El otro blog para cosas más serias

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viernes, 12 de noviembre de 2021

Raúl Rivero en Santander entre tamarindos

 

foto: Cubaencuentro

Por Calixto Alonso del Pozo

 

Se fue sin despedirse plantando a unos cuantos, como hacía a menudo. Y en Miami, en un hospital baptista... Si cualquier santero se lo hubiese adivinado 20 años atrás, se hubiese muerto de risa. 

La cárcel y el exilio le marcaron el camino. Los hombres deben juzgarse por los momentos críticos de sus vidas. El valor es apreciado, con razón, como la primera de las cualidades humanas, porque es la que garantiza todas las demás. Y Raúl fue muy valiente, y aun sabedor de los riesgos que afrontaba, al firmar la Carta de los Diez en 1991 tomó un rumbo que acabaría con él. 

En 2003, algunos firmamos una carta demandando su puesta en libertad  y la de los otros 74 activistas y periodistas independientes cubanos, condenados a diferentes penas de prisión en lo que se denominó la Primavera Negra.

Internet y las redes sociales fueron determinantes para que el Gobierno de Castro cediera, y por fin, el poeta llegó a Madrid en abril de 2005.

Conocida la noticia, y a través de un teléfono de contacto, dimos con un hombre desconfiado y asustado, que no terminaba de creer que en Santander hubiese un grupito de amigos de lo isleño que le quisiera oír y conocer... "¿Pero ustedes de que desean que hable?"..."Pues de sus libros, de su poesía"... (Nunca mencionar la prisión, por supuesto)..."Pero si eso no vende"..."Si a mí no me conoce nadie"…

La primera salida que hizo ya dentro de España, y una vez instalado en su casa de la calle Orense, fue con destino a Santander. Y a esa le siguieron cinco más.

Habló en un Ateneo con lleno absoluto, musitó la oración del poeta junto a Gerardo Diego y se emocionó sentado en la biblioteca de Marcelino Menéndez Pelayo.

Asentado en Madrid, comenzó su colaboración con el diario El Mundo. Llegó su momento, en el que tenía que encontrarse frente a frente con su escritura, con su oficio, con el vértigo que hay entre el autor y su obra. Ya era libre, y podía escribir lo que quisiera, cualquier cosa le iba a ser celebrada. Al fin podía escribir sin sujeciones, sin cálculos, sin sus censores de tres lustros mordiéndole los talones. Era lo que había soñado toda su vida. Y ocurrió que tenía poco, muy poco que escribir.

Abordó el bosquejo de sus memorias de la cárcel. Las frecuentes apariciones en medios de comunicación y el cariño y el respeto que por todos se le dispensaba era el aval de un éxito editorial seguro.

Tenía que avanzar en una suerte de diario íntimo. Una forma literaria de salvación frente a sus tremendos recuerdos, que con frecuencia verbalizaba a los que tenía por amigos. Esa remembranza clamaba en sus silencios y solo dentro de él.

Las memorias de la cárcel se alojaron en una carpeta. Sus columnas semanales versaban sobre poesía y literatura hispanoamericana, salpicadas con la gracia criolla que desparramaba sin esfuerzo.

Merced a sus conexiones en Cantabria, se le planteó una propuesta que consolidaba su estancia en España. Reedición de sus libros, publicación de las memorias de la cárcel, una editorial especializada para su obra poética, dos columnas semanales en prensa y colaboraciones radiales por quincenas.

La oferta era de primer nivel, por aquel entonces. Por motivos no explicados, Raúl la desestimó. Ni siquiera llegó a explicitar las razones, lo que dejó estupefactos a los responsables de la proposición, persuadidos de que la iba a aceptar alborozado.

Sin mas aclaración a sus íntimos, siguió escribiendo sus ramos de palabras, redactadas olvidando o para olvidar algo. Se negó a tratar sobre temas españoles, pese a que se le animaba a ello con frecuencia. Se obstinó en su temario, en su recuadro con hechura de tumba sencilla, quedándose para él sus bodegas de recuerdos.

Al tiempo, y como ha contado Pablo Díaz en Diario de Cuba, su generosidad de alma y su mayúsculo humor isleño, que prodigaba a sus cercanos, se alternaron con lentas copas de silencio de pensamientos largos y medidos tragos de soledad.

Era glorioso verle sentado en un banco de El Sardinero, aquí en Santander, entre dos tamarindos, hablando a media voz del mito muerto de la Patria. O ir a su encuentro en la Plaza de Pombo, cabe al recuerdo a Martí, en una mesa con taza vacía y cenicero rebosante de colillas, perorando del final negro de Cuba y de la vida del Apóstol, tan pareja a la suya.

En Santander se confesó con su teclado, recitó acompañado por Alejandro Martín con la guitarra de las ocasiones excepcionales e hizo cuentos y chistes con su genial amigo Orlando Casín, en una noche memorable presidida por los toneles de El Riojano.

Aquí conoció a Orlando Jiménez-Leal, con quien presentó P.M. en otra tarde de Ateneo y en un aula de La Magdalena recordó con Jorge Edwards a Heberto Padilla y a José Lezama Lima, con voz quebrada de duelo y nostalgia.

Con su majestad sencilla de maestro del idioma, paseó Cabuérniga, donde sus manos volvieron a olerle a tierra. "Soy un guajiro de Morón, me gusta viajar en carro con el radio puesto y medio brazo al aire…"

No hizo el viaje a Cádiz que quería, para saludar a los editores de Aduana Vieja y presentar sus respetos a los mariscadores de Rafael Alberti.

Tampoco fue a Canarias a visitar a su amigo Manuel Díaz Martínez, a quien sí recomendó que hablase en El Ateneo santanderino sobre Padilla y Fuera del juego. Y Manuel accedió y contó el suceso una noche en el restaurante Cañadío, con lirismo doloroso y sensible.

A Raúl cada año le dolía más alegremente el cuerpo, porque iba siendo más alma.

Y se marchó, solitario, mientras llovía otoño en su Santander que siempre le esperó. 

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