De mi propia vida
Mi predisposición por los estudios, mi sobriedad y esmero le dieron a mi familia la idea de que el derecho era una profesión adecuada para mí, pero yo siempre sentí una insuperable aversión por todo lo que no fuera la indagación filosófica y el aprendizaje en general; así, mientras ellos imaginaban que yo estudiaba minuciosamente a Voet y a Vinnius (dos juristas holandeses cuyos tratados de Derecho Romano se estudiaban en las facultades de Derecho del siglo XVIII en Escocia), en realidad Cicerón y Virgilio eran los autores que devoraba en secreto.
... En 1734 partí para Bristol con algunas recomendaciones de comerciantes eminentes, pero a los pocos meses descubrí que dicho ambiente era totalmente inapropiado para mí. Me dirigí a Francia con la intención de proseguir mis estudios en un retiro campestre y fue allí que puse en marcha el plan de vida al que firme y exitosamente me he ajustado. A fin de mantener a salvo mi independencia, resolví suplir la escasez de mi fortuna con una rígida frugalidad y considerar como desdeñable todo propósito excepto el perfeccionamiento de mis talentos literarios.
Durante mi retiro en Francia... redacté mi Tratado de la naturaleza humana. Después de pasar tres años muy agradables en ese país, volví a Londres en 1737; a finales de 1738 publiqué mi Tratado... Jamás hubo un esfuerzo literario más desafortunado... ni siquiera alcanzó la distinción de provocar el más leve murmullo por parte de los críticos. Pero, siendo yo por naturaleza de un temperamento alegre y sanguíneo, pronto me recuperé del golpe y proseguí mis estudios con gran entusiasmo en la provincia... con mi madre y con mi hermano, durante ese tiempo recuperé el conocimiento de la lengua griega que tanto había descuidado en mi primera juventud.
En 1745 recibí una carta del marqués de Annandale que me invitaba a vivir en su residencia en Inglaterra, supe también que los amigos y la familia de ese joven noble estaban deseosos de ponerlo bajo mi cuidado y dirección pues así lo requerían su estado mental y su salud (el marqués estaba bastante desquiciado) Viví allí doce meses, durante ese tiempo los ministerios que asumí incrementaron considerablemente mi pequeña fortuna. Recibí entonces una invitación del general St. Clair para ayudarlo como secretario en su expedición militar, la cual al principio iba a estar dirigida contra Canadá pero acabó siendo una incursión en la costa de Francia. Al año siguiente, a saber en 1747, recibí otra invitación del general para auxiliarlo en el mismo cargo, esta vez en su embajada militar ante las cortes de Viena y Turín. ... mis nombramientos, aunados a mi frugalidad, me hicieron acumular una fortuna que me hacía sentir independiente, aunque la mayoría de mis amigos esbozaba una sonrisa cuando lo decía, pues para entonces apenas poseía cerca de mil libras.
Siempre albergué la idea de que mi falta de éxito al publicar el Tratado de la naturaleza humana se debía más a la forma que al contenido y que era culpable de la muy común imprudencia de acudir demasiado rápido a la imprenta. De ahí que rehiciera la primera parte de ese trabajo en la Investigación sobre el entendimiento humano que fue publicada mientras yo estaba en Turín, pero esta obra fue, al principio, apenas más exitosa que el Tratado de la naturaleza humana. ... Una nueva edición que ya había sido publicada en Londres de mis Ensayos morales y políticos tampoco tuvo mejor suerte.
Tal es la fuerza del temperamento natural que estas decepciones hicieron poca o ninguna mella en mí. Regresé en 1749 y viví dos años con mi hermano en su casa de campo, pues mi madre ya había muerto para entonces; compuse allí la segunda parte de mis Ensayos, a la que llamé Discursos políticos, así como mi Investigación sobre los principios de la moral —otra sección de mi Tratado a la que le di una nueva forma—. Mientras tanto, mi editor, A. Millar, me informó que mis publicaciones previas (todas menos mi desafortunado Tratado) empezaban a ser tema de conversación y que sus ventas aumentaban gradualmente y se pedían nuevas ediciones. En un año se publicaron dos o tres respuestas, escritas por reverendos e ilustrísimas, y también me enteré, por conducto del Dr. Warburton, de que por fin los libros empezaban a ser apreciados en círculos selectos. Sin embargo, yo había tomado la firme resolución —que mantuve inflexiblemente— de nunca contestarle a nadie; puesto que no soy de un temperamento particularmente irascible, siempre he permanecido con facilidad apartado de todas las disputas literarias. Estos indicios de una creciente reputación me animaron: siempre fui más afecto a mirar el lado favorable de las cosas que el desfavorable, éste es un rasgo mental que es mejor poseer que el haber nacido con una propiedad de diez mil libras al año.
En 1751 decidí mudarme del campo a la ciudad, el verdadero escenario para un hombre de letras. En 1752 se publicaron en Edimburgo, donde entonces vivía, mis Discursos políticos, el único de mis trabajos que tuvo éxito desde su primera publicación; fue bien recibido tanto en mi país como en el extranjero.
En el mismo año se publicó en Londres mi Investigación sobre los principios de la moral, la cual, en mi opinión —si bien no debería yo juzgar sobre esta cuestión— es, con mucho, la mejor de todas mis obras históricas, filosóficas o literarias; sin embargo, llegó inadvertida e ignorada al mundo.
En 1752, la Facultad de Derecho me eligió como su bibliotecario, un empleo por el cual recibí poca o ninguna remuneración pero que me puso en mis manos una gran biblioteca. Concebí entonces el proyecto de escribir la Historia de Inglaterra, pero como me aterró la idea de llevar a cabo una narración que habría de comprender un periodo de 1700 años, comencé con la subida de la dinastía de los Estuardo, una época en la que, pensé, empezaron a producirse propiamente hablando las tergiversaciones en cuanto a facciones políticas. Estaba, lo confieso, particularmente entusiasmado por mis expectativas de éxito de esta obra: pensé que yo era el único historiador que había simultáneamente desdeñado, por una parte, el poder, los intereses y la autoridad actuales y, por la otra, el clamor de los prejuicios populares; además, como el tema era accesible a cualquier inteligencia, ya me esperaba yo la aclamación correspondiente. Pero cuán desdichada no sería mi desilusión: fui embestido por un clamor de reproches, condenas y hasta odios; ingleses, escoceses e irlandeses, whigs y tories, clérigos y sectarios, librepensadores y religionistas, patriotas y cortesanos, unieron su rabia contra el hombre que había osado verter una misericordiosa lágrima por el destino de Carlos I y del conde de Strafford.
Lo que más me mortificó fue que, una vez apagados los primeros arrebatos de furia, el libro pareció hundirse en el olvido. El Sr. Millar me dijo que en doce meses había vendido tan sólo cuarenta y cinco ejemplares, en todo Inglaterra, Escocia o Irlanda apenas supe de algún hombre —que pudiera ser considerado culto o de rango— que tolerara el libro; debo exceptuar únicamente al primado de Inglaterra, el Dr. Herring y al primado de Irlanda, el Dr. Stone: estos dignos prelados fueron dos raras excepciones y me enviaron, por separado, mensajes diciéndome que no me desanimara.
... publiqué en Londres mi Historia natural de la religión junto con algunas otras breves obras: su publicación pasó más bien desapercibida, excepto por un panfleto que escribió el Dr. Hurd en su contra, con toda la mezquina petulancia, la arrogancia y la insolencia propias de la escuela de Warburton; este panfleto añadía un poco de consuelo a lo que, por lo demás, fue una indiferente recepción de mi obra.
En 1756, dos años después del tropiezo del primer volumen, se publicó el segundo volumen de mi Historia que abarcaba el periodo entre la muerte de Carlos I y la Revolución. Ocurrió que este trabajo, que causó menos disgusto a los whigs, tuvo mejor recibimiento: este volumen no sólo encontró su lugar en el público, sino que ayudó a sacar adelante a su infortunado hermano...
En 1759 publiqué mi Historia de la dinastía Tudor; el clamor en contra de esta obra fue casi igual al que suscitó el volumen sobre los dos primeros Estuardos; la sección sobre el reinado de Isabel resultó particularmente molesta. Pero para entonces yo ya era insensible a los efectos del arrebato público de manera que seguí apaciblemente y muy contento en mi retiro en Edimburgo hasta terminar, en dos volúmenes, la primera parte de la Historia inglesa, que entregué al público en 1761 y que tuvo un éxito tolerable y nada más que eso.
Pero, a pesar de esta variedad de vientos y estaciones a la que mis escritos habían sido sometidos, de todos modos éstos habían seguido abriéndose camino, de manera que los derechos de autor que me daban los editores excedían, con mucho, cualquier noticia que se hubiera tenido de ello antes en Inglaterra. Me había vuelto no sólo independiente, sino opulento. Me retiré a mi tierra natal de Escocia determinado a nunca más poner un pie fuera de ella y con la satisfacción de no haber cedido nunca a las exigencias de ningún hombre importante o haber hecho propuestas de amistad a ninguno de ellos. Como ya había cumplido los 50 años, pensaba pasar el resto de mi vida en ese estilo filosófico, cuando recibí, en 1763, una invitación del conde de Hertford... para que lo asistiera en su embajada en París con la perspectiva de pronto ser nombrado… secretario de la embajada y, mientras tanto, realizar las funciones de éste. Aunque tentado, rechacé al principio la oferta, tanto porque me resistía a iniciar relaciones con los grandes como porque temía que las amenidades y la alegre compañía de París pudieran resultar desagradables para una persona de mi edad y humor; pero como su señoría me volvió a invitar, acepté....
Aquellos que no han visto los extraños efectos de las modas nunca imaginarán la recepción que se me deparó en París, por parte de hombres y de mujeres de todos los linajes y rangos. Entre más me resistía a sus excesivas amabilidades, más me abrumaban con ellas. Vivir en París, no obstante, produce una verdadera satisfacción por la gran cantidad de gente inteligente, conocedora y educada que abunda en esa ciudad, muy por encima de cualquier otro lugar en el universo. Incluso pensé, en alguna ocasión, establecerme allí de por vida.
Fui nombrado secretario de la embajada y, en el verano de 1765, lord Hertford tuvo que partir, pues fue designado lord teniente de Irlanda; yo quedé como chargé d’affaires hasta la llegada del duque de Richmond hacia finales del año. A principios de 1766 dejé París y al siguiente verano me fui a Edimburgo, con la misma idea de antaño de enterrarme en un retiro filosófico. No regresé más rico de lo que era cuando me fui, pero sí con mucho más dinero y con un mucho mayor ingreso debido a la amistad de lord Hertford; entonces tuve el deseo de probar lo que la abundancia podía proporcionar, del mismo modo como anteriormente había hecho el experimento de la austeridad. Pero en 1767 recibí del Sr. Conway una invitación para ser subsecretario y, tanto por la calidad de la persona como por mis conexiones con lord Hertford, no podía rechazar dicha invitación. Regresé a Edimburgo en 1769, ahora muy acaudalado —pues poseía una renta de 1.000 libras al año—, en buena salud y, aunque algo entrado en años, con la perspectiva de disfrutar por mucho tiempo mi bienestar y de contemplar el incremento de mi reputación.
En la primavera de 1775 me vi afectado por un desorden intestinal que al principio no me alarmó, pero que luego se volvió, como después me enteré, mortal e incurable. Preveo ahora una pronta decadencia; he padecido muy poco dolor por mi mal y, lo que es más extraño, nunca he sufrido —a pesar del gran deterioro de mi persona— un solo momento de abatimiento de ánimo; al grado de que, si tuviera que escoger el periodo de mi vida que elegiría vivir de nuevo, estaría tentado a escoger este último periodo. Tengo la misma energía de siempre para el estudio y la misma jovialidad cuando estoy en compañía. Considero, además, que un hombre de 65 años, al morir, tan sólo suprime unos cuantos años de achaques y, aunque veo que por fin emergen con mayor lustre muchas manifestaciones de mi reputación literaria, sé que no tengo más que unos cuantos años para disfrutarla. Es difícil estar más desprendido de la vida de lo que lo estoy en la actualidad.
Para concluir históricamente con mi propio personaje: soy, o más bien fui... un hombre de disposición apacible, de temperamento controlado, de humor abierto, social y alegre, capaz de sentirme vinculado afectivamente, pero poco susceptible a la enemistad y de gran moderación en todas mis pasiones. Inclusive mi amor por la fama literaria, mi pasión dominante, nunca amargó mi carácter a pesar de las frecuentes decepciones. Mi trato nunca resultó inaceptable para los jóvenes despreocupados, como tampoco para los estudiosos y los hombres de letras; y dado que sentí un gusto especial por la compañía de las mujeres modestas, no hubo razón para sentirme descontento por el recibimiento que de ellas obtuve.
En pocas palabras, aunque la mayoría de los hombres que son de una u otra manera eminentes han hallado razones para quejarse de calumnias, yo nunca fui alcanzado —o incluso atacado— por su diente malsano: aunque deliberadamente me expuse a la rabia de facciones tanto civiles como religiosas, éstas parecían quedar desarmadas ante mí de su descontrolada furia. Mis amigos nunca tuvieron la ocasión de vengar ningún suceso concerniente a mi persona ni a mi conducta; no es que los críticos, como bien podemos suponer, no hubieran estado encantados de inventar y propagar cualquier historia desventajosa para mí, sino que no pudieron encontrar ninguna que tuviera la apariencia de probable.
De la Presentación de Nydia Lara Zavala
Cuatro pasajes importantes de la vida del filósofo quedaron fuera de su autobiografía...
El primero de ellos ocurrió entre 1744 y 1745.... John Coutts, que era en ese momento lord preboste de Edimburgo y muy amigo de Hume, lo apoyó para ocupar la cátedra vacante y personalmente introdujo su candidatura al consejo. Desafortunadamente, Pringle no presentó su renuncia sino hasta 1745, justo en el momento en que Coutts tuvo que dejar su influyente puesto. En realidad, Hume no tenía un rival de su altura, pero sus enemigos, viendo el terreno libre para oponerse a él sin la protección de Coutts, utilizaron varias tesis de su Tratado para impedir su entrada a la universidad. ... Hume escribió un folleto anónimo titulado Carta de un gentilhombre a su amigo de Edimburgo, con algunas observaciones sobre la especie de principios concernientes a la religión y la moral que se dice fueron sostenidos en un libro publicado con el título Tratado de la naturaleza humana, etc. En este documento Hume responde punto por punto a las objeciones de las supuestas “proposiciones peligrosas”; el folleto no tuvo el impacto que Hume esperaba y finalmente Wishart logró que lo rechazaran y se otorgara la cátedra a William Cleghorn, un personaje menor que había hecho el papel de suplente en la ausencia de Pringle. Decepcionado, acabó por aceptar el trabajo como tutor del desafortunado marqués de Annandale, episodio que sí se menciona en su autobiografía.
El segundo pasaje ausente se refiere a una historia semejante que aconteció entre 1751 y 1752. Adam Smith dejó la cátedra de Lógica para sustituir a Franz Hutcheson en la de Filosofía Moral en la Universidad de Glasgow. Los dos insignes profesores apoyaron a Hume para tomar la cátedra que Smith dejaba vacante, pero los enemigos de Hume abiertamente se opusieron y nuevamente perdió la posibilidad de introducirse en el medio académico...
El tercer pasaje omitido en la autobiografía se inicia en 1761, cuando Hume recibe una carta de la condesa de Boufflers, una de las damas más famosas de la corte de Francia no sólo por su belleza sino también por su inteligencia;
en esa misiva expresa la admiración que tiene por la obra del filósofo de tal manera que Hume decide mantener con ella una profusa correspondencia. En 1763, apenas terminada la Guerra de los Siete Años, nombran al conde Hertford embajador de la corte de Francia; le asignan un secretario oficial, pero Hertford lo rechaza; la condesa de Boufflers, amante en ese entonces del príncipe de Conti, tercero en importancia del reino de Francia, usa sus influencias para recomendar a Hume en el puesto de secretario. Hertford no conocía personalmente a Hume, pero había oído de su obra. Era un hombre piadoso y no le hacía muy feliz tomar a su servicio al reconocido filósofo ateo. Sin embargo, bajo la presión de las recomendaciones de la condesa y del príncipe sintió que no tenía más remedio que aceptar. Una vez en Francia, la amistad entre Hume y la condesa se transformó en un tórrido romance; Hume se enamoró de esa mujer como de ninguna otra. V. C. Chappell nos comenta que la condesa enviudó y Hume le propuso matrimonio; pero la dama era ambiciosa y prefirió casarse con el príncipe Conti; así, ella terminó su relación con Hume, quien casi enloqueció. Lo más doloroso del caso fue que al final ella no logró su cometido. Decepcionado por su fracaso amoroso, Hume regresó a Escocia, pero la relación epistolar entre ellos se mantuvo durante toda la vida del filósofo. Una semana antes de morir él todavía le escribió: "Veo a la muerte aproximarse gradualmente, sin angustia ni lamentos: la saludo a Usted, pues, por última vez con gran afecto y respeto".
El penoso cuarto pasaje ausente n la autobiografía se refiere a la relación de Hume con... Jean-Jacques Rousseau. Se conocieron a través de la condesa de Boufflers que era amiga y protectora de Rousseau. Hume lo quiso entrañablemente, quizá por su genio y tal vez porque representaba un fenómeno intelectual que contradecía todas sus tesis empíricas en torno a la adquisición del gusto por el arte y la capacidad literaria. “Mi alumno”, como cariñosamente lo llamaba a pesar de ser sólo un año menor que él, en verdad era lo opuesto de Hume. Un hombre paranoico, pasional, prejuicioso, inculto, que siempre tenía problemas con toda la humanidad...
Cuando Hume lo conoció, Rousseau ya había sido expulsado de Suiza y en ese momento tenía severos problemas en París. Los dos filósofos pronto se hicieron muy buenos amigos a pesar de que mucha gente le advertía a Hume lo poco conveniente de esa amistad. No obstante, con su típica generosidad, Hume le brindó ayuda para que pudiera irse a Inglaterra en 1766 y movió cielo, mar y tierra para que el rey Jorge III le asignara una pensión. Le consiguió casa y transporte, pero al final, la amistad, como era previsto, no sólo no duró mucho sino que acabó en una violenta pelea...
A los pocos meses de vivir en Inglaterra, Rousseau le envió una furibunda carta a Hume acusándolo de haber escrito una sátira en su contra;... Hume no tenía nada que ver con ello. ... Hume respondió a sus injurias con más injurias; totalmente fuera de control su rabia, no se conformó con eso y envió cartas contando lo sucedido a varios de los enemigos de Rousseau.... Hume, con el ánimo de arreglarlas, escribió un pequeño artículo, que publicó D’Alembert, en el que explicaba el suceso de manera más calmada y juiciosa, pero el lío se empeoró... Rousseau... abandonó Inglaterra en la primavera de 1767... Vapuleado por amigos y enemigos, Hume optó finalmente por guardar silencio.
La Carta de Adam Smith a William Strahan, el editor de Hume, tras la muerte de éste
... Su alegría era tan grande y su conversación y entretenimiento se mantenían en un ritmo tan normal que, a pesar de todos los malos síntomas, mucha gente no creía que estaba muriendo:
—Le diré a su amigo, el coronel Edmonstone —le dijo el doctor Dundas un día— que lo dejo mucho mejor y en vías de recuperación.
—Doctor —le dijo él—, como yo creo que usted no elegiría decir nada que no fuera la verdad, sería mejor que le dijera que estoy muriendo tan rápido como mis enemigos, en caso de tenerlos, lo desearían y de modo tan aliviado y alegre como mis mejores amigos lo pudieran anhelar.
... . La magnanimidad y firmeza del Sr. Hume fue tal, que sus más queridos amigos sabían que no arriesgaban nada al hablarle o escribirle como a un hombre agonizante y que, lejos de sentirse herido por su franqueza, más bien se sentía complacido y halagado con ello. Sucedió que yo entré a su habitación... Le dije que, aunque notaba cuánto se estaba debilitando y, a juzgar por las apariencias, se hallaba muy mal en muchos sentidos, como su alegría aún era tan grande y el espíritu vital aún se veía tan fuerte en él, no podía yo evitar albergar una débil esperanza. Él contestó:
—Sus esperanzas son infundadas... Cuando me acuesto en la noche, me siento más débil que cuando me levanto en la mañana, y cuando me levanto en la mañana, más débil que cuando me acosté en la noche anterior. Siento, además, que algunas de mis partes vitales ya están afectadas, por lo que pronto moriré.
—Bien —dije—, si así debe ser, al menos tiene la satisfacción de dejar a todos sus amigos, a la familia de su hermano en particular, en gran prosperidad.
Él dijo que sentía esa satisfacción tan profundamente, que cuando estaba leyendo unos días antes los Diálogos de los muertos de Luciano de Samosata, de entre todas las excusas que se alegan a Caronte para no entrar de inmediato en su barca, él no pudo encontrar ninguna que le viniera bien: no tenía una casa por terminar, ni tenía una hija que procurar, ni un enemigo del que deseara vengarse.
—No puedo imaginar —dijo— qué excusa inventar a Caronte para conseguir de él un poco más de tiempo. He hecho todo lo importante que alguna vez quise hacer en la vida y no podría suponer, en ningún momento, que dejaría a mis conocidos y amigos en una mejor situación que en la que probablemente los dejo ahora; tengo, por lo tanto, razones de sobra para morir contento.
Luego se entretuvo inventando varias excusas jocosas que, supuso, podría darle a Caronte e imaginó las hoscas respuestas que éste a su vez, por su carácter, podría dar.
—Después de largas consideraciones pienso —dijo— que debo decirle: «Buen Caronte, he estado corrigiendo mis trabajos para una nueva edición, dame un poco más de tiempo para que pueda ver cómo recibe el público esos cambios», pero Caronte contestaría: «Cuando hayas visto cómo fue acogida tu obra revisada, querrás hacer más revisiones y la excusa no tendría fin; así que, mi honesto amigo, hazme el favor de entrar a la barca»; pero yo todavía podría insistir: «Ten un poco de paciencia, buen Caronte, me he esforzado por abrir los ojos del público. Si vivo unos años más, podré tener la satisfacción de ver caer algunos de los supersticiosos sistemas que prevalecen», pero Caronte entonces perdería la paciencia e incluso la decencia: «Bribón, eso no pasará en muchos cientos de años, ¿te imaginas que te concederé un periodo tan largo? Entra a la barca en este instante, perezoso bribón».
Pero, aunque el Sr. Hume siempre habló de su próxima desaparición con gran alegría, nunca fue afecto a hacer alarde de magnanimidad. Nunca mencionaba el asunto, salvo cuando la conversación naturalmente llevaba a ello y nunca lo discutía más tiempo del que requería el curso mismo de la conversación; sin duda esto ocurría con bastante frecuencia debido a las preguntas que sus amigos, que veían a verlo a menudo, naturalmente hacían acerca de su salud. La conversación que mencioné más arriba y que ocurrió el jueves 8 de agosto fue la penúltima que tuve con él.... Por su propio deseo... acordé dejar Edimburgo, donde en parte me estaba quedando por él y regresé a la casa de mi madre en Kirkaldy; esto con la condición de que mandaría por mí cuando él quisiera verme y, mientras tanto, el médico que lo veía con mayor frecuencia, el doctor Black, se comprometía a escribirme de vez en cuando para informarme sobre su estado de salud. El 22 de agosto, el doctor me escribió la siguiente carta: 'Desde mi última, el Sr. Hume ha pasado su tiempo de manera bastante tranquila, pero está muy débil. Se levanta, baja las escaleras una vez al día y se entretiene leyendo; no obstante, rara vez ve a alguien. La conversación con sus más íntimos amigos lo fatiga y agota; es una fortuna que no los necesite porque está bastante libre de ansiedad, de impaciencia o de depresión y pasa el tiempo razonablemente bien con la ayuda de los libros'
Al día siguiente recibí una carta dictada por el mismo Sr. Hume, de la cual hago un extracto a continuación: Edimburgo, 23 de agosto de 1776 Mi muy querido amigo: Me veo en la necesidad de hacer uso de la mano de mi sobrino para escribirle, ya que hoy no he podido levantarme […] empeoro muy rápidamente y anoche tuve un poco de fiebre, tenía la esperanza de que ésta acelerara el periodo de mi tediosa enfermedad, pero desafortunadamente ha cedido en gran medida. No puedo aceptar que venga usted hasta aquí para verme, ya que sólo me sería posible concederle breves momentos del día, pero el doctor Black puede informarle mejor acerca del grado de fortaleza que de tiempo en tiempo conservo conmigo. Adiós, etc.
Tres días más tarde recibí la siguiente carta del doctor Back: Edimburgo, lunes 26 de agosto de 1776 Estimado señor: Ayer, alrededor de las cuatro de la tarde, el Sr. Hume expiró. ... Pensé que era inapropiado escribirle para que viniera, sobre todo porque oí que él había dictado una carta expresándole su deseo de que no lo hiciera....
Así murió nuestro más excelente e inolvidable amigo; en lo que concierne a sus opiniones filosóficas los hombres, sin duda, lo juzgarán de manera muy diversa, cada uno aceptándolo o rechazándolo según coincidan o discrepen de las propias; pero, en lo que concierne a su carácter y conducta, difícilmente podría haber alguna diferencia de opinión. Su temple, en verdad, fue el más alegremente equilibrado -si se me permite semejante expresión- que quizá el de cualquier otro hombre que yo haya conocido jamás. Incluso durante las más adversas condiciones de su fortuna, su grande e inevitable frugalidad nunca le impidió practicar, en las ocasiones apropiadas, actos tanto de caridad como de generosidad. Era una frugalidad fundada no en la avaricia sino en el amor a la independencia. La extrema gentileza de su naturaleza nunca debilitó ni la estabilidad de su mente, ni la firmeza de sus resoluciones. Sus constantes bromas eran la genuina expresión de su buena naturaleza y de su buen humor, templada por la delicadeza, la modestia y sin el menor asomo de esa maldad que tan a menudo es fuente desagradable de lo que en otros hombres se llama ingenio. Nunca tuvieron sus bromas la intención de mortificar y, por lo tanto, lejos de ser ofensivas, prácticamente nunca dejaron de agradar y encantar, incluso a aquellos que eran el blanco de las mismas. Para sus amigos, frecuente objeto de sus bromas, quizá no había ninguna entre todas sus grandes y amables cualidades que contribuyera tanto a hacer agradable su conversación. Esa ligereza de temperamento, tan grata en sociedad pero que normalmente va acompañada de frivolidad y cualidades superficiales, en él estaba asistida por la más severa aplicación, el más extenso aprendizaje, el pensamiento más profundo y la mayor capacidad, en todos los aspectos, de penetración. En suma, siempre lo consideré, durante su vida y desde su muerte, como alguien que se aproximó tanto a la idea del hombre absolutamente sabio y virtuoso como quizá la débil naturaleza humana lo permita.
Un filósofo caracteriza a un filósofo (el texto de Hume sobre Rousseau)
al reverendo Hugh Blair.
Lisle Street, Leicester Fields 25 de marzo de 1766
Estimado doctor:
Le he planteado al Sr. Rousseau la pregunta que usted me hizo; me contestó que la historia de su Héloïse tiene algunas semejanzas generales, aunque distantes, con la realidad; éstas fueron suficientes para alentar su imaginación y ayudar a su invención pero las circunstancias más importantes son ficticias. Por mi parte, yo oí en Francia que Rousseau fue contratado para enseñarle música a una joven dama, una pensionista en un convento de Lyón, y que el maestro y la estudiante se enamoraron uno del otro pero el romance no tuvo mayores consecuencias. Pienso que este libro es una obra maestra, aunque él mismo me dijo que valora mucho más su Contrat social, lo cual es un juicio tan absurdo como el de Milton, que prefería el Paraíso recuperado a todas sus otras obras.
Este hombre, el más peculiar de todos los seres humanos, por fin me ha dejado y tengo muy pocas esperanzas de que alguna vez en el futuro pueda disfrutar de su compañía; aunque él dice que, si me establezco en Londres o Edimburgo, él haría un viaje a pie cada año para visitarme. El Sr. Davenport, un caballero de 5 ó 6000 libras en el norte de Inglaterra, hombre de gran humanismo y de muy buen entender, se ha hecho cargo de él. Tiene una casa llamada Wooton en la punta de Derby, situada entre montañas, rocas, arroyos y bosques, que conviene a la salvaje imaginación y al solitario humor de Rousseau; como el dueño rara vez la habitaba y sólo mantenía una austera mesa para algunos sirvientes, me ofreció dársela a mi amigo. Acepté bajo la condición de que la tomara por 30 libras al año, como pago de hospedaje, para él y para su gouvernante, que es una mujer de una naturaleza tan buena que lo aceptó. Rousseau tiene una renta de alrededor de 80 libras al año que ha obtenido por contratos con sus vendedores de libros y por una anualidad de por vida de 25 libras al año que aceptó del lord mariscal (éste es el único hombre que hasta ahora ha sido capaz de hacerlo aceptar dinero).
... Él había resuelto partir con su gouvernante en una diligencia, pero Davenport, con el deseo de hacerle una amable trampa y ahorrarle algo de dinero, le dijo que había encontrado una diligencia de regreso al lugar, misma que podría tomar por un costo mínimo y que, por suerte, salía exactamente el día en que Rousseau planeaba partir. El plan de Davenport era rentar la diligencia y hacerle creer la historia; al principio tuvo éxito, pero Rousseau, después de considerar detenidamente las circunstancias, empezó a abrigar sospechas del truco. Me comunicó sus dudas y se quejó de que era tratado como un niño, que aunque era pobre él prefería adaptarse a sus circunstancias y no vivir de limosnas como un mendigo, que era muy infeliz por no hablar la lengua con familiaridad para, así, poder resguardarse de estos abusos. Le dije que yo ignoraba el asunto y que no sabía más que lo que me había dicho el Sr. Davenport, pero que si él lo deseaba podría hacer averiguaciones al respecto.
—No me digas eso —replicó—, si esto realmente es una invención de Davenport, tú estás enterado de ello y lo has permitido; no has podido darme mayor disgusto que éste.
A partir de entonces se sentó muy malhumorado y permaneció callado; todos mis esfuerzos para reanimar la conversación y pasar a otros temas fueron vanos: me contestaba seca y fríamente. Al fin, después de que pasó cerca de una hora con ese mal humor, se levantó, caminó por el cuarto. Juzgue usted cuál sería mi sorpresa, cuando de pronto se sentó en mis rodillas, pasó sus brazos alrededor de mi cuello, me besó de la manera más tierna y cubriendo mi cara de lágrimas, exclamó:
—Quizás nunca podrás perdonarme, querido amigo; después de todas las pruebas de afecto que he recibido de ti, te recompenso ahora con este tonto e inapropiado comportamiento, pero a pesar de todo quiero decirte que tengo un corazón digno de tu amistad: te quiero, te estimo y no paso por alto ninguna de tus amabilidades.
Espero que no tenga usted una mala opinión de mí y piense que no consiguió enternecerme: le aseguro que lo besé y lo abracé veinte veces con una abundante efusión de lágrimas; creo que ninguna escena de mi vida ha sido más conmovedora.
Ahora entiendo perfectamente la aversión de Rousseau por la compañía —cosa que parecería tan sorprendente en un hombre tan bien dotado para disfrutar de ella y que el resto de las personas ha considerado una mera afectación de su parte—. Tiene ataques frecuentes y largos de mal humor por el estado de su mente o de su cuerpo (llámelo usted como mejor le parezca) y por la extrema sensibilidad de su temperamento. Cuando está en ese humor, la compañía le resulta un tormento; cuando su espíritu, su salud y su buen humor regresan, su imaginación le proporciona tantas y tan agradables ocupaciones, que sacarlo de allí le causa inquietud. Incluso escribir libros, me dijo, dado que implica limitar o restringir su imaginación a un solo tema, no le parece un entretenimiento agradable. Él no escribiría nunca más —y nunca lo hubiera hecho— si pudiera dormir en las noches, pero normalmente se mantiene despierto y, para evitar el cansancio, compone algo que luego escribe al levantarse; me aseguró que redacta muy despacio y de una manera muy laboriosa y difícil.
Es, por naturaleza, muy modesto e incluso ignorante de su propia superioridad; su fuego, que frecuentemente surge en la conversación, es gentil y temperado; nunca es en lo más mínimo arrogante ni dominante. Se trata sin duda de uno de los hombres más educados que he conocido jamás. Le voy a dar un ejemplo de su modestia que necesariamente tiene que ser fidedigno: cuando estábamos en el camino le recomendé que aprendiera inglés, ya que sin él, le dije, nunca podría disfrutar de entera libertad, ser totalmente independiente o sentirse a su entera disposición. Él se dio cuenta de que yo tenía razón y me dijo que había oído que existían dos traducciones al inglés de su Émile; las conseguiría tan pronto llegáramos a Londres y, como conocía el tema, no tendría más problema que aprender o suponer el significado de las palabras; esto lo ayudaría a evitar el esfuerzo de consultar el diccionario y, mientras progresaba, le divertiría comparar las traducciones y juzgar cuál era la mejor. En tal acuerdo, poco después de que llegamos yo le procuré los libros, pero me los regresó a los pocos días diciendo que no le serían útiles.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—No los soporto —me contestó—, son mi propio trabajo y una vez que publico mis libros ya nunca puedo abrir o leer una página de ellos sin disgusto.
—Me parece extraño —le dije—, pensé que el buen recibimiento que han tenido por todas partes te harían sentir muy orgulloso de ellos.
—¡Qué va! —me dijo—, si me pusiera a contar votos, habría quizá más en contra que a favor.
—Pero —argumenté—, no es posible que el estilo, la elocuencia y los ornamentos no te agraden.
—Para decirte la verdad —me dijo—, no me siento a disgusto conmigo mismo en ese aspecto, pero aún temo que mis escritos no sean buenos en cuanto al contenido y que todas mis teorías estén llenas de extravagancias.
Vea usted, esto es juzgarse a sí mismo con la mayor severidad y censurar los escritos propios precisamente desde el aspecto en el que están más expuestos a la crítica.,,
Los últimos días de David Hume, en Engelsberg Ideas, 25 de agosto de 2026, Max Skjönsberg
Existe una narrativa alternativa sobre los últimos días de Hume, explorada recientemente en The Political Thought of David Hume (2024) de Aaron Alexander Zubia, en la que la muerte de Hume fue menos tranquila. Según las Memorias de Robert Haldane (1852) de Alexander Haldane, una mujer, posiblemente ama de llaves de Hume, sostenía que 'el señor Hume era alegre incluso hasta la frivolidad, pero que cuando estaba solo a menudo se veía abrumado por una tristeza indescriptible y, en sus horas de depresión, había declarado que había estado buscando la luz toda su vida, pero que ahora estaba en una oscuridad mayor que nunca.' El Christian Observer (1831) informó que la ama de llaves de Hume había dicho que él tenía miedo de estar solo ni un solo minuto durante el tiempo anterior a su muerte. Según esta narrativa alternativa, Zubia escribe: 'La ignominiosa y temible muerte de Hume demostró que no hay sustituto para la religión, que es indispensable para una vida noble y una muerte noble.'
Como reconoce Zubia, no podemos decir con absoluta certeza cuál explicación es verdadera. Ambos relatos son, en cierta medida, míticos, aunque hay mucha más y una mayor variedad de pruebas del lado del relato oficial de Hume y Smith.
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