Vía Pedro del Olmo
Gotthold Buddenbrook es el hijo mayor de Johann Buddenbrook padre, nacido de un primer matrimonio, y por tanto hermanastro de Jean —el cónsul Buddenbrook—, que es hijo del segundo matrimonio y socio de la casa comercial familiar. Gotthold se enemistó con su padre al casarse contra su voluntad con Mamsell Stüwing, vinculada a una tienda que el viejo Buddenbrook desprecia socialmente; el padre le entregó entonces una cantidad y lo tuvo por económicamente liquidado. Años después, con ocasión de la compra de la nueva casa familiar, Gotthold reclama una compensación por su “parte” en la casa, como si siguiera teniendo derecho a participar en el patrimonio familiar. Jean se encuentra atrapado porque, como hermano e hijo piadoso, querría evitar la ruptura familiar y podría aconsejar a su padre que pague; pero, como socio de la firma y futuro continuador del negocio, sabe que pagar a Gotthold no sólo detrae dinero del capital de explotación, sino que puede romper el principio de que Gotthold ya fue definitivamente apartado y abrir la puerta a reclamaciones hereditarias mucho mayores. De ahí el conflicto: Jean no puede aconsejar imparcialmente porque cualquier consejo afecta a su propio interés patrimonial y al interés de la empresa familiar que está obligado a proteger.
«¿Qué hacer?», repitió el cónsul, sacudiendo la cabeza inclinada. «Yo mismo he querido muchas veces pedirle a papá que cediera… No debe parecer que yo, el hermanastro, me he instalado en casa de los padres y estoy intrigando contra Gotthold… También ante mi padre debo evitar la apariencia de estar desempeñando ese papel. Pero, si he de ser sincero… al fin y al cabo soy socio. Y además Bethsy y yo pagamos, por ahora, un alquiler completamente normal por la segunda planta… En cuanto a mi hermana en Fráncfort, bueno, eso ya está arreglado. Su marido recibe ya ahora, en vida de papá, una compensación: sólo una cuarta parte del precio de compra de la casa… Es una operación ventajosa, que papá ha cerrado con mucha limpieza y acierto, y que desde el punto de vista de la firma resulta sumamente satisfactoria. Y si papá se muestra tan absolutamente contrario a Gotthold, eso es…»
«Pero ¿puedo yo aconsejarle eso?», susurró el cónsul, llevándose la mano a la frente con un gesto agitado. «Tengo un interés personal, y por eso tendría que decir: padre, paga. Pero también soy socio; tengo que representar los intereses de la firma, y si papá no cree tener, frente a un hijo desobediente y rebelde, la obligación de retirar esa suma del capital de explotación… Se trata de más de once mil táleros corrientes. Es mucho dinero… No, no, no puedo aconsejar que pague… pero tampoco puedo desaconsejarlo. No quiero saber nada del asunto. Sólo la escena con papá me resulta desagradable…»
Más tarde, cuando Jean habla con su padre, el conflicto reaparece de forma todavía más explícita:
«Querido padre, ¿qué quiere que conteste? No quiero que tenga razón en eso que dice de las “influencias”. Estoy interesado como socio, y precisamente por eso no debería aconsejarte que mantuvieras tu postura; sin embargo… Y soy tan buen cristiano como Gotthold; sin embargo…»
Y al final Jean deja de vacilar y resuelve el conflicto por cálculo empresarial:
«¿Qué haces, Jean?», preguntó Johann Buddenbrook. «Ya no te veo.» «Calculo», dijo secamente el cónsul. La vela se avivó, y se vio cómo, erguido, con unos ojos tan fríos y atentos como no habían mirado en toda la tarde, fijaba la vista en la llama danzante. «Por un lado: usted entrega 33.335 a Gotthold y 15.000 a los de Fráncfort, lo que hace 48.335 en total. Por otro lado: usted entrega sólo 25.000 a los de Fráncfort, y eso significa para la firma una ganancia de 23.335. Pero eso no es todo. Supongamos que usted paga a Gotthold una indemnización por su parte en la casa: entonces se rompe el principio; entonces resulta que en su día no quedó definitivamente liquidado; entonces, a la muerte de usted, podrá reclamar una herencia igual a la de mi hermana y a la mía, y entonces la firma tendría que contar con una pérdida de cientos de miles, con la que no puede contar, con la que yo, como futuro único titular, no puedo contar… ¡No, papá!», concluyó con un enérgico movimiento de la mano, irguiéndose aún más. «Debo aconsejarle que no ceda.»
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