El otro blog para cosas más serias

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domingo, 2 de junio de 2019

La disciplina de la exportación



“protectionism has always been the rich man’s entry ticket to industrial development”

Se dice que la tecnología es inteligencia situada fuera de nuestro cerebro y dice Studwell que, para un país pobre, la industria es crucial porque le permite “mitigar su principal constricción en las etapas iniciales de su desarrollo: la falta de capital humano productivo. En la industria, un pequeño número de emprendedores y técnicos puede tener un impacto desproporcionado en el desarrollo económico concentrándose en la producción mecanizada que emplea grandes cantidades de trabajadores no cualificados o semicualificados” simplemente añadiendo a éste unas pocas máquinas que pueden ser importadas. Digamos, pues, que al importar las máquinas que permiten la producción mecanizada, añadimos inteligencia a la mano de obra que todavía no la ha desarrollado. La ejecución de las tareas que se desarrollan en una fábrica (piensen en una fábrica de conservas) no requieren formación previa y pueden aprenderse sobre la marcha y un humano puede manejar muchas máquinas a la vez. Los servicios, por el contrario, dependen más del factor humano y han de prestarse, a menudo, individualmente. Son mucho menos escalables. La otra gran ventaja de la industria sobre los servicios para los países pobres es que lo producido puede exportarse con mucha más facilidad. Los productos industriales pertenecen a lo que se llama el “sector comercial” (tradable sector) que forma la inmensa mayor parte del comercio mundial y, por tanto, permite a la población de los países pobres quedarse en su país para tranquilidad de los países ricos. Y se abre otra espiral virtuosa tras la de la agricultura:
La industria permite el comercio, y el comercio es esencial para un rápido desarrollo económico. A través de las exportaciones, los países pobres aprenden habilidades productivas de las economías más avanzadas y adquieren nuevas tecnologías. Los países en desarrollo no comerciales ("autárquicos") como la antigua Unión Soviética, China antes de 1978 y la India antes de 1991 lograron un progreso tecnológico dolorosamente lento.... el mercado mundial de manufacturas es el conducto natural para un rápido proceso de aprendizaje tecnológico.... Los mercados locales son importantes porque las empresas locales entienden instintivamente a sus clientes locales. Pero los mercados internacionales y el comercio internacional obligan a las empresas a adaptarse de forma única, ajustando sus productos para satisfacer las diferentes demandas y aumentando su mercado potencial de agregados en muchas ocasiones.... y allanan el camino a exportaciones de servicios más sofisticadas en el futuro.
Los países del nordeste asiático desarrollaron la política adecuada para apoyar a su industria en sus comienzos disciplinándola a través de la exigencia de que destinaran su producción a la exportación. Los empresarios podían recibir subsidios y protección frente a la competencia extranjera siempre que demostraran que podían vender sus productos sin incurrir en pérdidas en los mercados más exigentes. Los mercados exteriores actúan así como piedra de toque de la relación calidad-precio de sus productos y, por tanto, de la eficiencia de las empresas. Sin esa disciplina, los empresarios nacionales se convierten en chupasangres del resto del país – especialmente de los agricultores – y ocupan su tiempo y esfuerzo en cortejar a los políticos para que les proporcionen las rentas y miren para otro lado cuando se descubre su fracaso internacional. Eso es lo que ocurrió, nos dice Studwell en los países del sudeste asiático. Las exportaciones tienen otra ventaja: un Estado mínimamente capaz puede comprobar la realidad de las mismas a través de sus registros aduaneros. La otra cara de esta política es la expulsión del mercado de las empresas que no lograban exportar, bien mediante su fusión con otras exitosas, bien retirándoles la financiación que, en esos países en ese estadio de desarrollo la proporciona fundamentalmente el Estado a través de la banca pública. En Japón, Corea y Taiwan, “el Estado no se dedicó tanto a seleccionar empresas ganadoras como a arrancar del mercado a las perdedoras en la competencia comercial internacional”. También se olvida que el Estado “no hizo” otra cosa muy importante: no impidió el nacimiento y expansión, vía exportación de otras empresas que no recibían subsidios estatales (pero, supongo, que no eran competidoras de los keiretsu y chabols). Studwell pone el ejemplo de Sony y Honda en Japón o Acer y HTC en Taiwan.

La tercera pata de la estrategia fue el apoyo administrativo. Los Estado se convirtieron en aliados de las empresas en la negociación con empresas extranjeras (transmisión de conocimiento y propiedad industrial e intelectual a cambio de acceso a los mercados nacionales).

O sea, proteccionismo durante la época de maduración de la propia industria (infant industry) del que sólo se han escapado los países muy pequeños que son centros financieros o que tenían un sector primario muy potente y que exportaban productos agrícolas o ganaderos procesados (Singapur, Hong Kong, Dinamarca, Australia, Nueva Zelanda). El proceso de aprendizaje continúa fácilmente hasta que se alcanza “la frontera tecnológica”. Studwell cita a Friedrich List de la escuela histórica alemana que dijo respecto del libre comercio predicado por Inglaterra:
Cualquier nación que mediante aranceles y restricciones a la navegación ha elevado su potencia manufacturera y su marina mercante hasta tal nivel de desarrollo que ninguna otra nación puede mantener competir con ella, no puede hacer nada más sabio que tirar por la borda estas medidas que hicieron posible su grandeza, predicar a otras naciones los beneficios del libre comercio, y declarar en tono penitente que hasta ahora ha vagado por los senderos del error, y que por primera vez ha logrado descubrir la verdad".
La obsesión por la exportación explica el milagro coreano y la falta de control sobre las muy grandes empresas – estatales o cuasiestatales – explican que Japón y Taiwan tuvieran resultados algo peores que los de Corea. Y en común los tres países tenían la ausencia de economistas en sus órganos de dirección, planificación y supervisión industrial. Y todos ellos resistieron las presiones de los economistas enviados por EE.UU tras la 2ª guerra mundial para implantar medidas liberalizadoras en las finanzas y el comercio exterior.

Joe Studwell, How Asia works, 2013

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