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miércoles, 11 de julio de 2018

Lucy Kellaway y su experiencia como maestra de matemáticas en secundaria


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Para los que creen que dar clases es fácil

One competitive former corporate lawyer said he thought the humiliation that new teachers face had made him a nicer person

Esta maravillosa columnista del Financial Times (una que no escribe papers pero podría) dejó el periodismo a tiempo completo y se metió en una organización (NowTeach) para convertirse en maestra de matemáticas. Ahora nos va contando su experiencia. Como siempre, dice cosas sensatas y perspicaces:


"Todo el mundo la odia, señorita Kellaway", me dijo un niño de 11 años de la clase a la que había estado enseñando durante unas semanas. "Qué bien que se vaya y que vuelva el Sr. Diplos". Odio es una palabra fuerte, pero si yo fuera él, también yo  preferiría al Sr. Diplos, un dínamo de 26 años, como profesor de matemáticas, en vez de a la Srta. Kellaway, una aprendiz de pelo canoso, con una voz tan elegante que un estudiante me preguntó de dónde era”

…. La profesión es conocida por ser agotadora, pero lo es de una manera peculiar. El tiempo de trabajo no es peor que en la mayoría de las profesiones, pero hay que estar cada segundo a toda máquina… la recompensa por tal intensidad es que el día se pasa rapidísimo y parece durar apenas veinte minutos

Después nos cuenta lo mucho que le cuesta mantener el orden en clase y hacer cumplir las normas de comportamiento. Sobre todo, porque no considera que la coherencia (y la minuciosidad que es una virtud emparentada)– no es su fuerte. No solo es que le cueste ser coherente en sus decisiones, es que no lo considera una virtud (“I did not see consistency as a virtue; unpredictability was far more interesting”) pero


Ahora estoy aprendiendo cuánto vale usar siempre exactamente las mismas palabras y en el mismo orden y decir, por ejemplo,  "Soltad los bolis a la de cinco, cuatro, tres, dos, uno y ya" en lugar de: "A la de cinco, cuatro, tres, dos, uno y ya, soltad los bolis” para evitar que los niños se confundan.

La fascinación de todos por el trabajo de los maestros tiene, probablemente, una explicación evolutiva. Del mismo modo que nos gusta discutir, nos gusta enseñar porque esas actividades son favorecidas por la selección natural en cuanto que permiten obtener, en mayor medida, las ventajas de la cooperación en el seno de los grupos humanos, cooperación que aumenta las posibilidades de supervivencia individuales. Si se añade que las madres no podrán pasar sus genes a la siguiente generación si sus criaturas no sobreviven hasta la edad de reproducirse ellas mismas y que lo que aprendan en la infancia les ayudará en el desarrollo y supervivencia, se comprende fácilmente por qué la Evolución ha metido en la cabecita de cualquier persona normal a un maestro o una maestra (“Another woman says that for the first time in her working life, no matter how tired she was in the evening she basked in the unfamiliar feeling of having done an honest day’s work”)

Y esto es lo mejor: ¿qué ventaja comparativa tiene Kellaway, tras años de entrevistar a gente famosa y de escribir sobre los consejos de administración?

Mi único logro ha sido enseñar a una clase de niños de 15 años cómo dar la mano adecuadamente - los puse en fila fuera del aula y los hice venir uno por uno a estrecharme la mano con la presión adecuada. Los que apretaban demasiado o demasiado poco tenían que volver a la cola y hacerlo de nuevo.

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