Benito Arruñada insiste a menudo en que los españoles elegimos a los peores para que nos gobiernen porque nos dan lo que queremos, o sea, mucha redistribución, poca meritocracia y poca competencia, pero triunfamos en el fútbol y otros deportes donde la meritocracia es implacable porque seleccionamos y elegimos a los mejores para que nos representen en las competiciones deportivas internacionales.
Hay dos razones principales que explican, a mi juicio, esta evolución.
La primera es que los españoles no votamos popperianamente. Popper sostiene que las elecciones sólo sirven para derribar pacíficamente a los malos gobernantes. En las elecciones, pues, no se debe juzgar a la oposición, solo se debe enjuiciar al gobierno. Lo contrario a votar popperianamente es votar identitaria o ideológicamente. Los vascos y catalanes - pero también los canarios, navarros o los gallegos - votan identitariamente y acabarán teniendo a Stalin como jefe político de Guipúzcoa y a una Orriols-Mussolini en Gerona. Otros cinco millones de españoles votan ideológicamente y antes se sacarán un ojo que votar al PP.
La segunda es que los españoles no creemos en el mercado, a pesar de que se ha demostrado una y otra vez que los mercados funcionan mucho mejor que las políticas públicas para resolver los problemas económicos y sociales. Las 'soluciones' políticas empeoran una y otra vez la situación. La última es el absentismo laboral. Si nadie se cree que Zapatero recibiera las joyas de su caja fuerte como un regalo de Estado, ¿por qué los españoles creen que impedir el despido de alguien que falta al trabajo aunque sea justificadamente no hace crecer el absentismo? La tasa de ausencias por Incapacidad Temporal ha aumentado de forma constante tras la entrada en vigor, en febrero de 2020, de la reforma del art. 52.d del Estatuto de los Trabajadores que eliminó la posibilidad de despedir objetivamente por faltas reiteradas al trabajo aún justificadas con aplauso de la mayoría de los españoles que consideraban injusto que te pudieran despedir si faltabas mucho al trabajo.
Este análisis podría aplicarse a cualquier otra política pública. Nuestros políticos han dejado de intentar resolver los problemas reales para inventarse ocurrencias que presentan como soluciones a problemas inexistentes o irresolubles (los incendios los causa el cambio climático; el apagón fue producto de centenares de causas casi todas ellas al margen de nuestra capacidad de previsión o reacción; el tren de Adamuz descarriló porque las compañías de ferrocarriles del siglo XIX construyeron una red insegura...).
La desconfianza en los mercados lleva también a los políticos (especialmente los de la Unión Europea) a no dar tiempo al mercado para corregir sus fallos, cuando sabemos que lo más extraordinario de los mercados es que la mayor parte de sus fallos se resuelven sin necesidad de intervención externa. Los poderes públicos pueden contribuir a acelerar la desaparición del fallo de mercado simplemente, eliminando una barrera de entrada o construyendo una infraestructura pública.
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El mundial nos ha brindado a los españoles la oportunidad de aprender algo, por una vez, de nuestros aciertos, no de nuestros errores. ¡Ojalá fuéramos capaces de transferir las "buenas prácticas" de nuestra selección de fútbol a la vida pública!
¿En qué consiste este acierto? Supongo que hay muchos. No sé de fútbol. Voy a destacar uno ayudándome de Richard Wrangham.
Richard Wrangham distingue dos tipos de agresividad en la especie humana. La que llama agresividad reactiva, que aparece cuando alguien responde violentamente a una provocación, una ofensa o una frustración y es impulsiva, emocional y poco calculada. Y la que llama agresividad proactiva, que es fría, planificada e instrumental y consiste en actuar coordinada, deliberada y enérgicamente para alcanzar un objetivo superando a lo que o a los que se oponen a él. Wrangham sostiene que la evolución humana ha reducido mucho la primera, pero ha reforzado la segunda. Los seres humanos modernos serían menos propensos a las explosiones de violencia espontánea que otros primates, pero muy capaces de organizar acciones colectivas, calculadas y disciplinadas.
La explicación que ofrece Wrangham es la llamada autodomesticación humana. A lo largo de los últimos cien o doscientos mil años, las coaliciones de individuos corrientes (machos beta diríamos) habrían logrado expulsar o incluso eliminar a los individuos excesivamente agresivos y dominantes, acabando con el dominio del macho alfa que se observa en otros primates como los chimpancés (hay tesis alternativas, según algunos antropólogos, los padres "seleccionan" entre sus hijos varones los menos agresivos reactivamente y según otros, las hembras de la especie logran formar coaliciones que desincentivan la agresividad reactiva por parte de los machos tal como ocurre, al parecer, entre los bonobos).
En cualquier caso, el resultado paradójico fue una especie más competitiva cuando actuaba colectivamente frente a un riesgo externo, tal como un grupo enemigo o un depredador o un riesgo ambiental, gracias a que la agresividad reactiva, que se proyecta en el interior del grupo, quedó severamente controlada. Porque, si la agresividad reactiva se sanciona, la agresividad proactiva se premia con mayor acceso a los bienes y más posibilidades de emparejamiento (no tengo que explicarles por qué los futbolistas se llevan a las más guapas).
Pues bien, lo que llama la atención de España es la combinación de una agresividad reactiva muy baja con una elevada agresividad competitiva o proactiva. Me quedé pasmado con la tranquilidad con la que Cucurella, Rodri, del Olmo... reaccionaron a las provocaciones de algunos de los pandilleros que forman el equipo nacional argentino. ¡Qué aplomo!
Al mismo tiempo, la agresividad proactiva de nuestra selección es muy elevada. La presión organizada, la recuperación tras perder un balón, el sometimiento territorial del rival mediante la posesión, la ocupación sistemática de espacios o la circulación paciente del balón para desgastar al contrario son formas de agresión instrumental dirigidas a imponerse sobre el adversario.
Vista así, la selección española puede describirse como una coalición de machos beta en el sentido de Wrangham. No está estructurada alrededor de un macho alfa que domine a los demás mediante su personalidad o capacidad intimidatoria. La selección española funciona como una alianza de individuos relativamente iguales que cooperan entre sí y en la que los más jóvenes respetan y buscan la aprobación de los más veteranos. No en vano, la frase más famosa de Luis de la Fuente, rescatada de un argentino, es la de que «Ningún jugador es tan bueno como todos juntos.» Se podría añadir que el mejor puede ser enemigo de los buenos.
¿Cuándo conseguiremos los españoles cooperar entre nosotros, en los asuntos públicos, como cooperan los jugadores de la selección española? También dice Arruñada que, quizá, la desgracia histórica española es que no hemos sido invadidos por un grupo extranjero en los últimos doscientos años. Quizá Wrangham explicaría que la ausencia de amenazas exteriores ha revitalizado la agresividad reactiva de los españoles.
* En una entrada en el blog Derecho Mercantil he resumido el trabajo de Richard Wrangham en el que expone la que llama "hipótesis de la ejecución" (y en esta del Almacén he resumido su libro sobre la domesticación del hombre y en esta y esta he resumido trabajos de Boehm que es el que sostuvo originalmente la tesis que ha elaborado y desarrollado Wrangham. En esta entrada del Almacén se resume otro artículo suyo.
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