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miércoles, 18 de marzo de 2020

Competencia y cooperación




Foto: Alfonso Vila Francés

La distinción entre los conceptos de competencia y cooperación parece sencilla a primera vista. Son antónimos. La competencia implica rivalidad por apropiarse de un bien escaso. El resultado de la competencia es que uno de los competidores retiene el bien y el otro no. La cooperación se define por la existencia de un objetivo común a los que cooperan y a cuya consecución ambos contribuyen. En esta definición de cooperación caben tanto el contrato de sociedad como los contratos de intercambio. Aunque no lo parezca, también en los contratos sinalagmáticos de intercambio hay un fin común: intercambiar. Lo que sucede es que este fin común es distinto del fin común que caracteriza (distingue causalmente) al contrato de sociedad. En la sociedad, el fin común es el objetivo último de los socios (ganar dinero, ayudar a los pobres, divertirse los fines de semana). En los contratos de intercambio, sin embargo, el fin último de cada uno de los que intercambian es distinto y específico para cada una de las partes: el comprador quiere hacerse con la cosa y el vendedor hacerse con el precio.

Por tanto, los contratos, todos, son actos de cooperación. Pero van precedidos de actos de competencia. El vendedor en una compraventa compite – rivaliza - con otros vendedores porque el comprador “le prefiera a él” y no a otro vendedor. El comprador es algo escaso. Y algo parecido pasa con los compradores si imaginamos un mundo donde no hay producción, solo intercambio. 

Pero la competencia y la cooperación están íntimamente ligados en más sentidos. Diríase que, evolutivamente, la competencia precede a la cooperación y que ésta es un efecto no pretendido de aquella. Imagínese a un individuo que tiene un monopolio local. No hay nadie más en el espacio/tiempo que él ocupa y está rodeado por otros monopolistas locales de su propia localización espacio/temporal. Si los distintos monopolistas pretenden mejorar su bienestar procesando información y nutrientes, inevitablemente expandirá su campo de acción lo que le hará entrar en comunicación con sus vecinos – los monopolistas adyacentes – lo que acabará con la aparición de un monopolista regional que absorberá a los monopolistas locales. Como dice Levin, lo que examinado desde la perspectiva – inferior – de los monopolistas locales es competencia, examinado desde la perspectiva superior – la del monopolista regional – es cooperación entre los monopolistas locales.

De modo que la evolución desde la competencia a la  cooperación es una cuestión de perspectiva. Los individuos dejan de competir y pasan a cooperar cuando se organizan, esto es, cuando la mejora del propio bienestar se obtiene a través de la coordinación con otros individuos y, en esa medida, mediante la integración en una organización. Y el paso de la competencia a la cooperación se puede explicar mecánicamente como resultado de la comunicación entre individuos que persiguen satisfacer sus preferencias y pueden hacerlo en mayor medida coordinándose con otros.

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