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martes, 24 de julio de 2018

Cómo se trata a un bosnio cristiano y a un catalán no nacionalista

JeanFrançois Rauzier5

Jean François Rauzier


Lo que ahora se plantea como solución a la crisis catalana… es… entregar a Cataluña las competencias exclusivas y blindadas en materia lingüística, cultural y de enseñanza, de manera que su gobierno pueda llevar a cabo sin restricción alguna una política de cohesión identitaria de la sociedad, reformando en lo necesario a las personas que la componen para que se amolden al tipo nacional catalán predefinido por ese mismo gobierno

Pero, además, entregar el control de la construcción identitaria de las personas a las instituciones de obediencia “solo catalana” lo único que garantiza a medio plazo es que la reclamación de secesión encuentre pronto mayor base social de apoyo, precisamente lo que le ha faltado en la intentona que ahora agoniza. Si no se hizo suficiente país como para triunfar en los cuarenta años pasados… se hará más con los instrumentos que el Estado nos entrega en su visión cortoplacista.

José María Ruiz-Soroa

“Austria-Hungría fue un espectador neutral de la guerra ruso-turca de 1877-1878. Tal prudencia ofendió al propio emperador Francisco José que, junto con sus generales y consejeros más próximos, quería hacer una demostración de fuerza del poder imperial. Andrássy (primer ministro del emperador Francisco José), sin embargo, mantuvo con obstinación el precario balance. La crisis sobrevino en febrero de 1878 cuando los rusos, a los que la victoria les volvió imprudentes, impusieron una paz paneslava con Turquía. Andrássy no estaba de acuerdo con los términos rusos pero, por otro lado, quería evitar aliarse con Inglaterra porque tal alianza le hubiera obligado a participar en la guerra. Hasta que la rendición rusa convirtió todo en una formalidad. Los rusos, sacudidos por los esfuerzos de 1877, evitaron meterse en una gran guerra europea y retiraron sus condiciones extremas permitiendo, finalmente, revertir en el Congreso de Berlín, los resultados que había logrado con su victoria sobre los turcos. El arreglo de Berlín permitió a Turquía y también a la monarquía austro-húngara sobrevivir durante otra generación pero no sobre la base de la fortaleza turca o austrohúngara, sino sobre la creencia, por parte de Rusia, de que los británicos y quizá los alemanes, estaban interesados en mantener esos precarios imperios. Ambos eran una necesidad europea con todos los inconvenientes que supusieran.

Quedaba otro problema: Bosnia – Hercegovina, las dos provincias turcas donde habían empezado las revueltas en 1875, no podían devolverse a manos turcas. Rusia se las había ofrecido a Austria-Hungría para tentarle respecto de lo que podría ser un reparto territorial de los Balcanes. Andrássy intentó rechazar la oferta además de que no podía permitir la unión de estas dos provincias con el Estado eslavo de Serbia. En el Congreso de Berlín consiguió cuadrar el círculo. Las grandes potencias convencieron solemnemente a Austria-Hungría para que se hiciera cargo de las dos provincias: ambas permanecerían bajo administración austro-húngara pero seguirían formando parte del imperio turco y, de hecho, Andrássy esperaba que pudieran devolverse efectivamente a un Estado turco reformado pasada una generación… el destino de Turquía se entrelazaba ahora con el de Austria-Hungría.

Bosnia y Hercegovina no resultaron, pues, anexionadas, de manera que no podían adscribirse ni a Austria ni a Hungría. Se convirtieron en una expresión territorial de la <<monarquía común>> y de esta forma en la última reliquia de la gran monarquía de los Habsburgo que en el pasado había gobernado un Imperio unido. Las dos provincias se convirtieron en la <<carga del hombre blanco>> de Austria-Hungría. Mientras que otras potencias europeas colonizaron África a propósito, la monarquía de los Habsburgo exportó a Bosnia y Hercegovina su producción intelectual excedente, o sea, la función pública, la construcción de carreteras, la arqueología y la etnografía e incluso envío expatriados sufragados desde Viena. Las dos provincias recibieron todos los beneficios del gobierno imperial: impresionantes edificios públicos, cuarteles modélicos para el ejército de ocupación, bancos, hoteles y cafés; un buen suministro de agua corriente para los centros de administración y para los hoteles rurales donde los administradores y los oficiales del ejército se recuperaban de la pesada carga del imperio. Pero el verdadero logro de Austria-Hungría no era aparente: cuando cayó el Imperio austro-húngaro en 1918, el 88 por ciento de la población de Bosnia-Hercegovina era todavía analfabeta. Temerosos del nacionalismo de los eslavos del sur, los administradores austríacos impidieron que se desarrollara cualquier posibilidad de educación o de autogobierno.

Kállay, el ministro de finanzas que gobernó las provincias durante más de 20 años en nombre del emperador, prohibió incluso que circulara su propio libro, un libro titulado Historia de Serbia. Un pueblo “histórico” (los magiares de Hungría) apeló al otro y los Magiares favorecieron especialmente la hegemonía musulmana en ambas provincias, paradójicamente, la hegemonía que casi destruyó a la nación magiar trescientos años antes. Los musulmanes eran los grandes terratenientes en Bosnia y Hercegovina y la administración de los Habsburgo conservó el sistema feudal de propiedad de la tierra que había constituido la peor de las características del dominio turco. Incluso los edificios públicos se construyeron en un estilo falsamente turco pero verdaderamente expresivo del espíritu imperial. Para la mayoría cristiana, sólo hubo un cambio: ya no podían rebelarse contra sus gobernantes. Así cumplió con su <<misión>> la dinastía de los Habsburgo en Bosnia-Hercegovina.

A J P Taylor, The Habsburg Monarchy 1809-1918: A History of the Austrian Empire and Austria-Hungary, pp 165-167

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