El texto que sigue empieza en la p 199 y termina en la 215.
¿Qué tiene que fallar para que alguien muera abandonado, como un perro? Esa pregunta permite aprender mucho sobre cualquier cultura: cuáles son los mecanismos que existen para evitar que la gente caiga fuera de la red de protección social y qué puede provocar que esos mecanismos dejen de funcionar. En el Renacimiento, lo que tenía que romperse era el patronazgo, es decir, las relaciones multigeneracionales entre familias de más rango social y de menos rango que se ayudaban mutuamente, cumpliendo funciones distintas. Recuérdese la escena inicial de Romeo y Julieta? Los que se pelean son clientes de las poderosas familias Capuleto y Montesco, mientras que lord y lady Capuleto y lord y lady Montesco son sus patrones, y el joven Romeo y la joven Julieta sus futuros patrones. Para hombres como esos, procedentes bien de una pequeña familia de campesinos o jornaleros, bien de una familia de estatus intermedio que podía producir médicos o miembros de gremios, una familia patronal poderosa, como los Montesco o los Médici, era la columna vertebral de la red de protección social.
Los patrones garantizaban empleo, ofreciendo trabajo regular en sus numerosas propiedades, contratando a los hijos para que continuaran en los oficios de sus padres, incluso facilitando que jóvenes prometedores accedieran a nuevas profesiones o ayudando a los segundones a conseguir cargos en la Iglesia. Los patrones actuaban también como garantes legales en contratos o deudas, incluso para las cuentas pendientes en tiendas y tabernas. Prestaban dinero a los clientes con interés bajo o nulo, financiaban dotes para familias con muchas hijas y se encargaban de atender a las familias cuando el sostén principal sufría una lesión incapacitante o fallecía. También ayudaban con cuestiones como los impuestos: tanto Lorenzo de Médici como, cuando ocupó cargos políticos, nuestro amigo Maquiavelo recibieron cartas de clientes y aliados pidiéndoles que intercedieran en materia de impuestos, además de ayuda para conseguir empleos y otros favores.
La familia cliente, a cambio, no solo trabajaba para el patrón construyendo muebles, labrando sus tierras, realizando tareas administrativas o pintando frescos en el palacio, sino que hacía cosas que el patrón de alto estatus no podía hacer: regatear en los mercados, acoger a invitados de bajo rango, enseñar sus oficios a otros clientes o asumir misiones de confianza en espacios sociales más bajos. Cuando lord y lady Capuleto preparan el banquete para la boda de Julieta, los barriles de vino, las alcaparras y los sacos de grano que tienen a mano han sido cultivados en sus fincas por campesinos clientes o comprados para ellos en los mercados por clientes mercantiles de rango inferior, que hacen las transacciones cotidianas...
... El sistema fiscal de Florencia... se basaba más en gravar la riqueza - los patrimonios - que las rentas o ingresos y, durante muchos años, se basó en que funcionarios entrevistaran cada año a los vecinos para preguntarles cuán ricos creían que eran los contribuyentes, a partir de lo que veían vestir o de lo que entraba y salía por la puerta de su casa. Vecinos malintencionados podían exagerar tu riqueza para cargarte con una enorme factura fiscal, mientras que clientes leales podían afirmar que tus recursos habían sido escasos ese año, aun después de haber visto casar a tu hija con un vestido cubierto de perlas. Explotar este sistema fiscal fue una herramienta que grandes familias como los Médici y los Strozzi utilizaron a menudo unas contra otras, con victoria final de los Médici.
Otro servicio fundamental de las familias menores era sumarse a la acción callejera, formar turbas. A menudo esto significaba amotinarse en defensa del patrón cuando la situación se volvía peligrosa. Los clientes... están dispuestos a luchar y morir por el honor de sus patrones porque esos patrones han sido su red de protección social durante generaciones y porque saben que, si mueren defendiendo a su patrón, la familia de este cuidará de la suya de por vida... la acción callejera incluía también manifestaciones pacíficas: participar en las procesiones organizadas por la gran familia en la festividad de su santo patrón, llenar las multitudes en las bodas, vitorear a los hijos de la familia en justas o carreras, todo lo cual hacía visible ante el público el poder de la familia patronal.
El inestimable historiador social Richard Trexler describió un caso notable en el que, durante una rara nevada en Florencia, jóvenes de tres familias aliadas de los Médici salieron a organizar una batalla de bolas de nieve con Marietta Strozzi, la famosísima y bella heredera de dieciséis años de una importante familia rival de los Médici, y las familias enviaron a sus clientes a colocarse a lo largo de la calle con antorchas y trompetas para asegurarse de que toda Florencia viera esa interacción entre sus herederos ilustres. Poco después, al concluir el carnaval, la familia materna de Marietta volvió a celebrar su belleza con un desfile gigantesco, iluminado con miles de antorchas, y fuegos artificiales lanzados frente a su casa. El volumen de los vítores en una justa, o el tamaño de la multitud en una boda, combinados con la grandeza de la armadura del jinete o el esplendor del vestido nupcial, comunicaban el poder de la familia patronal. Los espectadores que pensaban dónde invertir a continuación, a quién dirigirse para obtener empleo o qué matrimonios concertar para sí mismos evaluaban con cuidado esos espectáculos.
En los momentos críticos o de inestabilidad la acción callejera importaba más, y era una inversión sensata para una familia rica sostener a una familia pobre durante generaciones si, por ejemplo, esos clientes agradecidos ayudaban a Cosimo a escapar de Florencia en 1433 y permanecían leales durante su exilio, haciendo posible su regreso. Nada exhibía mejor el poder ni desalentaba tanto a la oposición como la capacidad de los Médici para llenar las calles con su grito de guerra: «¡Palle! ¡Palle!», que significa «¡Pelotas! ¡Pelotas!», en referencia a las píldoras medicinales con forma de bola del escudo de los Médici (aunque gritar «¡Pelotas!» tiene exactamente el mismo doble sentido en italiano que en español). La capacidad de difundir el grito de guerra familiar y reunir a una muchedumbre en cuestión de minutos era inestimable, y si el príncipe de Verona de Shakespeare hubiera decidido ejecutar a Romeo por la muerte de Tebaldo, lord Montesco habría hecho sonar el grito de guerra de los Montesco y asaltado la prisión de la ciudad para liberar a Romeo; la pequeña guardia de una ciudad‑estado no habría podido detenerlos.
Todo esto se sustentaba en la confianza, construida a lo largo de vidas y generaciones. Por eso es cuando la confianza se quiebra cuando, en el Renacimiento, la gente acaba muriendo abandonada como un perro: ya sea el trabajador que ayudó a los enemigos de su patrón y perdió así su protección, o el tiránico duque Galeazzo Maria Sforza (1444‑1476), hijo mayor del amigo de Cosimo, Francesco Sforza, quien, al infligir torturas crueles por faltas menores y raptar a las esposas e hijas de sus clientes y nobles, pronto se encontró sin nadie dispuesto a interponerse entre él y los asesinos, y fue apuñalado hasta la muerte en las escaleras de su propia catedral.
Maestros artesanos como Brunelleschi o Miguel Ángel eran clientes de las grandes familias o de los poderosos gremios que les encargaban obras, pero al mismo tiempo eran patrones de sus propios aprendices, oficiales y sirvientes. Cuando Miguel Ángel comenzó a pintar el techo de la Capilla Sixtina, el andamiaje que habían preparado para él era tan ineficiente que, al rediseñarlo, generó tal excedente de cuerdas que su venta proporcionó dinero para las dotes de varias de sus trabajadoras, pues las muchachas de un estrato social tan bajo solo necesitaban un pequeño capital inicial para poder formar una familia.
Al mismo tiempo, las grandes familias trabajaban para extender sus redes hacia arriba y hacia fuera, conectándolas con poderes más lejanos y más altos. Piero de Médici, el Gotoso (hijo de Cosimo y padre de Lorenzo), prestó una enorme suma de dinero al rey de Francia —para financiar la recuperación francesa tras la Guerra de los Cien Años—, un préstamo que Piero sabía que difícilmente se devolvería íntegramente. Lo que pidió a cambio fue permiso para incorporar la flor de lis real francesa, dorada sobre fondo azul, en una de las bolas del escudo de los Médici, para publicitar la relación especial de la familia con el primus inter pares de los monarcas europeos. Cuando llegó la carta del rey concediendo ese permiso, Piero ordenó ese mismo día a sus clientes que salieran corriendo a introducir el cambio en todos los escudos de los Médici a los que pudieran acceder en la ciudad, otorgando por fin al modesto blasón familiar una grandeza capaz de competir con la imaginería más noble —leones, dagas, delfines, flores de lis— de muchas familias rivales. Atar durante tiempo indefinido unos cuantos millones de los Médici en préstamos franceses merecía sobradamente la pena para proyectar el siguiente mensaje: si necesitas un favor que implique al país más rico de Europa —un acuerdo comercial, una comisión militar, un puesto para tu sobrino exiliado—, ya sabes quién tiene el oído del rey; y si te enfrentas a nuestra familia, también sabes qué poder temible se enterará de ello.
El patronazgo era asimismo un elemento central del sistema jurídico. Todos hemos oído hablar de la extrema severidad de las leyes medievales y renacentistas —¡pena de muerte por robar!, ¡pena de muerte por adulterio!, ¡pena de muerte por estornudar cerca del caballo del príncipe!—, pero cobran más sentido cuando se recuerda que no es hasta el siglo XVIII cuando Europa desarrolla la idea de que los sistemas de justicia deben aspirar a una aplicación igualitaria, es decir, que quien comete un determinado delito reciba el castigo estándar y que resulta extraño o injusto que la pena sea más leve. Los tribunales renacentistas se centraban, en cambio, en la misericordia, y se esperaba que el juez impusiera casi siempre una pena más leve que la prevista en la letra de la ley —una multa, por ejemplo, en lugar de la muerte—, de modo que las sentencias extremas proclamadas por las normas fueran en realidad la excepción y no la regla. Esta concepción estaba ligada a ideas cristianas sobre el pecado y la salvación, expresadas de forma célebre en el discurso de Portia sobre la misericordia en *El mercader de Venecia* (IV, i).
«La calidad de la misericordia no es forzada, desciende como lo hace del cielo la suave lluvia sobre el lugar de abajo: es dos veces bendita; bendice al que da y al que recibe».
La justicia terrenal estaba concebida para imitar a la justicia divina: primero se amenazaba con la sentencia absoluta —la muerte, equivalente a la condenación, esto es, a la muerte eterna— y después se mostraba misericordia. Cada vez que alguien culpable de un delito capital era perdonado, el reo y todos los que asistían al juicio recibían una lección moral sobre Dios y la esperanza de salvación, con el juez y el criminal representando los papeles de Dios y del alma. Por eso, es cierto que en la época hubo esas ejecuciones públicas aparatosas y esos castigos ingeniosos que Hollywood ha retratado tantas veces, pero los especialistas saben que se trata de casos excepcionales, no de la norma. Cuando encontramos un registro de que alguien fue efectivamente llevado a la hoguera, la reacción no es «¡qué típico de esos tiempos crueles!», sino «¿de verdad los mataron esta vez? ¿Por qué?». La sodomía, por ejemplo, era un delito castigado con la muerte en Florencia y en muchos otros lugares, pero el mayor especialista en sodomía del Renacimiento, Michael Rocke, al estudiar los registros de los tribunales florentinos, comprobó que la inmensa mayoría de las condenas por sodomía terminaban con una multa, no con derramamiento de sangre.
De manera similar, el inestimable estudioso de la Inquisición Nicholas Davidson, al analizar procesos en Roma y Venecia, descubrió que la sentencia más común en los casos de herejía, e incluso de brujería, consistía en ser obligado a asistir a una serie de largas y tediosas lecciones impartidas por dominicos tomistas que, recurriendo a Aristóteles, explicaban el mejor camino hacia el Cielo. Incluso en el caso de un aprendiz que intentó vender su alma al diablo para acostarse con la esposa de su maestro —¡y en el que los inquisidores tenían en sus manos el contrato demoníaco debidamente firmado!— la condena fue asistir a lecciones (ese muchacho necesitaba una buena reprimenda). Incluso el homicidio solía castigarse con una multa o con un período de destierro, reservándose la ejecución para lo que se consideraban delitos verdaderamente graves, como la profanación de una iglesia o la traición al gobernante o al régimen.
Las ejecuciones existieron, a veces incluso ejecuciones masivas, como las grandes causas por herejía de las que se lee, o las matanzas y ajusticiamientos colectivos de las guerras de la Reforma, pero esos episodios fueron síntomas de conflictos políticos más que la norma judicial: momentos en los que un régimen o un gobernante se sentía débil y quería hacer una demostración de fuerza, o se sentía fuerte y aprovechaba la ocasión para exterminar una amenaza percibida, utilizando el sistema jurídico para ello.
Cuando se producían ejecuciones «normales», incluso entonces el sistema giraba en torno a la esperanza de que el proceso ayudara al pecador a arrepentirse y alcanzar a Dios. Existían cofradías y obras piadosas dedicadas a ayudar a los condenados a preparar su alma para la esperanza del Cielo, y voluntarios que pasaban con ellos las últimas noches e incluso los acompañaban al cadalso, sosteniendo ante el rostro del sentenciado un icono de la Virgen María para ayudarle a pensar en la esperanza de la misericordia divina, y no en la soga.
Las ejecuciones solían reservarse para los enemigos del gobernante, para delitos de extrema gravedad —como la traición, arrojar estiércol de caballo contra un icono de la Virgen, absolutamente castigado con la muerte— o, de forma muy reveladora, para los momentos en que el patronazgo se rompía. Era el patrón quien conseguía la pena menor, la familia poderosa que respondía por ti, que ofrecía testimonio sobre tu carácter, que hablaba con el juez en privado para dejar claro que estaría agradecida si su servidor, virtuoso y digno, era absuelto.
Si te ponías en contra de tu patrón, lo enfurecías, le fallabas, robabas bienes, difundías chismes que dañaban su reputación o te pillaban haciendo un trabajillo rápido para los Capuleto cuando se suponía que estabas en el bando de los Montesco, entonces esa misma influencia política que normalmente obtenía clemencia presionaba en sentido contrario y exigía severidad.
Una carta a Maquiavelo de su secretario Agostino Vespucci, fechada el 16 de julio de 1501, describe que en Roma se estaba endureciendo el trato a la sodomía y dice que varios amigos poetas, «si no hubieran tenido refugio en la protección, ahora de este cardenal, ahora de aquel otro, ya habrían acabado en la hoguera», y que otro poeta, Raffaello Pulci, que quizá no gozaba de esa protección, había contratado a cuatro prostitutas para que lo acompañaran constantemente y así desviar las acusaciones de sodomía. Vespucci añade a continuación que unos días antes una mujer veneciana de alto estatus había sido efectivamente quemada en Campo de’ Fiori por secuestrar y sodomizar a una niña de doce años, lo que muestra que los casos que llegaban hasta la ejecución solían ser a la vez extremos —un secuestro—, contrarios a alguna norma social sensible —la sexualidad femenina generaba más ansiedad que la masculina— y, sobre todo, afectaban a personas con protecciones de patronazgo débiles, en este caso una extranjera procedente de una nación en malas relaciones con el papa.
Ese tipo de hogueras públicas existía, pero cuando ocurrían la gente escribía a casa describiéndolas como sucesos excepcionales. La ansiedad palpable en la carta de Vespucci —muy real para Maquiavelo, que, como muchos hombres del Renacimiento, tuvo parejas sexuales de ambos sexos— muestra el poder coercitivo de este sistema. Romper con un patrón dejaba a una persona desnuda ante una ley hipersevera, convirtiendo el sistema judicial en un instrumento para garantizar que quienes servían siguieran sirviendo, incluso cuando el patrón, como el cardenal Ippolito d’Este en relación con Ariosto, era poco amable. La hermana mayor del cardenal Ippolito, Isabella d’Este... escribe en noviembre de 1491 al pintor Luca Liombeni, que estaba decorando al fresco una estancia para ella, amenazándolo repetidamente con arrojarlo a la prisión urbana si el trabajo avanzaba con lentitud: un trato cruel, pero menos cruel que lo que la Ley podía hacer con alguien sin patrón. En otra carta de 1498 escribe sobre un bufón, Diodato, que, por enfermedad o lesión, se niega a viajar desde la corte de Isabella a la de su hermano Alfonso, y afirma que ella lo ataría y lo enviaría en barco, si bien Alfonso había especificado que no quería que ese en concreto fuera enviado contra su voluntad. Los grandes patrones —príncipes y princesas de la casa de Este— escriben con la misma naturalidad sobre enviar a alguien una cesta de cidras o un retratista, y mezclan personas, prendas, alimentos y tesoros en listas equivalentes de cosas que encargan a sus agentes; en el caso de Isabella, no distingue en absoluto el tono con el que insta a un agente a conseguirle un músico legalmente libre o una esclava africana. Y tampoco es solo desde arriba desde donde procede este lenguaje, como muestra una carta llamativa de 1471 en la que un tal Alessandro di Conio —un hombre tan insignificante que no deja otro rastro en los archivos— escribe a Contessina, la abuela de Lorenzo de Médici, pidiéndole que Lorenzo o Giuliano acepten a su hijo como servidor: «te lo entrego entero, y como aceptarías un perro como regalo puedes aceptar a una criatura humana que es más fiel». Ese tipo de servicio no era esclavitud —aunque esta también se practicaba en las mismas cortes y palacios en los que podía servir el hijo de Conio—, pero ser cliente tampoco equivalía a la plena libertad, sino a uno de los muchos grados intermedios de falta de libertad que reforzaban las estructuras coercitivas de la época.
En 1600, la plaza romana del Campo de’ Fiori fue escenario de otra hoguera, una de las más famosas de la historia: la del científico y erudito Giordano Bruno, condenado por herejía por la Inquisición. El episodio suele invocarse como prueba de un conflicto secular entre fe y ciencia —pista: no es cierto—, pero el caso de Bruno no fue típico; de hecho, fue la única ejecución relacionada con la ciencia que llevó a cabo jamás la Inquisición: decenas de miles por luteranismo y brujería, una sola por ciencia. La ejecución de Bruno tuvo lugar porque había enfurecido a su patrón: le había prometido enseñar técnicas mnemotécnicas que este descubrió que no podía enseñar, de modo que el patrón lo denunció como embaucador y organizó su extradición de Venecia a Roma. De no haber sido por eso, la investigación —si es que se hubiera producido— probablemente habría terminado en nada, como las dos investigaciones anteriores que la Inquisición había abierto contra Bruno. La Inquisición también investigó a Marsilio Ficino, que hacía cosas tan extrañas o más que Bruno, pero Lorenzo de Médici consiguió que sus poderosos parientes políticos Orsini intercedieran en favor de Ficino, demostrando una vez más el valor de su controvertido matrimonio con una noble romana. Hubo ejecuciones espectaculares, sí, pero se producían cuando había una razón especial: cuando el gobernante quería lanzar un mensaje, un gesto de fuerza para amedrentar a sus enemigos, y cuando las víctimas eran personas a las que la red de patronazgo no protegía, bien porque habían enfurecido a sus patrones, bien porque sus propios patrones
habían caído en desgracia. La gracia es aquí la palabra clave. El término latino gratiae, que suele traducirse por gracia, significaba también influencia política; de hecho, una traducción perfectamente válida de las palabras del arcángel Gabriel en la Anunciación, Ave Maria, gratia plena, es «Salve, María, llena de influencia política». Al fin y al cabo, ¿quién puede tener más influencia política que la Reina del Cielo y madre del Príncipe eterno del Cielo? La gracia era la capacidad de obtener misericordia, de embotar la espada de la justicia y apaciguar al poder soberano.
"El recurso que tenemos a María en la oración se sigue del oficio que ella desempeña continuamente junto al trono de Dios como Mediadora de la gracia divina". León XIII
Hay una pequeña interrupción muy reveladora al comienzo de *Ricardo III* (II, i), cuando Eduardo IV lamenta haber ejecutado a su hermano Jorge de Clarence, y de pronto irrumpe un lord sin demasiada relevancia, Derby, exigiendo: «¡Una merced, mi soberano, por los servicios prestados!». La merced consiste en «la vida de mi criado, / que hoy dio muerte a un caballero justo, / servidor reciente del duque de Norfolk». Derby no sostiene que su criado sea inocente: pide que el rey perdone, como favor personal, a un asesino sorprendido in fraganti. Ese asesino anónimo recurrió a su patrón, Derby, para que gastara su capital de gracia o influencia ante el rey y lo sacara del apuro. A continuación, el rey Eduardo estalla contra todos por no haber hecho esfuerzos semejantes para disuadirlo de ejecutar a Clarence, pese a todo lo que Clarence había hecho por él (énfasis mío): > … ni uno de vosotros > tuvo gracia bastante para hacerme recapacitar. > Pero cuando vuestros carreteros o vuestros criados > cometen una matanza fruto de la embriaguez > y profanan la imagen preciosa de nuestro Redentor > \[esto es, una vida humana], > enseguida caéis de rodillas pidiendo perdón, perdón; > y yo, aun injustamente, debo concederlo…
Aquí gracia significa influencia política y la disposición a emplearla. El hermano de un rey, naturalmente, no tiene un patrón por encima de él salvo el propio rey; cuando ese patrón está airado, nadie puede salvarlo, y nadie se atreve siquiera a intentarlo. La carencia de gracia es el reverso del favor. Por eso, en una obra anterior de Shakespeare, el cadáver del rebelde Jack Cade es arrastrado hasta un estercolero «y allí cercenan tu cabeza nada graciosa», porque el anarquista que saqueó Londres es quien menos gracia política posee en toda Inglaterra (*Enrique VI*, 2.ª parte, IV, x).
'Injustamente' es otra palabra clave. El rey Eduardo sabe que el indulto es injusto, pero «debe concederlo», porque el sistema de patronazgo así lo exige, sea justo o no. La salvación católica no giraba en torno a la inocencia, sino en torno a la culpabilidad universal y a la súplica constante de perdón. El patronazgo, además, se extendía hacia arriba, más allá del rey o del consejo de la ciudad, hasta el más allá y los santos patronos.
«Salve, María, llena de influencia política» nos ayuda a entender cómo concebían las personas de la época la intercesión de los santos. En la Tierra, si un aprendiz de armero se metía en problemas, acudía a su maestro de gremio; este podía recurrir al señor local que lo empleaba; este, a su vez, a un poderoso conde en la corte o quizá a un secretario real; alguien, en definitiva, con acceso a la reina o a la duquesa, la persona mejor situada para apaciguar a un monarca airado. En el Cielo ocurría lo mismo: si ese mismo aprendiz enfermaba, rezaba al santo patrón de su oficio (san Jorge, para los armeros) o de su ciudad (san Juan Bautista, para Florencia), quien se dirigiría a la Virgen María para que suplicase a Dios Padre la concesión de la salud.
Esta secuencia exacta es la que permite a Dante obtener autorización para su viaje al comienzo del Infierno: el espíritu celestial de Beatriz, ya muerta y admitida en la corte real del Cielo, ve a su pobre poeta vagando perdido y se dirige a santa Lucía, patrona de los estudiosos; esta se dirige a su vez a la Virgen, que obtiene el permiso para nuestro recorrido por el Infierno. La súplica se dirige a la divinidad, mientras que los santos actúan como patrones cuya gracia o influencia impulsa la petición en la corte celestial que es al mismo tiempo corte real y tribunal, obteniendo misericordia y suspendiendo la justicia.
Cualquiera que se creyera que estaba en el Cielo podía ser invocado como intermediario, incluso un amigo o pariente piadoso, pero el proceso de canonización exigía pruebas de milagros, en parte como confirmación oficial de que, efectivamente, ese patrón celestial concreto escuchaba y tenía influencia suficiente para conseguir cosas en el Cielo. De ahí que arrojar estiércol de caballo contra un icono de la Virgen fuera un delito más grave que el homicidio: ponía en peligro a toda la ciudad, al ofender a la patrona más poderosa de la humanidad, que, como una emperatriz ultrajada, podía desoír las súplicas de toda la comunidad si no se vengaba su honor.
Cada iglesia o capilla que podía permitírselo tenía una pintura del Juicio Final, que mostraba un tribunal familiar a cualquier corte terrenal: Cristo airado como juez, el severo Juan Bautista a su izquierda leyendo los cargos, y la benigna María a su derecha suplicando misericordia. A medida que crecían las ambiciones de Florencia, la ciudad sustituyó a su modesta patrona, santa Reparata, por el más imponente san Juan Bautista, y representarlo en los edificios públicos florentinos publicitaba al temible protector de la ciudad, del mismo modo que la flor de lis francesa en las bolas de los Médici.
El patronazgo divino se tomaba extremadamente en serio en este período. La herejía y la conducta pecaminosa se temían en gran medida por la ansiedad de que ofender a los santos hiciera perder la protección para toda una región. Durante un tiempo, en Venecia, la pena legal por cualquier delito se duplicaba si se cometía allí donde un icono de un santo pudiera verlo. Cuando en 1501 Antonio Rinaldeschi, borracho e irritable tras un día de juego, arrojó efectivamente estiércol de caballo a un icono de la Virgen María, intentó suicidarse por miedo a ser despedazado por la multitud, y el caso fue celebrado como un ejemplo de misericordia excepcional cuando, en lugar de eso, se le concedieron unas horas de prisión para arrepentirse y preparar su alma para el Cielo antes de enfrentarse al verdugo.
Contra lo que muchos podrían pensar, uno de los objetivos principales de las ejecuciones —como de todos los castigos de la época— era dar al alma del culpable la mejor oportunidad posible de llegar al Cielo. Los cristianos de este período creían (por influencia de Platón, aunque pocos sabían que era Platón) que el alma era como un ojo que miraba en una determinada dirección, y que la condenación o la salvación dependían de hacia dónde mirara en el momento de la muerte. Pensar en las cosas celestiales —Verdad, Virtud, Belleza, Amor, Filosofía, tal santo o cual otro— hacía que el alma mirara hacia arriba y ascendiera; pensar en las cosas terrenales —la guerra, la cena, el dinero, el honor familiar, las elecciones del mes siguiente, «ay, me duele la rodilla»— la hacía mirar hacia abajo, pesada como un globo sin helio, y al morir así el alma caía al Infierno.
No eran los actos, sino esta orientación final, lo que determinaba la salvación: uno podía ser Jack el Destripador y aun así ir al Cielo si sus últimos pensamientos se dirigían a la esperanza de la gracia celestial. La doctrina agustiniana de la corrupción de la voluntad sostenía que la capacidad de elevar ese ojo del alma estaba dañada por el Pecado Original y debía ser sanada por la Gracia, como una operación que repara una vista defectuosa. Más tarde, los cristianos debatieron interminablemente cómo funcionaba esto y si implicaba que, sin bautismo, mirar hacia arriba era imposible, una cuestión que angustiaba mucho a Petrarca en relación con su querido Cicerón.
Podría uno preguntarse, si eso era lo que enseñaba la Iglesia, por qué molestarse en exhortar a la virtud y a la asistencia a misa. Había dos razones. Primera: los pecados lastraban el alma, como pesos de plomo atados a un globo de helio, de modo que incluso si uno moría pensando en el Cielo tenía que pasar siglos en el Purgatorio hasta desprenderse de ese lastre; las famosas indulgencias que tanto indignaron a Lutero eran, precisamente, atajos para salir antes del Purgatorio, y no servían de nada a las almas orientadas hacia el Infierno. Segunda: ejercitar habitualmente pensamientos elevados mediante oraciones y obras virtuosas creaba el hábito de mirar hacia arriba, aumentando la probabilidad de que el alma se orientara correctamente en el instante final, cuando de verdad importaba. Y así sucesivamente…
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