viernes, 4 de septiembre de 2026

Los aztecas y los romanos comparados o cómo los (buenos) profesores sólo tenemos una gran idea en toda nuestra vida



Yo creo que la idea más productiva y original de Walter Scheidel es la siguiente: lo que permitió a Roma hacerse dueña del mundo occidental durante centenares de años fue que, desde el siglo IV antes de Cristo, fue capaz de movilizar una proporción mayor de sus ciudadanos varones que cualquier otra ciudad-estado del Mediterráneo de la época (Escaping from Rome). Es decir, los ciudadanos romanos eran ciudadanos porque eran soldados, tenían skin in the game del éxito de la república romana y recibían tierras - parte del botín - tras el prolongado servicio militar. Pues bien, Scheidel ha ido elaborando, ampliando, matizando esta idea en muchos de sus trabajos con gran éxito y poder de convicción. Para ser un académico de prestigio te basta con tener una buena idea en toda tu carrera académica y trabajar mucho, antes y después de que se te ocurra la idea para hacerla productiva. Seguro que el lector está pensando en Coase, pero también podría intentarlo con las más grandes luminarias de la Historia. Los grandes pensadores, científicos e intelectuales han tenido, como el erizo de Arquíloco ("El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una sola y gran cosa"), una pero muy productiva gran idea. 

En los párrafos que siguen Scheidel aplica su gran idea para explicar por qué fue tan fácil a los conquistadores españoles acabar con el imperio azteca mientras que ni Pirro ni Anibal consiguieron acabar con - la todavía república de - Roma. Lo dijo Tito Livio: parece ser el destino de Roma perder muchas batallas pero ganar las guerras. Los romanos - la plebe -, explica Scheidel, eran ciudadanos. Los 'comunes' bajo los aztecas, no lo eran. Los romanos convirtieron en aliados - tras someterlos - a los pueblos vecinos, los aztecas los esclavizaron. Los romanos crearon una comunidad política con una amplia participación. Los aztecas separaron radicalmente a la nobleza de los 'comunes'

Sin comparar unos imperios con otros nunca podremos formarnos una idea adecuada de qué elementos son realmente importantes... una perspectiva comparativa constituye un antídoto muy valioso contra lo que podría llamarse «sesgo de visibilidad». Los historiadores especializados suelen tratar de reconstruir y comprender el pasado a partir de restos disponibles de los hechos que estudian. Los vestigios, ya sean objetos o determinadas clases de información textual, que son más abundantes o más llamativos que otros tienden a considerarse importantes, o al menos atraen mucha atención, por la sencilla razón de que permiten decir muchas cosas sobre ellos. El impulso natural del historiador consiste en otorgar prioridad a lo que ha sobrevivido y preocuparse menos por aquello que no ha dejado huella. Esto es perfectamente comprensible, pero también problemático en la medida en que condiciona las interpretaciones causales y las explicaciones. 

Por poner un ejemplo... en un volumen colectivo sobre regímenes fiscales y economía política de los estados tempranos de distintas partes del mundo, el principal especialista encargado del caso azteca señala la relativa escasez de estudios dedicados a esta cuestión, especialmente en lo relativo a la financiación de las campañas militares aztecas y a los mecanismos de recaudación tributaria. Desde una perspectiva comparativa, esta observación resulta llamativa porque esos temas ocupan un lugar central, y a menudo casi obsesivo, en la historiografía sobre la formación de los estados en la Europa medieval y moderna. Aunque esta diferencia pueda obedecer en gran medida a la distinta disponibilidad de pruebas, no puede concluirse legítimamente de ello que los mecanismos fiscales fueran menos importantes en México que en Europa ni que merezcan una atención menor. 

Pero ¿cómo se compara la ciudad-estado romana con las de los aztecas? Ambas comparten un rasgo fundamental: acabaron creando grandes imperios. Se trata de una evolución relativamente infrecuente, aunque no excepcional. Atenas, Cartago o la Venecia medieval y moderna ofrecen ejemplos comparables. En todos estos casos, una ciudad-estado lograba la hegemonía sobre otras ciudades del mismo conjunto antes de pasar a ejercer un dominio directo y expandirse más allá de su ámbito cultural original. Era una empresa notable, porque las distintas ciudades-estado tendían a vigilarse mutuamente y a impedir la aparición de un poder único. En algunos casos, como Cartago y en cierta medida incluso Roma, no sabemos con certeza cómo una ciudad logró imponerse a las demás. Las presiones exteriores constituyen el mecanismo explicativo más plausible: favorecieron la cooperación jerárquica frente al equilibrio de poderes, estimularon la formación de alianzas y facilitaron la aparición de hegemonías que más tarde se transformaron en dominio político. Atenas clásica y probablemente también Roma ilustran bien este proceso. De manera similar, la Triple Alianza formada por Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan se habría originado en la lucha contra los poderosos tepanecas de Azcapotzalco. 

Los imperios de ciudad-estado del Mediterráneo, como Atenas, Cartago, Roma o Venecia, compartían una marcada diferenciación entre sus núcleos ciudadanos y sus aliados o súbditos. Existen análogos funcionales en grupos conquistadores relativamente pequeños que carecían de una metrópoli fuerte y que se desplazaron hacia entornos ecológicos distintos, como los xiongnu, los mongoles o los manchúes en China, los árabes en Oriente Próximo o los mogoles en la India. Sin embargo, los imperios de ciudad-estado se distinguían porque conservaban un núcleo urbano consolidado que seguía ocupando una posición central. Cuantos más privilegios disfrutaban los miembros del grupo dominante, más diferente se concebía a la periferia subordinada. El estatus especial de los ciudadanos de Atenas, Cartago, la República romana o Venecia está bien documentado. En otras palabras, los imperios de ciudad-estado ilustran especialmente bien el modelo de una estructura centro-periferia en la que las distintas periferias apenas se relacionan entre sí y dependen directamente del núcleo dominante... la fuerte separación entre centro y periferia dificultaba la formación de una única clase dirigente integrada para todo el imperio. En algunos casos, como Atenas, los vínculos horizontales entre las élites ciudadanas y las provinciales siguieron siendo débiles; en otros, como el Imperio romano maduro, la exclusividad del núcleo original acabó erosionándose a medida que el poder imperial se difundía. 

El caso mexica difiere notablemente de este modelo. Carece de varios rasgos propios de la polis. En él encontramos una monarquía cada vez más poderosa y una nobleza hereditaria claramente definida por la ley y beneficiaria principal de la expansión imperial. Los nobles controlaban, al menos formalmente, el acceso de los comunes a la tierra y ejercían sobre ellos una autoridad directa. La situación era muy distinta de la de Atenas o de la Roma republicana durante sus periodos de expansión. Entre los aztecas no aparece una noción significativa de ciudadanía acompañada de privilegios colectivos. Cuando los comunes obtenían ventajas, éstas recaían en individuos que habían demostrado méritos militares extraordinarios, no en todos los miembros de una comunidad política por el simple hecho de pertenecer a ella. Por eso los aztecas, los mixtecos de Tututepec y los asirios constituyen un grupo de imperios surgidos de ciudades-estado que carecían de los rasgos característicos de los «imperios de ciudad-estado de ciudadanos». 

Los españoles aparecieron en México apenas noventa y un años después de la creación de la Triple Alianza en 1428. La expansión azteca avanzó por oleadas, aproximadamente entre 1430 y 1450, entre 1458 y 1468 y entre 1486 y 1502. En consecuencia, cuando llegaron los españoles en 1519, algunas regiones llevaban sometidas a los aztecas entre veinte y noventa años, y muchas de ellas apenas dos generaciones. Los aztecas controlaban alrededor de medio millón de kilómetros cuadrados y gobernaban a varios millones de personas sólo en el centro de México. A este respecto, la situación recuerda bastante a la de la República romana en el siglo II a. C., con una población comparable en el núcleo italiano y posesiones periféricas cada vez más extensas. Sin embargo, si se considera que la expansión imperial romana comenzó a principios del siglo IV a. C., Roma necesitó dos o incluso tres siglos para alcanzar una magnitud espacial y demográfica similar. 

Éste es, por tanto, el «Imperio romano» que debe utilizarse al comparar Roma con los aztecas. Existen diferencias importantes en materia de extracción de recursos. Mientras que la República romana reclutaba soldados entre ciudadanos y aliados pero recaudaba muy pocos impuestos o tributos en su núcleo italiano ampliado, los aztecas, además de movilizar tropas, buscaban ante todo tributos en especie. Roma invirtió más en colonias y carreteras que los aztecas. Asimismo, la estructura social y política era más jerárquica en México que en la Italia romana. 

Las dos entidades políticas también diferían en estabilidad. Las perturbaciones del sistema de alianzas romano se limitaron fundamentalmente a episodios de invasión extranjera y, por lo general, localizadas y relativamente fáciles de contener. En cambio, el Imperio azteca experimentó rebeliones y reconquistas con mayor frecuencia. Incluso teniendo en cuenta el impacto desigual de las «armas, gérmenes y acero», resulta instructivo comparar los resultados tan distintos de las invasiones de Pirro y Aníbal en Italia y de la conquista española en México. 

Durante buena parte del periodo republicano, la infraestructura gubernamental romana fue, si acaso, aún más modesta que la azteca. Sin embargo, la red de alianzas romana demostró ser más estable y resistente. Si se interpretara erróneamente la historia comparada como una mera búsqueda de similitudes, los imperios asirio y Zhou occidental proporcionarían probablemente los paralelos más próximos al estado azteca y a sus rasgos definitorios. 

¿Qué explica entonces esta diferencia? Entre las hipótesis plausibles figuran la minimización de la tributación directa en favor del servicio militar compartido; una mayor inversión en colonias y carreteras; y un ritmo de expansión más lento, que permitió consolidar mejor las conquistas.Después de todo, no sólo Roma, sino muchos imperios históricos, sucumbieron de manera parecida: los aqueménidas ante un único ejército macedonio, distintas dinastías chinas frente a xiongnu, mongoles y manchúes, estados indios frente a invasores procedentes del noroeste o los árabes frente a los turcos. En ninguno de estos casos los conquistadores disponían de una superioridad decisiva en potencia de fuego o metalurgia, ni contaban con la ventaja fortuita de enfermedades devastadoras propias. Imperios aparentemente poderosos mostraban con frecuencia una escasa capacidad de resistencia ante desafíos de este tipo. La cuestión, por tanto, es si el colapso azteca tuvo realmente algo de excepcional.

Scheidel, Walter, Rome, Tenochtitlan, and Beyond: Comparing Empires Across Space and Time (May 25, 2015).  

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