente perjudiciales. Amartya Sen (1999), por ejemplo, afirmó que «nunca se ha producido una hambruna en la historia del mundo en una democracia funcional». Tomada literalmente, esta afirmación es casi con toda seguridad falsa (Rubin 2015). Sin embargo, las hambrunas son menos probables en democracias funcionales, es decir, en democracias con elecciones competitivas y prensa libre (Burchi 2011; Besley y Burgess 2002). Dado que las hambrunas constituyen acontecimientos enormemente dañinos, ello representa un argumento importante en favor de la democracia. Bardhan (1999, p. 102) sostiene: «La democracia favorece el desarrollo mediante los mecanismos de rendición de cuentas que establece para limitar los abusos del poder ejecutivo y proporciona un sistema de sanciones periódicas frente a intervenciones gubernamentales indeseables en la economía y de recompensas para las intervenciones deseables... Los mecanismos de rendición de cuentas son especialmente importantes para evitar catástrofes»...
Las democracias tienen menos probabilidades de asesinar a sus propios ciudadanos y también menos probabilidades de asesinar a ciudadanos de otras democracias.
... Para Popper, la virtud de la democracia no radica en el «gobierno del pueblo», sino sencillamente en que proporciona un sistema de corrección pacífica de errores. Por ello establecía una conexión entre la democracia y el proceso científico. Nosotros añadiríamos el capitalismo a esa conexión. El sistema de beneficios y pérdidas propio del capitalismo es un procedimiento de corrección de errores análogo al voto y a la crítica científica....
El crecimiento capitalista requiere inversión, y la inversión requiere paz y estabilidad. Los inversores no desean invertir en tiempos y lugares en los que sus inversiones puedan ser destruidas o expropiadas. Como sostuvo Mises (1927): «No puede haber una mejora económica duradera si el curso pacífico de los acontecimientos se ve interrumpido continuamente…». Las democracias, en la medida en que incorporan múltiples actores con capacidad de veto, pueden ser también simplemente más lentas a la hora de introducir cambios. (Mokyr) Esa lentitud puede resultar perjudicial en determinadas circunstancias, pero la evidencia histórica reseñada anteriormente indica que, en conjunto, la estabilidad favorece el crecimiento a largo plazo. Algunos dictadores, como Pinochet en Chile o Museveni en Uganda, han ampliado la libertad económica, pero las promesas de los dictadores rara vez resultan creíbles. Por el contrario, las instituciones de las democracias liberales dificultan que los políticos cambien bruscamente de rumbo. En consecuencia, un mismo aumento de la libertad económica introducido en una democracia puede resultar más eficaz para generar crecimiento económico sostenido que si se produce bajo una dictadura. Por ello, las expectativas sobre las condiciones institucionales futuras son probablemente más estables en una democracia liberal que bajo un dictador liberal, lo que favorece un crecimiento más rápido.
Si una economía no crece, la única forma de que algunas personas se enriquezcan es que otras se empobrezcan. Una economía de suma cero genera una política conflictiva, e incluso puede desembocar en guerras civiles. Por el contrario, en una economía en crecimiento, la política puede centrarse en juegos de suma positiva, lo que contribuye a una mayor cohesión democrática y estabilidad (Friedman 2006).
El crecimiento casi siempre viene acompañado de «destrucción creativa», y la destrucción creativa en la economía implica que los grupos de interés tardan más tiempo en formarse y consolidarse (Olson 1982). Además, la destrucción creativa en la economía se refleja en desplazamientos del poder político, la aparición de nuevos grupos de interés, nuevos aliados y nuevos adversarios. La existencia de menos grupos de interés y de grupos más cambiantes da lugar a una política más fluida, lo que probablemente favorece tanto la democracia como el crecimiento económico (Olson 1982).
Del mismo modo, la inestabilidad de los grupos de interés puede producir una política más estable al recordar constantemente que mañana podrían ser necesarios nuevos aliados y que, por tanto, el compromiso y el juego limpio de hoy pueden dar frutos cuando las posiciones se inviertan.
... el capitalismo hace que los shocks exógenos resulten menos dañinos de lo que serían en otras circunstancias, reduciendo así las presiones a las que se enfrentan los sistemas democráticos durante las crisis.
(véase Lepsius)... (para que) la alternancia pacífica en el poder... funcione es necesario que quienes pierden acepten ceder el poder a quienes ganan. ¿Y por qué habrían de hacerlo? Si quienes pierden pueden confiar razonablemente en recuperar el poder en el futuro, entonces la alternancia política puede convertirse en un equilibrio autosostenido.
La mayoría de los votantes no exigirá una redistribución extrema si considera que la distribución existente es justa (Scheve y Stasavage 2017). Entre quienes sostienen que la democracia socava el capitalismo, los pensadores favorables al capitalismo temían la redistribución, mientras que los partidarios del socialismo la esperaban. Sin embargo, ambos grupos partían de la premisa de que existe una conexión mecánica entre desigualdad y redistribución, una conexión que ni resulta evidente en los datos ni viene exigida por la teoría. En particular, la ideología constituye una variable mediadora fundamental entre la desigualdad y la redistribución.

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