En la Atenas de los siglos V y IV a. C., las estimaciones modernas tienden a situar la proporción entre personas libres y esclavos en dos a uno, lo que implicaría que estos últimos representaban cerca de la mitad de la población trabajadora si, como parece probable, entre ellos estaban sobrerrepresentados los varones adultos. La proporción era menor en el Imperio romano durante su apogeo, en los siglos I y II d. C.: quizá un 20 % en Italia, menos de un 10 % en Egipto y alrededor de un 10 % en el conjunto del Imperio. También es probable que la proporción entre hombres y mujeres estuviera más equilibrada, pues la reproducción natural había adquirido mayor importancia.
Los esclavos grecorromanos realizaban actividades mucho más variadas y participaban en un mercado de trabajo integrado. Podían cambiar de ocupación, recibir una parte de los ingresos que generaban y acumular bienes en forma de peculium, nombre que el Derecho romano daba al patrimonio de los miembros subordinados de la familia. Se ha señalado incluso que algunos esclavos romanos controlaban a otros esclavos como parte de su peculium. En ocasiones, se educaba a determinados esclavos con la intención de venderlos después a un precio más elevado. Aunque se desconoce la frecuencia general de las manumisiones, las pruebas muestran que no era infrecuente que los esclavos obtuvieran la libertad, bien como recompensa, al menos en parte para incentivar un mejor desempeño y reducir el riesgo de fuga o abandono, bien mediante la utilización de los bienes acumulados en su peculium para comprarla. Por ejemplo, en las declaraciones censales conservadas del Egipto romano, que registran la edad de 118 esclavos, no aparece ningún esclavo varón mayor de 32 años...
... La teoría económica permite esperar una relación aproximadamente lineal entre los salarios de los trabajadores libres y el precio de los esclavos, semejante a la estrecha correlación que se observa entre las rentas de alquiler y los precios inmobiliarios. Sin embargo, las pruebas disponibles revelan importantes variaciones entre las distintas regiones del mundo grecorromano en la relación entre el precio de los esclavos y los salarios, lo que parece contradecir la hipótesis de que estas sociedades contaban con mercados de trabajo desarrollados. En el Ática del siglo IV a. C., los indicios disponibles sugieren que podía comprarse un esclavo de precio mediano por el equivalente a tan sólo 150 jornadas de un trabajador no cualificado de la construcción. En el Egipto romano, en cambio, el precio mediano de un esclavo podía equivaler a más de 1.000 jornadas de trabajo no cualificado. Los historiadores han señalado desde hace tiempo que los precios reales de los esclavos atenienses eran excepcionalmente bajos, pero no han logrado explicar por qué....
En la Atenas clásica, los varones adultos libres, especialmente los ciudadanos, pero también en cierta medida los metecos, estaban sujetos a obligaciones que limitaban habitualmente su capacidad para supervisar el trabajo de los esclavos (Scheidel 2008). Las frecuentes guerras que exigían movilizaciones masivas trastornaban los mercados de trabajo: los hombres libres podían ser llamados en cualquier momento para servir en el ejército o en la armada, y las tasas de movilización podían llegar a ser muy elevadas.
Scheidel explica la hegemonía militar romana precisamente en la enorme capacidad de movilizar como soldados a una proporción muy grande de su población.
Estas movilizaciones impedían a los pequeños propietarios supervisar a sus propios esclavos o contratarse para prestar servicios de supervisión en grandes explotaciones y empresas que empleaban mano de obra esclava. Tanto la magnitud como la imprevisibilidad inherente de estas perturbaciones, así como los costes de sustitución que imponían a los propietarios de esclavos ofrecían un poderoso incentivo para confiar la supervisión a personas cuya disponibilidad fuera más estable, como los ancianos y los esclavos idóneos para esta tarea. Esto habría limitado de hecho el conjunto de supervisores potenciales a una fracción de la población en edad de trabajar.
Otros factores agravaban esta restricción, como la amplia participación de los ciudadanos varones en los procesos políticos y judiciales, mediante la asistencia a las asambleas y el servicio como jurados, por los que percibían una remuneración; las pérdidas humanas causadas por la guerra; y unas preferencias culturales que desaconsejaban el trabajo asalariado prolongado por considerarlo indigno de hombres verdaderamente libres. Aunque los atenienses podían estar habitualmente dispuestos a trabajar por un salario (Silver 2006), se ha calculado que aproximadamente una sexta parte de los ciudadanos atenienses podía vivir sin trabajar, otro tercio estaba formado por agricultores, artesanos y comerciantes independientes, y alrededor de la mitad constituía una clase trabajadora disponible para supervisar a los esclavos de otras personas. Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos varones adultos de todas las clases estaban sujetos a reclutamiento hasta los cuarenta o cincuenta años, y el conjunto anual de personas entre las que podían seleccionarse los jurados comprendía aproximadamente una quinta parte de los ciudadanos varones adultos. Como ha sostenido Scheidel (2008), estas obligaciones fueron una de las principales causas de la fuerte demanda de trabajo esclavo: la movilización masiva y la esclavitud evolucionaron conjuntamente y se reforzaron mutuamente, creando un sistema caracterizado por un grado excepcional de participación política popular y por una presencia considerable del trabajo esclavo en todos los sectores.
... el trabajo esclavo se extendía a la propia gestión de otros esclavos: las fuentes de las élites presentan como algo habitual que los esclavos supervisaran explotaciones, talleres y otras actividades. Dado que los esclavos suficientemente cualificados y dignos de confianza debían de ser relativamente escasos, su remuneración tenía que ser elevada, como sugieren tanto las pruebas disponibles como nuestro modelo. Los supervisores esclavos podían recibir una participación en los beneficios y ser liberados en algún momento. Algunos trabajaban a comisión, entregaban diariamente una cantidad determinada al propietario y conservaban el resto. Un caso extremo es el del esclavo Sosias, a quien Nicias, uno de los atenienses más ricos, compró por 6.000 dracmas, liberó posteriormente y convirtió en socio comercial. Estos esclavos gozaban de gran autonomía: sólo rendían cuentas ocasionalmente, utilizaban el sello de su propietario, contraían deudas y malversaban fondos. Todo ello concuerda con una supervisión ejercida predominantemente por esclavos y asociada a elevados costes de control.
Esto limitaba, a su vez, la proporción de los ingresos que los propietarios podían extraer y sus beneficios netos. En este entorno probablemente eran habituales las concesiones a los trabajadores esclavos, desde mejores raciones de alimentos y otras recompensas hasta la manumisión. Algunos esclavos residían y encontraban trabajo fuera del hogar de sus propietarios a cambio de entregarles pagos periódicos, una fórmula que presupone que los trabajadores esclavos retenían una parte considerable de los beneficios generados por su trabajo
Los elevados costes de supervisión y la necesidad de compartir con los esclavos una parte sustancial de los beneficios, derivados de las obligaciones y restricciones sociales mencionadas, ayudan a explicar el precio excepcionalmente bajo de los esclavos en la Atenas clásica.
En cambio, la población libre del Egipto romano no estaba sujeta a obligaciones militares o políticas que perturbaran de ese modo su actividad. Está ampliamente documentado el empleo asalariado de personas libres, también en funciones de supervisión, y no conocemos reservas culturales frente al trabajo asalariado. Lo más importante es que la proporción de esclavos en la población era considerablemente menor que en la Atenas clásica. En consecuencia, habría resultado mucho más fácil y menos costoso satisfacer la demanda de supervisores de esclavos, lo que habría dado lugar a precios elevados de estos.
A medida que aumenta la proporción de esclavos en la población trabajadora, los ingresos que sus propietarios pueden extraer de ellos disminuyen en relación con los salarios, lo que reduce su valor relativo respecto del trabajo asalariado. En la práctica, y con diferencias según cada caso, las restricciones que limitan el número de supervisores potenciales, como la edad, el sexo, la posición socioeconómica, otras obligaciones laborales y las normas culturales, así como la preferencia por encomendar la supervisión a esclavos, reducen la oferta de trabajo de supervisión y amplifican este efecto.
Este marco permite admitir que los mercados de trabajo antiguos podían funcionar adecuadamente y que las diferencias observadas entre el precio de los esclavos y los salarios pueden explicarse por la distinta importancia de la esclavitud respecto de la población libre y por la disponibilidad relativa de servicios de supervisión en cada población.
Además, el modelo predice que, en un mercado de esclavos con cierto grado de integración a larga distancia, los esclavos se concentrarían de manera desproporcionada en las regiones más ricas. A diferencia de los trabajadores libres, los esclavos podían ser trasladados fácilmente allí donde maximizaran los beneficios de sus propietarios. Un trabajador libre, en cambio, podía valorar su arraigo a su lugar de origen y probablemente no dispondría de mecanismos de crédito para sufragar el viaje a regiones más ricas, quizá una de las razones por las que algunas personas libres se vendían a sí mismas como esclavas. Por ello, unos salarios más elevados en las regiones ricas darían lugar a una mayor proporción de esclavos en la población trabajadora si los precios de los esclavos variaban menos entre regiones que los salarios. Esto podría explicar la importancia de la esclavitud en regiones relativamente ricas del mundo grecorromano, como el Egeo durante los periodos clásico y helenístico temprano, e Italia durante la República tardía y los primeros tiempos del Imperio. El modelo sugiere, por tanto, que la esclavitud pudo contribuir al crecimiento económico del mundo grecorromano al trasladar mano de obra desde regiones menos productivas hacia otras más productivas.
El modelo de los autores es un modelo con estructura principal-agente. El esclavo elige cuánto esfuerzo realiza y el propietario no puede observarlo o imponerlo sin incurrir en costes; por eso debe combinar supervisión e incentivos, dejándole al esclavo una parte del producto. A su vez, los supervisores proceden de una oferta limitada de trabajadores libres o de esclavos cualificados y deben ser remunerados. Cuando aumenta el número de esclavos respecto de la población libre, la supervisión se encarece y el propietario debe compartir con ellos una proporción mayor del producto, de modo que disminuyen tanto el rendimiento neto de la propiedad esclavista como el precio que merece la pena pagar por un esclavo.
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