El otro blog para cosas más serias

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lunes, 2 de julio de 2018

Mercados de bienes y mercados de los factores de la producción:


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Soldados belgas leyendo la Biblia antes de ahorcar al hijo de un trabajador porque su padre no logró la cuota exigida, Congo 1905

I love this book. Van Bavel is a good alternative to Polanyi’s history. As an antidote to Whiggish teleology Polanyi concocted a history in which markets had been unimportant. Bas Van Bavel suggests markets integrate & disintegrate thru history.

Just as Polanyi argued factor markets (for land, labour, & capital) were a late invention in human history, van Bavel suggests these “fictitious commodities” were actually ‘invented’ over and over again, in an endogenously cyclical process of market integration & disintegration

Pseudoerasmus


La tesis central del libro es que los mercados permiten obtener las mejoras de bienestar – el crecimiento económico – derivado de la especialización y la división del trabajo pero generan, necesariamente, desigualdad en la medida en que permiten la acumulación de riqueza (vía ingresos) a grupos de individuos a los que el mercado premia por haber satisfecho mejor que otros las necesidades de los individuos. La desigualdad en los ingresos se exacerba y se genera polarización social cuando se intercambian en el mercado (intercambios anónimos con precios determinados por la oferta y demanda) no solo los bienes sino también los factores de la producción (tierra, trabajo y capital) que, de ser gestionados por las sociedades a través de mecanismos de no-mercado (mecanismos asociativos y mutualistas como los de cobertura de riesgos), pasan a ser intercambiados en mercados más o menos libres. Mientras el mercado no abarca más que los primeros, la Economía experimenta un “crecimiento smithiano” (por Adam Smith), crecimiento que permite aumentar el bienestar general de toda la población – es inclusivo – en la medida en que los miembros de la sociedad se relacionen pacíficamente y estén protegidos por mecanismos de no-mercado frente a los riesgos letales para su supervivencia (leyes de pobres o mecanismos no-de-mercado de “seguridad social” tales como la propiedad comunal de la tierra, las mutualidades o las instituciones de la Iglesia). Es, de otra forma, la cuestión que preocupó a Hirschmann bajo la expresión el “doux commerce”. Tal crecimiento continúa también en las etapas iniciales de funcionamiento de los mercados de los factores de la producción pero decae cuando unos pocos acumulan todo el capital y la tierra y excluyen de la participación en el progreso económico al resto.

De Adam Smith y de Darwin dijo alguien que apenas se equivocaron. Pues bien, el autor dice algo interesante sobre la imagen de la sociedad de mercado que Adam Smith tenía en la cabeza: (p 223)

“en el período en el que vivió Adam Smith, en la segunda mitad del siglo XVIII, la acumulación de recursos a través de los mercados de los factores de la producción acababa de empezar y apenas era visible. Los mercados de bienes en Inglaterra, por otro lado, se estaban desarrollando rápidamente, los factores de la producción podían intercambiarse con relativa libertad y los efectos del dinamismo de los mercados en el crecimiento económico eran positivos. Para Adam Smith, al margen de la esclavitud… alguna regulación gremial y las inclinaciones mercantilistas del comercio exterior, Inglaterra era el modelo de sociedad de su época. Iba a ser la primera sociedad que entraría en el estado de <<libertad natural>>. Adam Smith formuló sus ideas durante la fase más favorable del ciclo inglés, esto es, cuando los mercados de los factores de la producción ejercían una influencia positiva, lo que explica, probablemente, su juicio positivo sobre el funcionamiento de los mercados. Sus ideas deben, pues, ser puestas en su contexto histórico y no generalizarlas alegremente”

Los estudiosos tendían a considerar que las sociedades preindustriales no eran sociedades de mercado, es decir, que los intercambios anónimos regidos por los precios determinados por la oferta y la demanda no estaban generalizados en las sociedades previas a la revolución industrial. Los análisis más recientes señalaban que mercados desarrollados existieron casi desde la extensión y supremacía de la agricultura. De manera que este libro representa una explicación que concilia ambos planteamientos. Lo que no existía generalizadamente en las sociedades preindustriales eran mercados donde se intercambiaran a cambio de un precio fijado por la oferta y la demanda los factores de la producción. Pero mercados muy desarrollados de intercambio de bienes sí han existido generalizadamente desde mucho antes de la Revolución Industrial. Los tres casos históricos que estudia el autor indican que también los mercados de los factores de la producción existieron en determinadas épocas y zonas geográficas del mundo. Como dice Pseudoerasmus, lo de los mercados de los factores de la producción se parece a lo de la agricultura. Las sociedades humanas la inventaron una y otra vez (hasta siete veces, parece, en la misma época en lugares diferentes). No tiene mucho de raro que los humanos inventaran los mercados de los factores de la producción una y otra vez.

La pretensión del autor es la de formular un modelo explicativo de  por qué emergen, ascienden y decaen las sociedades de mercado. El esquema puede resumirse diciendo que una sociedad que produce excedentes agrícolas y en cuyo seno se desarrolla el comercio aumenta su grado de desarrollo económico que alcanza, normalmente, a beneficiar a toda la población porque la propiedad de la tierra está repartida y nadie ha acumulado capital. Los comerciantes y las élites políticas logran apoderarse de la parte mayor del pastel que representan estos excedentes. Esta acumulación les “obliga” a invertir.

En una primera fase, pueden invertir en aumentar la capacidad de producción (por ejemplo, obras de regadío, puertos, canales…) de forma que el crecimiento económico continúa y aumenta el bienestar de la población. También invierten en adquirir tierras y en dar crédito lo que, durante un tiempo, mejora la asignación de los recursos y facilita la inversión productiva.

Pero, rápidamente, los que tienen más ingresos concentran la inversión, bien en el sector financiero – o en la adquisición de tierras sin que, en ambos casos, se trate de inversiones productivas (por razones de oportunidades de inversión o por razones de incentivos para maximizar la producción). Para que tal sea posible es necesario que aparezca un mercado de capitales y un mercado de tierras. En sociedades preindustriales, lo normal es que tales mercados no existan y que tampoco existan mercados de trabajo. Así ocurre en sociedades agrarias donde la unidad de producción es la familia. Con el paso del tiempo, sin embargo, las tierras entran a intercambiarse en mercados cada vez más extensos y los comerciantes y las élites políticas se convierten en propietarios de la mayor parte de las tierras (de las que se apoderan cuando los campesinos sobreendeudados no pueden hacer frente al pago de los créditos porque no existe un sistema generalizado que les asegure frente al riesgo de una o varias malas cosechas) y en los principales acreedores del Estado que, en lugar de recurrir a la imposición directa, recurre a la indirecta – consumos – y a los préstamos de los ciudadanos más ricos (deuda pública). A través de estos préstamos al Estado, los ciudadanos más ricos se apoderan de éste lo que refuerza la espiral hacia la imposición indirecta (que grava a los ciudadanos por igual y, por tanto, es regresiva). La población campesina, ya no es propietaria de las tierras que trabaja y se convierte en jornalera, con lo que se crea un mercado de trabajo. El resultado es una pérdida de bienestar general acusada. La mayor parte de la población es muy pobre y hay una élite muy rica.

El autor estudia tres ejemplos históricos en los que se habría producido esa evolución: Irak desde poco antes de la invasión islámica hasta el año 1000 (en los siglos VII y VIII era, probablemente, la región más rica del mundo); las ciudades del centro y del norte de Italia entre los siglos XII a XVI y los Países Bajos desde el siglo XIII hasta el declive del Imperio holandés en el siglo XVII. En los tres ejemplos se habría producido una evolución semejantes. Un dato llamativo es el arqueológico y la estatura de los individuos que vivieron en esos tres lugares en esas tres épocas. La estatura era menor al final de esos períodos que al principio, lo que indica que, aunque se generó mucha riqueza, sólo aprovechó a unos pocos. Otro dato interesante es el aumento el índice Gini de ingresos y de riqueza si se comparan las fases iniciales y finales (el autor sostiene que el incremento de la desigualdad es endógeno al mecanismo de mercado). O la enorme cantidad de revueltas de las clases populares (fracasadas en su mayor parte con el recurso a tropas mercenarias o extranjeras por parte de las élites) o cómo el crecimiento económico inglés fue financiado por capital holandés que ya no encontraba oportunidades de inversión en empresas manufactureras o comerciales o como fueron los “lombardos” los primeros banqueros en los Países Bajos o lo igualitaria que era la sociedad colonial norteamericana (si no incluimos a los habitantes indígenas de Estados Unidos ni a los esclavos, claro).

Lo más relevante es la llamada de atención del autor respecto de la importancia de los mercados de los factores de la producción respecto a la evolución de la desigualdad y la polarización social y cómo éstas acaban con cualquier mejora del bienestar social. A sistemas en los que se intercambian libremente en mercados anónimos los factores de la producción es a lo que el autor llama capitalismo.

Al margen del valor teórico del modelo del autor para explicar los ciclos económicos de largo plazo, la lección para nuestros días que bien puede extraerse es que el modelo del equilibrio general funciona razonablemente bien (y, por tanto, el análisis económico neoclásico) para los mercados de bienes pero es mucho más dudoso que lo haga en relación con los mercados de los factores de la producción. Y hemos liberalizado los mercados de capitales – no tanto los mercados sobre inmuebles o tierras en general y el mercado laboral – como si de otro mercado de bienes se tratara. El resultado ha sido, como explica el autor, un aumento de la desigualdad y de la concentración de la riqueza y el destino de ingentes cantidades de fondos a juegos suma cero, no a inversiones productivas. Es peor, el crecimiento del sector financiero no augura nada bueno para el futuro bienestar de la Humanidad. Ni el sobreendeudamiento de los consumidores en los Estados Unidos. Su análisis es de muy largo plazo, pero uno no puede evitar la sensación de que el autor está describiendo la decadencia de los Estados Unidos: los factores de la producción no son mercancías. Esa sería la lección.

Cuando contemplamos las maravillosas obras de arte y arquitectónicas del Renacimiento italiano o del Siglo de Oro holandés no podemos reprimir una sensación de admiración y asombro sobre la enorme riqueza y talento desplegados en ellas. Pero, nos dice el autor,

“tal florecimiento del Renacimiento es sólo parcialmente un signo de crecimiento económico. En otro sentido es más bien un signo de la decadencia respecto de un período previo de crecimiento: es el fruto que llega con el otoño. Sólo las industrias que servían al lujo urbano con su limitada capacidad para escalar o para incrementar la productividad del trabajo se beneficiaba de la única demanda existente: la de la élite, mientras que la Economía, en su conjunto, decaía. Los efectos de este mecanismo fueron incluso mayores debido a la creciente desigualdad en ese período. Una proporción cada vez mayor de la riqueza total se concentraba en las manos de una reducida élite urbana que sentía predilección por los lujos, dejando menos para otros grupos que habrían querido invertir en fines más productivos. Todo ello contribuyó al estancamiento económico o incluso a la decadencia”

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The Invisible Hand? How Market Economies have Emerged and Declined Since AD 500

Bas van Bavel

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